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RECUERDO DE GINSBERG Y ORLOVSKY; LA ÚLTIMA PAREJA BEAT

“He visto a los más grandes espíritus de mi generación destruidos por la locura, hambrientos histéricos desnudos,/ arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en búsqueda de la droga urgente imperiosa…” Es el comienzo, bien conocido, de uno de los más famosos poemas de Allen Ginsberg, “Aullido”, que da título a un libro que se publicó en 1956, y que junto a la novela de Jack Kerouac, “En el camino”, son como las biblias de lo que en Norteamérica se llamó “la generación Beat”. Un estilo y una disidencia que han marcado, desde entonces, y avanzando, los modos de vida y la mentalidad de buena parte de la juventud occidental que se ha tenido (y tiene) por más libre y abierta.

Fue, aproximadamente, en los finales años 40, cuando en torno a una vida más o menos universitaria, pero muy inconforme, se fueron conociendo y entablando amistad entre sí, los que formarían la mítica “beat generation”: Jack Kerouac, Ginsberg, William Burroughs (este siempre algo más por libre, más frío), Neal Cassady, Lucien Carr, Gary Snyder o Peter Orlovsky… A la mayoría les gustaba la literatura distinta –con altas dosis de vitalidad- les gustaba el jazz y la música negra (ritmos que casi todos dejaron entrar en lo que escribieron) y también la bebida y el probar sustancias psicotrópicas, que al principio no fueron mucho más allá de la marihuana –sólo al principio- buscando estados de conciencia distintos y, por supuesto, experiencias nuevas. Vivir era una aventura y había que disfrutarla (o padecerla) a tope. Claro es que el ideal erótico de todos ellos, como de buena parte de la izquierda más natural y clásica, era el amor libre. El sexo sin etiquetas ni distingos.

Con la excepción de Ginsberg y de Burroughs –ciertamente homosexuales- los demás fueron en gran medida heterosexuales, pero más o menos abiertos a cualquier otro tipo de relación. Ginsberg cantó y contó que prácticamente se había acostado con todos, y con Kerouac y Cassady bastante más de una vez. Lo dice en alguno de sus poemas amorosos: “Mi primer amor Neal Cassady/ huyó de mi./ Mi segundo amor Kerouac/ empezó a beber mucho/ Peter, el tercero/ tomó speed bastante tiempo…”. Pero todo eso y más está contado con  palabras más directas y naturales en una larga entrevista que la revista pionera norteamericana “Gay Sunshine” le hizo a Ginsberg en su número 16 (enero de 1973) y que está traducida en uno de los tomos que Tusquets publicó en 1983 con el brillante título (debido a Gil de Biedma) de “Cónsules de Sodoma”.  La entrevista se realizó en San Francisco, estando delante Peter Orlovsky, el compañero más habitual de Ginsberg. Cuando este duda de algún dato no deja de consultárselo a Orlovsky. Por ejemplo: “¿Crees que Jack era marica?” A lo que Peter responde: “¿Jack marica? No…, en el minúsculo sentido de la palabra”. A lo que Allen asiente, agregando: “Todos nos acostamos con Jack alguna vez”.

Muchos se han preguntado, con el paso del tiempo, y la consagración mundial de los “beats” en los años 60 y 70, entre los esplendorosos fuegos contraculturales, si ese mundo de promiscuidad, alcohol y bohemia al límite, era lo normal en la vida norteamericana. Es más, muchos europeos  viajaron a los Estados Unidos, creyendo que se iban a encontrar con el país de los “beats”. Y aunque aquellos fueron tiempos más libres que los actuales (entonces libertad era una palabra viva y no sólo una fórmula) lo habitual nunca fue así. Los “beats” –aunque crearon marca- fueron más la excepción que la norma. Porque siempre es excepcional una vida pisando fronteras. Allen Ginsberg (1926-1997)  hizo de su vida sexual un alarde público, nutrido por su fama de gurú de la protesta, de la radicalidad y de un budismo un tanto “sui generis”. En la onda de Catulo y también de Walt Whitman, llegó a titular un explícito poema erótico (traducido al español en la antología “Muchos amores”) “Dulce chico, dame tu culo”. Como “Muchos amores” es, a su vez, el título de otro biográfico poema de Ginsberg, no resultará ilógico que nos preguntemos como es posible que su gran amor fuera Peter Orlovsky, que nació en 1933, y que murió hace muy pocos años.

Lo que Ginsberg llamó su “matrimonio” duró desde  1954 hasta el mismo día de su muerte en brazos de su amado. Y el poeta trató de explicarlo más de una vez (más tradicional en esto que en los cánticos “beats”, pero el secreto estaba en combinar ambas cosas) declarando que la fórmula de su larga relación con Orlovsky no estaba en el sexo –que existía cuando tenía que existir- sino en el compañerismo y en el afecto mutuos. Ginsberg necesitaba a Orlovsky y este (aunque tuvo otras relaciones y varias femeninas) nunca le abandonó. Allen llegó a declarar “no quisiera irme al cielo dejando a Peter en la tierra solo, porque él nunca me dejó solo si estaba enfermo en cama, si me moría, si envejecía o si tenía un calentón o simplemente reuma…” Para sus comunes amigos  (sobre todo en los años últimos) Orlovsky era para Ginsberg, dijeron, algo así como una ambulancia para todo, un psiquiatra y hasta un poeta. Por eso no hemos invocado a Whitman en vano. Dos hombres se quieren, uno dice ser homosexual y el otro heterosexual básicamente. Cuando empiezan a acostarse y a vivir juntos, el mayor tiene 28 años y el más joven 22.  No hay duda de que en los primeros años la relación es fuerte, apasionada y tierna, y cuando se separan se escriben bellas cartas de amor, encendidas, en las que Allen llama a Peter, “Petey”. Todo se lo dan y todo lo comparten, todo lo discuten y todo lo hablan, y así por encima del sexo y de la ternura afectuosa, va surgiendo la comprensión, la estima, el vínculo de la mutua necesidad, en una relación inusualmente abierta y franca. Casi íbamos a decir que en lo que tuvo de gran amor (de amor de una vida toda) el enamoramiento de Ginsberg y Orlovsky parecía, a la postre, quedar lejos de ese mundo “beat” de pasiones rápidas, drogas, viajes y omnímoda libertad. Y, sin embargo, estamos diciendo lo contrario, el gran amor de Orlovsky y Ginsberg lo fue precisamente porque no dejó de ser promiscuo y compartido o peleando cada cual su frente. Todo lo echaron a volar, todo jugueteó en el viento de la vida y aún así (o precisamente así) comprendieron que se querían, que se necesitaban y que por las razones que fuera –el amor es misterioso siempre- no podían estar el uno sin el otro. Les salió bien ese arriesgado invento que, en los felices 70, querían intentar todas las parejas verdaderamente “progres”, fuesen del sexo que fueran: la pareja abierta. Sabemos cuantos fracasaron, pero no fue quimera, pues en Ginsberg y en Orlovsky –un más difícil todavía- triunfó en dicho y hecho.

 

 


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