Reencuentro con Borges
El pasado 14 de junio se cumplieron veinticinco años de la muerte de Jorge Luis Borges (1899-1986) en Ginebra, donde está enterrado. Aunque la vida -los azares de la vida- vayan lentamente apartando sus hechos del inmenso valor de la obra de uno de los grandes creadores del siglo en lengua española, lo que no es decir poco, a algunos les sorprende o nos sorprende aún que aquel hombre tan porteño -pese a su querencia cosmopolita- aquel hombre ciego desde su madurez, que tanto cantó y quiso a Buenos Aires, su realidad y su mito, se fuera ya enfermo de allí, con su última mujer, María Kodama (que antes había sido, sobre todo, su compañera para viajar) a morir en Ginebra, ciudad en la que (es cierto) vivió con su familia, muy pocos años, de adolescente… En un libro poco conocido dictado a Alejandro Vaccaro por la que fue la mujer de servicio, la mucama, muchos años en casa de Borges y de su madre, Epifanía Uveda de Robledo, “El señor Borges” , editado en 2004, la mujer que da múltiples señas de cercanía y cariño con la familia Borges, se vuelve contra Kodama, declarando que esta, poco menos, se lo llevó a la fuerza de Buenos Aires en noviembre de 1985 cuando, eso sí, se sabía ya enfermo de cáncer… Cuenta: “De una sola cosa estoy segura: el señor Borges no se quería ir, sólo que no tenía fuerzas suficientes para oponerse a quien se lo llevaba. Me decía con la voz entrecortada: Fanny, no me quiero ir, yo no me quiero ir.” ¿Quién tuvo o no razón? No lo sabremos nunca y ya no importará demasiado…
Porque al fin, lo que se conserva de un gran escritor es su obra, sus maestros ( es decir, la línea de su literatura) y como mucho unas cuantas anécdotas significativas. Yo vi varias veces en Madrid a Borges y en casa de unos amigos -los Barnatán- merendamos varias tardes con él. Doy, pues fe, de algo que Fanny también recogía en su libro: Borges hablaba, conversaba, ante todo, de palabras y de literatura. Lo personal apenas entraba porque se trataba (es bien sabido) de un hombre de talante conservador, algo puritano en la moral, y con formas de cortesía, gentiles, pero claramente anticuadas… Nadie discute la hegemonía de Borges como gran narrador de ficciones en libros como “Ficciones” o “El Aleph”, tampoco se discute a ese Borges extraordinario ensayista, muy literario, en textos como “Otras Inquisiciones”. Pero el Borges poeta, que fue el primer Borges, el de su juventud española en Mallorca y en Madrid, antes de regresar por muchos años a Argentina, el Borges de su primer libro (1923) “Fervor de Buenos Aires”, ese curiosamente, fue al principio más discutido. Era un Borges enamorado de la imagen. Pero cuando surge el Borges de la difícil facilidad, el Borges que cuenta la hondura y la metafísica, en poemas tan claros como deslumbrantes, el Borges del libro (por ejemplo) “El otro, el mismo” (1964) no hay sino rendirse. Borges fue un magistral, un altísimo poeta tanto en verso libre como con rima o en estrofas tradicionales, porque conviene recordar que a un ciego le es más fácil seguir la melodía del poema establecido que no del nuevo. Renovador del soneto al modo elisabetiano, ¡qué maravillas logró Borges y con que aparente sencillez!
“Las traslúcidas manos del judío/ labran en la penunbra los cristales/ y la tarde que muere es miedo y frío./ (Las tardes a las tardes son iguales.)” Es el comienzo del soneto “Spinoza”, una de las muchas bellezas borgeanas. Veinticinco años tras su muerte, estamos lejos de resolver al hombre Borges, porque todo hombre es enigma. Pero podemos y debemos gozar de su infinita literatura. Dijo de Quevedo ( uno de sus maestros) que él solo era toda una literatura. A Borges le ocurre lo mismo.
(Publicado en “Jano”,Julio,2011)
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