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Tomas Traströmer, poeta y Nobel

Digamos la verdad, los españoles siempre hemos conocido mal la poesía nórdica, y aún su literatura en general, si obviamos a clásicos como Ibsen o Strinberg. En poesía (porque tuvieron un lado hispanista) fueron traducidos Arthur Lvndkist o su esposa Maria Wine. O el último premio Nobel sueco, hasta hoy, el muy notable Harry Martinson. Pero aunque muy traducido a nuestra lengua (esencialmente por traductores latinoamericanos) creo que Tomas Tranströmer está más traducido que leído. Hiperión publicó, en 1992, «Para vivos y muertos», uno de sus libros fundamentales. Parece que entonces poco leído. Ya antes habían salido traducciones de Tranströmer en México y en Montevideo.

Me gusta una foto del reciente premio Nobel donde este hombre casi afásico, pero lúcido de mente y escritura, aparece sentado en un despacho o biblioteca junto a una pintura japonesa que son sólo ideogramas caligráficos, posiblemente la escritura ornamental de un haiku. La Academia Sueca que, al conceder el Nobel, siempre suele decir generalidades positivas, en este caso ha acertado con una bella y atinada expresión: «sus translúcidas imágenes». Quizá pensaba en uno de sus libros, editado primero en Hispanoamérica, «29 haikus y otros poemas» donde el traductor uruguayo, Roberto Mascaró, hispaniza del todo la voz haikus en «jaicus». Allí se puede leer (aunque abunden en buena parte de los poemas que conozco) estas imágenes translúcidas, claridad no discursiva, con visos de profundidad: «Los pensamientos/ en calma de mosaicos/ de palacios.» ¿No hay algo oriental ahí y no sólo extremoriental? «Góndola fúnebre» es -en lo que he leído- otro de sus libros más bellos. Hay un afán poderoso de averiguar el corazón de la materia, pero siguen destellando las hermosas imágenes que, como en el budismo (nada explícito) parecen buscar la calma. Una suerte de personal aquiescencia con la vida.

Suele decirse -entre el público general- que los Nobeles a poetas son premios a desconocidos, fuera del ámbito de su lengua. Así pasó con nuestro Vicente Aleixandre o con la última poeta nobelizada, la polaca Wislawa Szymborska. No creo que se diga nada muy distinto de Tomas Tranströmer, pero sólo indica la falta de cuidado que la poesía recibe en nuestras sociedades occidentales, cual si se tratara (y algunos lo piensan, ignorantes) de un objeto inútil. De un lujo para iniciados. Sin embargo el aldabonazo mediático que el Nobel conlleva logra que estos poetas  conocidos sólo en sus ámbitos lingüísticos, tengan, casi de repente, el reconocimiento amplio que merecían de tiempo. En el caso de Tranströmer y de la lengua española se produce un fenómeno singular: traducido desde hace veinte años, sólo ahora sonará su nombre, que estaba en el coto de la selecta minoría. Ahora se harán más fértiles sus «tranlúcidas imágenes» y los editores que apostaron por él podrán resarcirse al poner de nuevo en el mercado, antiguas y a lo mejor no agotadas ediciones. Felicitémonos: A la postre no todo es prosa.


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