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Decadencias

Releer a Ernesto Cardenal

La vida siempre nos toca a los escritores, poetas o prosistas. No sólo como materia del arte, sino muy frecuentemente como leyenda cuando el poeta no es un ser común, que no lo es casi nunca, aunque los haya. Entre ellos no está el nicaragüense Ernesto Cardenal, último premio Reina Sofía, que recogió hace días en el Palacio Real de Madrid, casi a la par que la Universidad de Salamanca da a conocer una antología de Cardenal seleccionada por él mismo  –“Hidrógeno enamorado”-   con un largo y muy trabajado estudio prologal de María Ángeles Pérez López. Visor ha reeditado también las traducciones que en su día hizo Ernesto de dos picantes poetas latinos “Catulo y Marcial”.

Ernesto Cardenal  está mayor, quizá cansado y muy vivo. Nació en Granada (Nicaragua) el 20 de enero de 1925. Sigue llevando     –como cuando lo conocí- su largo pelo blanco, su boina de guerrillero y sus ponchos donde lo convencional se mezcla con lo indígena. Sigue siendo el cura díscolo que rezó por Marilyn Monroe, el sabio traductor de poetas clásicos y norteamericanos, el poeta que se mueve desde el himno gigante –bien representado en esta antología- al nuevo epigrama contra los poderosos. Amigo de la teología de la liberación, antisistema, renovador, amante de la tradición y humilde. Como Alberti –con quien no tiene mucho que ver literariamente- puede decir que ha sido poeta cultivado y poeta de calle, refinado y populista. Y cuando le han criticado por el compromiso  (lo defendí en el jurado del premio, para que la política no fuera un veto al poema) él ha dicho: “Yo no soy grande como escritor, pero es grande la causa que inspira mi poesía: La causa de los pobres y de la liberación.” Sí, es una declaración humilde, porque aunque esa sea su causa última, él ha intentado muchos caminos en el poema (incluido el “poema total”, como “Cántico cósmico” de 1989) cuidando el lenguaje y su misión, que a lo mejor es su mensaje. Poeta lleno de fuerza, de energía volcánica, bien puede hacer de un panfleto  poema y no al contrario. La poesía deleita –porque es música de la trepidación lingüística- pero también arenga, maldice y sobre todo reza, porque hay muchos salmos en este cura sandinista, que no se arrepiente: “Resonarán mis himnos  en medio de un gran pueblo/ Los pobres tendrán un banquete/ Nuestro pueblo celebrará una gran fiesta/  El pueblo nuevo que va a nacer” Es verdad que en Cardenal está la estirpe de Whitman (aunque él tradujo también a Pound) y asimismo la de otro poeta norteamericano, Vachel Lindsay, que recorría la Unión declamando sus poemas  al hombre y al trabajo… ¿No hizo eso el potente Mayakowski, antes de suicidarse, llenando estadios en los inicios de la Rusia soviética? No nostalgia de la Revolución, mejor nostalgia de la justicia, de la vida vivible para todos. Y siempre esa idea del poeta de matriz popular –aunque sea culta- de que la poesía puede llegar a todos y todos la podrán celebrar y disfrutar. Poeta del ancho camino, Ernesto.


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