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Decadencias

Salvador Alighieri: “Sálvale o condénale”.

Luis Cernuda publicó “Poemas para un cuerpo” (una plaquette de sobrios e intensos poemas amorosos) en 1957 y en Málaga, al cuidado de Bernabé Fernández-Canivell. Era el primer libro -o librito- de poemas que publicaba en España luego de la guerra civil y su exilio. Esos XVI poemas pasarían a formar la sección final del penúltimo libro de Cernuda “Con las horas contadas”, terminado en 1956. Sólo en cartas privadas se refirió Luis a la persona que motivó esa serie de poemas amorosos, un tal Salvador Alighieri. Alguna noticia nos había hecho saber después que Salvador (título del primer poema de la serie) era un muchacho que practicaba el culturismo. Hoy conocemos que Salvador Alighieri vive en Guadalajara -México- que tiene 76 años, se casó varias veces, sigue estando en forma y ha reconocido -con las naturales cautelas- que el fue el amigo de los poemas. Se conocieron en 1951 en un gimnasio de la calle Tacuba en el D.F. y la relación (inestable) duró aproximadamente hasta 1955. Salvador Alighieri -que llegó a ser Mr. México Junior- llevaba una vida nada apacible ni sedentaria.

Cernuda (y en esto coincidía con Lorca) era de ese tipo de homosexuales que suelen enamorarse de muchachos heterosexuales o al menos bisexuales, según el intimismo y la clase social. Esos amores (como parece que fue asimismo el caso de Serafín Ferro, el otro frustrado amor de Cernuda, antes de la guerra, o el de Lorca con Emilio Aladrén, que provocó el desamorado viaje a Nueva York)  es difícil por no decir imposible que cuajen en pareja tal como suele entenderse convencionalmente, y en el mejor de los casos -pero es raro- culminan en amistad. No es nada infrecuente que haya habido relaciones físicas -ocasionales- aunque con el tiempo el antiguo joven prefiere negarlas, entre otras cosas de cara a sus nietos, como parece el caso de Salvador Alighieri, aún reconociendo la intensidad del afecto que sintió por parte del poeta español. En los poemas (de otro lado) hay claras aunque pudorosas alusiones a la relación carnal: “Tú y mi amor, mientras miro/Dormir tu cuerpo cuando/ Amanece…” O esta otra: “La hermosura, inconsciente/ De su propia celada, cobró la presa/ Y sigue. Así, por cada instante/ De goce, el precio está pagado:/Este infierno de angustia y de deseo.”

Es indudable que el alto amor de Cernuda no fue correspondido en términos parejos (no era posible) y por eso la amistad terminó cerrándose. El poeta no quería sólo compañía (o cama) ocasionales, buscaba verdadero amor de enamorados y ese no lo hubo. Pero es hermoso  -aunque defienda ahora su pudor, junto al orgullo de haber sido el inspirador de esos poemas amorosos- ver el antiguo cuerpo con veinte años de Salvador en la portada de una revista de fisioculturismo, comprobando que, en este caso, el término “cuerpo” no sólo servía para evitar un femenino (como ocurría con no poca poesía homosexual en nuestra lengua) sino que era absolutamente denotativo: el poeta, en verdad, se había enamorado de un “cuerpo” atlético, cuando aún no estaban de moda ni los gimnasios ni el “body building”.

Quizá sea un poco más triste para Salvador Alighieri saber ahora (en su día conocería poco del poeta en cuanto tal) que Luis Cernuda no fue nunca muy dichoso ni en su vida pública ni en la privada, y sobre todo saber -aunque no pudiese él remediarlo- que el amor (el alto amor, no el venal ni el ocasional, ni el que quiere confundirse con lo amistoso) le falló siempre al gran poeta andaluz, que pensando en Salvador escribió este dístico, que es como una oración al dios desconocido: “Fuerzas las puertas del tiempo,/ Amor que tan tarde llamas”. Cernuda no era griego en ese senil temor ante la juventud. Acaso hoy, para sí, en silencio, pueda Salvador modificar levemente el primer verso: Fuerza las puertas del tiempo, el buen amor siempre gana. Pero no hubo el mismo amor de un lado y del otro, aunque nos guste ver a ese cumplido anciano, gimnasta aún, al que Luis Cernuda amara hace medio siglo largo, y no en vano.


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