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Decadencias

Shakespeare y Lampedusa

Como bien sabemos el novelista y príncipe (¡qué fascinante mezcla!) Giuseppe Tomasi di Lampedusa, no publicó ninguno de sus textos importantes en vida, aunque lo intentó con “El Gatopardo”, si bien las editoriales de moda le dieron con la puerta en las narices… “El Gatopardo” –que se convertiría en un gran “best seller”- salió un año después de su muerte en 1957. Pocos sabían entonces (salvo su alumno Francesco Orlando, para el que sin duda trabajó sin problemas y con alegría) que el príncipe dejaba inéditos una estupenda colección de cuentos y dos cursos –escritos sin academicismo pero con mucho saber, por el sólo placer de gustar y paladear literatura- sobre literatura inglesa y francesa. Notas muy bien redactadas y muy inteligentes de un hombre que no busca el éxito (ese mercachifle) sino el talento y el gozo de las puras letras. Hércules bendiga al que se lo pueda permitir… El curso de literatura inglesa –se prefirió empezar por la francesa, estaba Stendhal- sólo vió la luz en italiano en 1991 y creo que sólo ahora la nueva editorial Nortesur (bienvenida) ha tenido el muy señalado acierto de publicar el que sin duda ha de ser su capítulo más importante, el dedicado a William Shakespeare (ese hombre sublime del que tan escasamente se sabe) haciendo un repaso tan respetuoso como desinhibido por toda su obra: desde los célebres “Sonetos” (más homosexuales que heterosexuales y donde el placer en ocasiones rompe la rienda) hasta sus grandes obras finales y de madurez, como “Medida por medida” (un auténtico portento) hasta “La tempestad”. Shakespeare hizo muchas obras vulgares y no pocas de relleno (“Pericles”, por ejemplo, nos dice Lampedusa, es “una obra indigesta” y “repleta de horrores estomacales”) pero “Romeo y Julieta” le parece la dulzura misma, “Antonio y Cleopatra” la belleza en escenario exótico, y “El cuento de invierno” y “La tempestad” la compasión pura: El genio ha rozado la quincalla humana y se ha irritado y bramado (aunque aparezca la maravilla de Falstaff como personaje), pero a la postre comprende que el mismo barro nos corrompe a todos, y que antes de abandonar las candilejas –como él hizo retornando a su pueblo para morir, o sabiéndose tocado de herrumbre y muerte- sólo queda el perdón y la compasión, porque todos estamos manchados, incluido el papa y a menudo esos poderosos van más manchados que nadie. El desilusionado Encantador termina diciendo: “Y mi final es la desesperación”, pero una desesperación sosegada, porque ha comprendido, y así al escribir las últimas obras todo se le vuelve alta y bellísima lírica por mor del genio: “Insensible a la muerte y desesperadamente mortal”. Shakespeare (nadie puede dudarlo) es uno de los pocos autores que ha llevado hasta lo celeste la poesía dramática. Pero el encanto de este librito –lo que lo vuelve tan recomendable- es que, pleno de sabiduría e inteligencia, está escrito sin las hueras pretensiones del tesinando o del buscador de apotegmas, sucesor del gusano. Está escrito (como debiera ser todo ensayo) para que disfrutemos más de la lectura: letra por el placer de la letra. Por eso, sin falsas solemnidades, Shakespeare es a veces mediocre como casi todos y otras genial y poderoso de mente y sensibilidad como ninguno. “Tú, música para el que te oye, ¿por qué oyes la música tristemente?”. Shakespeare supo que vicio y caridad se dan la mano. Y un príncipe descifró la alerta.


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