Decadencias
Stefan George, la Alemania secreta
Es raro que un poeta y personaje tan singular y aureolado como fue el alemán Stefan George (1868-1933) haya tenido escasa repercusión fuera de los países de habla alemana. George fue sobre todo un excelso y dificil poeta simbolista, elitista hasta la exasperación, que jugó con los ritmos y las imágenes creando una poesía novedosa pero muy dificil de traducir. Hay que agradecer a Carmen Gómez García y a la prestigiosa editorial Trotta, la reciente antología (bilingüe) de George: “Nada hay donde la palabra quiebra”, que yo sepa la tercera que sale en español y la más amplia. De las anteriores una salió en Argentina en 1959 y otra, “Peregrinajes” en la entonces prestigiosa Adonais en 1954…
¡No estamos hablando de ayer! Y sin embargo, con Hugo von Hofmannsthal y con Rilke, George es el gran poeta alemán de la época, al que los otros dos (al inicio) consideraron como maestro.
Libros como “Himnos”, “Algabal” o “La estrella de la alianza” que primero salían en primorosas y mínimas ediciones y luego llegaban al público ( joven, sobre todo) que empezó a ver a George -retirado, apartado, odiador de la masa- como un vate, como un profeta…
Alrededor de un jovencísimo discípulo que murió con 16 años, Maximilian Kronberger, George idealizó el culto a un dios joven, Maximin, mezcla de Dionisos y Apolo, y que significaría el renacer de una edad y una vida nuevas, fuera del mercantilismo y de la burguesía voraz. Libros de George (que tenía un círculo de discípulos platónicos, que adoraba a Dante) como “El séptimo anillo” o “La estrella de la alianza” eran leídos como sublimes manuales de una estética perfecta que suponían una ética, un modo de vida y el renacer de esa “Alemania secreta” que soñó Hölderlin…
El último libro que publicó George “El Nuevo Reino” (1928) -Das Neue Reich- llamó la atención de los nazis que gustaban de George, aunque no a la inversa. Él era todo refinamiento y ellos todo brutalidad (además George era homosexual) pero coincidían en la vigencia de mitos y leyendas… Le ofrecieron de todo y él no lo quiso. Es más terminó yéndose con sus discípulos a Suiza donde murió (los nazis enviaron una corona) y está enterrado en Minusio. Pero quizá esta rara y falsa unión también ha perjudicado al refinado poeta. El conde Stauffenberg (el que atentó contra Hitler en 1944) y sus dos hermanos, prusianos de alta nobleza, fueron discípulos de George. Y cuando Stauffenberg era fusilado, gritó: “¡Viva la Alemania secreta!” Era la Alemania de Federico II, de Goethe y Hórderlin, una Alemania heredera del platonismo ateniense y la milicia tebana, la Alemania de los camaradas, el quimérico sueño de poetas y filósofos que los nazis desvirtuaron por entero. Pero, como suele decirse (y aunque no es fácil) George vale el viaje. Lo estudiaron y alabaron pensadores como Adorno, Benjamin, Simmel, Heidegger o Gadamer entre otros… Heidegger estudió el poema “La palabra” de donde está tomado el título de esta antología: “Aprendí la renuncia con tristeza/ nada hay donde la palabra quiebra.” Pero estaban también las alianzas del discípulo y de los templarios y el himno al muchacho-dios simbólico: “Aquel niño -al amigo aquel-/ Yo en ti veo al Dios/ Que temblando reconocí/ Al que dirijo mi fervor…/ La siembra como a una señal/ A su paso se hacía flor.”
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