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Decadencias

Shiel y el extraordinario príncipe Zaleski

M.P. Shiel (1865-1947), primer rey de la literaria (pero real) Redonda, no ha sido un autor demasiado conocido en España, pese a haber nacido en la caribeña isla de Montserrat y haber estado casado -la primera vez- con una española a la que conoció en París. Británico y mestizo, Shiel es un autor bohemio, que gozó de famas y olvidos intermitentes y que se movió siempre (cambiando lo que pidiera la época) en la esfera del gusto simbolista y decadente, facción cuentos o novelas de terror, misterio y anticipación científica, géneros en los que fue reconocido y alabado por personajes tan asimétricos como Wells o Hammett. Ahí se ubica su quizá más famosa y magnífica novela “La nube púrpura” de 1903, pesimista -otra vez- respecto al destino de la especie humana.

Como Javier Marías (actual rey de Redonda) es, por tal motivo, el derechohabiente de Shiel -y de su sucesor el poeta y archibohemio Gawsworth, menos famoso- la obra de este raro fundamental de la literatura inglesa está reapareciendo entre nosotros. M.P. Shiel publicó su primer libro en 1895, “El príncipe Zaleski” (editado ahora por Edhasa), un conjunto de  relatos de misterio, estrafalarios y curiosos, en la línea del diletante Auguste Dupin de Poe. Porque el príncipe Zaleski, rico y exilado aristócrata ruso, es el coetáneo Sherlock Holmes de tales enigmas. Zaleski, que se marchó de Rusia por penas difíciles de amor prohibido, vive desengañado y estrambótico en un perdido y arruinado casón de la campiña inglesa, entre murciélagos y búhos, acompañado de un sirviente negro y libio, de nombre Ham, colmado de humo de pebeteros y narcóticos, casi siempre dedicado a sus estudios y meditaciones, tumbado en una otomana (los decadentes son inactivos, abúlicos) junto al sarcófago de una auténtica momia egipcia, al parecer  el joven amante de una remota reina. Claro que cuando el amigo Shiel (que sería su Watson) le propone un caso terrible o inquietante, Zaleski que es lógica y saber en estado puros, lo resuelve todo sin salir de su casón, entre los cortinajes de piel de serpiente y casi (salvo en el asunto espartano) sin abandonar la otomana. Zaleski encantó a Wilde y a Ernest Dowson, amigos de Shiel y jefes del decadentismo británico, pero como ambos murieron -no por igual causa- en 1900, nuestro Shiel (rey Felipe I de Redonda) debió asustarse y abandonó casi para siempre a su estupendo príncipe ruso, que no tiene nada que envidiar al mucho más activo Holmes- que se inyectaba cocaína cuando le atacaba el negro “tedium vitae”- sino la mucha mayor fama del personaje de Conan Doyle, que apareció -ya dije, casi coetáneos- en la novela “Estudio en escarlata” de 1887.

 Pierre Bourdieu, fallecido pensador francés, eminentísimo, y también duque de Redonda, dijo que uno de sus intereses intelectuales era la dominación, sobre todo “de quienes toman la palabra en lugar de otros”. No sugiero (Hércules me valga) que Holmes quitara la palabra al admirado Zaleski. Pero afirmo que la palabra de Zaleski/Shiel es bella, magnífica y meritoria. Un regalo para un mundo tan ordinario como el presente.


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