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RECUERDO (PARCIAL) DE HAROLD BLOOM

El enorme (y en una época grueso, también) Harold Bloom ha muerto.Nació en Nueva York en 1930 y cerca de allí ha fallecido, hace unos días, con 89 años. Sin duda es uno de los grandes críticos y pensadores literarios del siglo XX, pero -al fin- le pudo, en su mucho y rico saber, una ambición un tanto desmedida. Crear y definir el «canon» de prácticamente todo. En eso era muy difícil seguirlo y más difícil darle la razón. Profesor muchos años en la Universidad de Yale y autor -desde 1959- de más de cuarenta libros, Bloom se volvió a todas luces excesivo y sus errores resaltaban… Con todo (ambos de 1930 y ambos judíos) es con George Steiner, vivo aún pero muy retirado, uno de los grandes y sabios críticos de la época. Pero la cultura y los análisis de Steiner son mucho más refinados y hondos, menos ambiciosos, de más ancho espectro, pero sin exceso de pretensiones. Bloom dominaba espléndidamente la amplia tradición anglosajona, y cuando se mantiene en ese terreno es soberbio. Pero cuando Bloom pretende dar lecciones sobre lo hispánico, lo francés, lo italiano o lo germánico -que dominaba mucho menos- ahí resbala o tropieza muy a menudo.Si tomamos sus primeros libros sobre Shelley, Blake y el romanticismo inglés (publicados entre 1959 y 1973) y aún nos extendemos a Yeats o a libros teóricos como «The anxiety of Influence», podríamos afirmar que casi todo es brillo en Bloom. Por supuesto, yo no he leído su obra, toda pero si lo suficiente para  juzgar, deslumbrado por alguna observación de este tipo: «Cualquier obra literaria lee de una manera errónea -y creativa- por tanto malinterpreta, un texto o textos precursores.» Y eso era saber manejar la tradición. He disfrutado mucho con Bloom pero siempre he preferido a Steiner. Además de algunos libros sobre tradiciones judaicas que lo incumbían, cuando Bloom volvía al orbe anglosajón era muy bueno: Su hermoso libro sobre el poeta moderno «Wallace Stevens»(1979), el gran y tardío libro sobre «Shakespeare» (1999). Eso era Bloom. A mi ver falla cuando una lícita ambición, no bien medida, le lleva nada menos que a escribir y publicar (1994) «El canon occidental. La escuela y los libros de todas las épocas».  En alguno de esos libros no hay ni un alemán -ni Goethe- y de lo hispánico sólo los muy esperables Cervantes, Lorca, Borges y más tarde Quevedo, Cernuda , Vallejo o Neruda. No más. Creo que los mexicanos le hacen meter a Paz. Evidentemente el querido Bloom (lleno de tropezones) se hallaba en una gran «terra incognita».  Todo esto -con correcciones y añadidos casi constantes, pero que no arreglan el conjunto- se repetirá en «Genios», «Cuentos y cuentistas. El canon del cuento» (2009) o «Ensayistas y profetas. El canon del ensayo.» (2003).  Más humilde hasta donde sé, su último libro ha sido, hace dos años, una antología comentada -hizo varias- de la poesía religiosa norteamericana, «American religious poems».  Sin duda Harold Bloom fue hombre de un inmenso saber y muchas lecturas, pero quiso llegar demasiado lejos. Lo seguí, al fin, con cierto cansancio por sus lógicos errores. Me quedo -acabando- con algunas frases suyas sobre nuestro calamitoso presente, sacadas de recientes entrevistas: «En el mundo anglosajón el estudio serio de la  literatura ha muerto.» O: «Los lectores están en peligro de desaparición». Lo que he llamado esta «Edad Media tecnológica» que ya está aquí. Descanse Harold Bloom.


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