Imagen de artículos de LAdeV

Ver todos los artículos


Decadencias

Rochester, el conde libertino

Me temo que la mayoría de los que vean la película de Laurence Dunmore, “The libertine”, regular en términos generales, pero bien interpretada por Johnny Depp y John Malkovich ( el rey inglés Carlos II)  pueden pensar que asisten a una fantasía histórica en el Londres de la Restauración, porque resulta un tanto deprimente decir que de su protagonista histórico, John Wilmot, segundo conde de Rochester (1648-1680) -interpretado por Depp- prácticamente nada  hay traducido al español, aunque desde los pasados años 20 ( cuando se le revaluó en Inglaterra) se considere uno de los poetas más importantes de su tiempo, y un personaje mucho más que singular. Discípulo de Hobbes y de los libertinos franceses – como Theóphile de Viau o  Claude Le Petit- que hicieron una singular y atrevida lectura de Epicuro, Wilmot decidió -con la benevolencia de un rey liberal, y que debía favores a su padre- ejemplificar con su vida misma el libertinaje (libertino, no lo olvidemos, tiene que ver con libertad) ya que el mundo es absurdo y cruel…

Tanta fue su fama (un precursor del Marqués de Sade, sin crímenes ni Bastilla, pero con todo lo demás) que en su corta vida, ya se escribió una obra de teatro sobre él, “The Man of Mode” de  Etheredge, donde ese caballero a la moda (como en verdad ocurría) hace sátiras al rey, y se declara ateo y sodomita, tanto con mujeres como con hombres, o más exactamente con pajes. Escribe en una “Canción”: “Que me den salud, riqueza, vino y alegría,/y si el revoltoso amor os asedia/ conozco a un hermoso paje/que al caso es mejor que cuarenta fregonas”. Wilmot arruinó a conciencia su salud -sin dejar de escribir y de leer- devoto de Baco y del universal Cupido. Coronó de laurel a su mono (como en el retrato atribuido a Jacob  Huysman) para significar la tonta vanidad humana; cantó a la Nada, y dijo que sus principios eran “un violento amor por el placer” y  buena disposición para “el gozo extravagante”.  Murió de sífilis y de unas cuantas cosas más, pero sólo  – y según sus biógrafos piadosos-  aceptó a un pastor en el último momento. Por eso dijo Walpole que “debía estar quemándose en el Paraíso”. Entre sus últimos versos: “Después de la muerte, nada, y nada es la muerte”. Muy hispánicamente de este personaje sólo hemos escrito aquí, el profesor y poeta Bern Dietz (un libro muy serio) y yo mismo, alguna frivolidad gentil. Pero ¿porqué ni siquiera se ha traducido la biografía de  Graham Greene, “Lord Rochester’s Monkey” (El mono del conde de Rochester) publicada en 1974 en inglés, aunque sin duda escrita por un Greene más joven? ¿No apreciábamos tanto aquí al católico autor de “Nuestro hombre en La Habana”?  ¿No son perspicaces nuestros editores? ¿O creen que seguimos siendo carmelitas calzados?

Como fuere, aquí está el tipo y la película, rodada con cierto amor por la sombra. Le falta un poco de lujo, de derroche, de extravagancia, y aunque narra bien el episodio con la actriz, falta sodomía. Porque “El libertino”, señores míos, es una biografía, y no totalmente impúdica.


¿Te gustó el artículo?

¿Te gusta la página?