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RECUERDO: LA MUERTE DE OSCAR WILDE

Wilde murió en París (pobre, execrado, con muy pocos leales y bajo el nombre de Sebastian Melmoth) poco después del mediodía del 30 de noviembre de 1900, en un entonces muy humilde hotelito de la Rive Gauche de París. El dueño del hotel, que sintió compasión de aquel hombre caído, perdona la deuda económica que Wilde tenía con él. Su amigo Maurice Gilbert -en verdad un chapero que admiraba a Oscar- sacó una foto del lecho de muerte del autor de «Salomé». Wilde tenía al morir 46 años y había, sin duda, sufrido y gozado mucho. Al día siguiente (o el 2 de diciembre) fue enterrado ante muy pocos leales, en el cementerio suburbial de Bagneux. Un lugar pobre. Sólo en 1909 -nueve años tras de su fallecimiento- fue llevado a la tumba con monumento donde hoy reposa, en el ya más noble cementerio de Père Lachaise. Su tumba -con la de Jim Morrison- sigue siendo de las más visitadas…

Pero Óscar Wilde murió pobre y fue enterrado como tal. A la postre (parece que algo lo dudó) el humilde entierro fue pagado por lord Alfred Douglas, «Bosie», el antiguo amante y detonante de la caída de nuestro personaje. El más leal fue siempre Robert Ross, quien fuera el primer amante conocido de Óscar, y al fin su albacea. El apellido «Wilde» había llegado a ser tan infamante que sus hijos pasaron a apellidarse legalmente «Holland». Su biznieto no lo ha cambiado, señal de respeto. Wilde no es Holland. Es bueno recordar que un hombre genial (uno de los grandes escritores simbolistas y el renovador absoluto de las comedias de salón), un hombre ingenioso, brillante y de inmenso éxito murió en la pobreza, tras tres años sableando amigos, luego de salir de la cárcel inglesa en 1897, donde cumplía trabajos forzados inhumanos, absurdos, destinados a destruir el cuerpo y el alma del preso; todo por haberse acostado o cultivado la amistad de muchachos, en general bien parecidos, como el propio «Bosie», hijo de un bruto marqués. Oscar Wilde no sólo resultó un mártir de la homoxesualidad y del uranismo, sino que sigue siendo el escritor más atendido y leído de su época. Fuera de su clase alta ilustrada, Gran Bretaña no tiene tanto de qué presumir -el país más clasista de Europa- pero con el caso Wilde demostró ser moralmente, éticamente, uno de los lugares más atrasados y cerriles de esa Europa que muchos no quieren. (Un guiño wildeano: el Brexit es la gran solución de una Inglaterra casi siempre tramposa).  En sus años finales, Wilde se decía irlandés aunque desde los 20 años nunca volvió a Irlanda, entonces parte del Reino Unido, aunque siempre un tanto de segunda. Wilde: el genio que amó la juventud.


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