Tony Curtis, un guapo de cine en tiempo de feos
Cuando Tony Curtis (que en realidad se llamaba Bernard Schwartz, hijo de judíos húngaros emigrados a EEUU, a Nueva York más concretamente) empezó su carrera actoral no estaba de moda -hoy es al contrario- que los hombres fueran guapos, incluso con una belleza que la época calificaba de “femenina” (se oía: “es demasiado guapo para ser un hombre) y él era muy guapo, con una belleza bonita. Los tipos al uso eran Wayne, Douglas o como mucho – y ya hacia lo elegante- Cary Grant… Por ello, en sus inicios, a Curtis se le consideró simplemente “apuesto”, y él tuvo que dar la batalla para demostrar que además de guapo -que lo era- podía ser un buen actor, que también lo fue, con su típico acento neoyorquino, del Bronx de su niñez y primera juventud. Curtis luchó en la 2ª Guerra mundial, en un submarino, de 1942 a 1945, aún no era actor.
Yo conocí a Tony Curtis en Madrid, a primeros de los pasados años 80, cuando rodaba una de aquellas películas no muy notables que hacía por entonces, quizás “Othello, the Black Commando” (1982) o “Where is Parsifal?” (1983) o como mucho “Insignificance” de Nicholas Roeg, de 1985. Curtis pasaba entonces (y ya era un hombre bien maduro, no el guapo deslumbrante de sus inicios) bebiendo noche tras noche en el entonces afamado y ya inexistente “Bocaccio”. Como era un hombre cordial no era dificil hablar con él, que tenía la camaradería de los bebedores. Cuando se celebró, en esos días, algún aniversario de la sala, se anunció que las velas de la tarta las apagarían Ana Belén y Curtis, pero el norteamericano, justo esa noche no apareció, así es que tiraron de mi, que era un escritor que salía en televisión, y tuve la rara sensación de estar sustiyendo ( y así era) a Tony Curtis. A la noche siguiente -muy en yanqui- me lo agradeció invitándome a copas. Ana Belén se acordará.
La carrera fílmica de Tony Curtis es larguísima, contándose que tiene más de cien películas entre su comienzo en 1949 hasta su final, “David & Fatima” o “The Jill &Tony Curtis Story”, ambas de 2008, y sus últimas apariciones en la pantalla. En medio, una larga serie de filmes de todo tipo, desde los muy mediocres y acaso “pane lucrando”, hasta verdaderas obras maestras del séptimo arte, como “Con faldas y a lo loco” de Billy Wilder, con Jack Lemmon y Marilyn Monroe, una auténtica genialidad en la comedia, llena de contenido. Travestido de mujer, casi daba el pego. En la famosa “Espartaco” de Stanley Kubrick (otra espléndida película de romanos) Curtis es el atractivo esclavo Antonino, que tiene una escena levemente ambigua con el senador interprtado por Laurence Olivier, que la censura de la época quitó y que reapareció en “El celuloide oculto”, el documental de los años 90, que contaba las trapacerías y cosas ñoñas de la vieja censura. Otras obras notables interpretadas por Curtis fueron “Chantaje en Broadway” donde daba la talla a Burt Lancaster (uno de los duros “feos”) o “Fugitivos”, que le valió una nominación al Oscar, y donde era un prófugo encadenado junto a Sidney Poitier. Notables son también “Trapecio” (sobre el mundo del circo) de Carol Reed o “La semilla del diablo”, uno de los filmes míticos de Polanski, aunque en él Curtis sólo ponía la voz. También hizo televisión (como la notable serie “Los persuasores” junto a Roger Moore, en 1971) además de cintas de todo género, como ha quedado dicho. Quizás el mérito principal de Curtis estuvo en demostrar que pese a su físico de “niño bonito” era capaz de hacer no sólo papeles de guapo sino también de duro o de sucio. En definitiva, que era un buen actor. Por lo demás, la edad ( como suele) le rebajó las bonituras, volviéndolo un maduro arrugado -supongo que después se operó algo- debajo de cuyos pliegues aún podía percibirse al chico muy bien parecido de antaño.
Tony Curtis, nacido en Nueva York el 3 de junio de 1925, llegó a estar casado seis veces y tuvo tres hijos. Sus dos primeras mujeres (actrices también) fueron sin duda las más famosas: Janet Leigh, con la que se casó en 1951, divorciándose en 1962. Y Christine Kaufmann, con la que se casó en 1963 para divorciarse en 1967. Las demás (la última es Jill Vandenberg Curtis) son mucho menos o nada conocidas. Aunque confieso que no he visto ninguna de sus obras, a partir de 1980, Curtis empezó a hacer exposiciones de pintura, que supongo llamaban más la atención por el nombre ya mítico del actor de Hollywood que por sus intrínsecas cualidades pictóricas. Por supuesto Curtis tiene su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood ( los mitómanos creen que, últimamente algo devaluado) y en 1995 fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y de las Letras de Francia. Tony Curtis vivía desde hace años en Las Vegas (Nevada) donde ha fallecido con 85 años. Para la mayoría de los cinéfilos -e igual que les pasó a otras míticas estrellas del Hollywood dorado- Tony Curtis había desaparecido ya hace muchos años, no tanto en este caso, porque se hubiese retirado del cine, sino porque el final de su producción no fue nada notable, y porque (añadimos) un Curtis con el pelo blanco y con algún retoque -casi siempre imperfecto llegada la vejez- de cirugía estética facial, quedaba muy lejos del joven atractivo y guapo (en una edad que no lo cultivaba) y que había formado parte de la primera fila del estrellato hollywoodense. Obras como “Louis & Frank” de Alexandre Rockwell de 1998 -y es sólo un ejemplo entre muchos posibles- no tienen nada que ver, en ningún sentido, ni “Con faldas y a lo loco” (Some like it hot) ni con “Espartaco”, verbigracia. Quizá dirán algunos hoy (al saber su muerte) que Tony Curtis no supo retirarse a tiempo, y que más bien lo retiró el mismo público, al no recordarlo nunca en los últimos años. Como muchas viejas glorias, Curtis se ha sobrevivido a si mismo, y eso tiene algo de triste. El novelista argentino Mujica Láinez decía: “Es importante saber llegar, pero no menos importante es saber marcharse”. Convengamos en que esto último, quizá le fallara a Tony Curtis. Ahora, sin embargo, tras su muerte, nadie recordará al viejo simpático, dispuesto a hacer casi cualquier papel que le ofrecieran, sino al joven muy guapo y gran actor (pese a ello, como dirían entonces) que ha dejado en su haber y en el del cine películas de leyenda. Acaso su última gozosa aparición en el cine fuera en la película de Blake Edwards, “La carrera del siglo” de 1965. Con Bo Derek militaba en una asociación contra la matanza de caballos. Le recordaremos, sin duda, porque en algún momento estuvo muy cerca del mito genuino.
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