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RECUERDO DE ADRIANO

(De mi libro, “Biblioteca de clásicos para uso de modernos” Gredos)

Es el emperador romano que no sólo gusta más a los amantes de la clasicidad, sino que se nos presenta ahora mismo más casi como un emblema que como una historia. Adriano fue el primer emperador que tuvo conciencia de lo que hoy llamamos clasicismo del mundo antiguo, y por tanto el primero que se esforzó de un modo muy consciente en asumir, cuidar y restaurar todo ese legado. Adriano nació verosímilmente en Roma (y no en Itálica) en febrero del año 76 de nuestra era. Su padre era el senador Elio Adriano Afro, él sí natural de Itálica –la más antigua ciudad romana fuera de Italia, en Hispania- como buena parte de su familia. Lo que sí es seguro es que Adriano (sobrino del emperador Trajano, también hispano) estuvo un breve tiempo de su primera juventud en Itálica, educándose y hay quien dice que por conocer a su abuelo, y suele añadirse que de esa etapa podría proceder su bien conocida afición cinegética.

Adriano tuvo una excelente educación retórica y militar hasta llegar al trono. Según otras fuentes habría recibido clases del propio Quintiliano (también hispano de origen y uno de los grandes críticos del orbe romano) aunque, como fuere, se convirtió en un prohombre notablemente cultivado.  Si bien Trajano adoptó a Adriano como ahijado y sucesor el año 117, cuando Trajano murió –fuera de Italia-  pocos meses después, algunos pusieron en duda la voluntad última del emperador en ratificar tal sucesión. En medio de la crispación (y mientras Adriano volvía a Roma desde Siria) fue la mujer de Trajano, la emperatriz Plotina, la que declaró a favor de Adriano la explícita voluntad de su marido.

Publio Elio Adriano accedió al trono de Roma entrado el año 117. Su reinado estaría sellado por sus continuos viajes por el Imperio, por reforzar las fronteras anteriores a las últimas conquistas de Trajano, y por consiguiente por pacificar ese vasto territorio que amaba respetando su helenismo primigenio. La Atenas de Adriano (que construyó monumentos nuevos y restauró algunos de los antiguos) es una parte nada desdeñable de la antigua Atenas que aún vemos. No queriendo pelear más contra los caledonios (que quedaban al norte) hizo construir en Gran Bretaña el famoso “muro de Adriano” que dividía la isla, más o menos al norte de Inglaterra. El sur quedaba dentro del Imperio, el norte era bárbaro. Prescindió de algunas conquistas al este de Europa, pero conservó la Dacia (Rumania) incorporada plenamente por Trajano. Buscó paz y concordia, y su más grave problema –pertinaz en el mundo romano- fue otra rebelión de los judíos que hubo de sofocar con dureza. Fue una guerra áspera, que terminó con la muerte de los rebeldes y el cambio oficial del nombre de Jerusalén por el de Elia Capitolina, al tiempo que se pensaba (ocurrió tras la muerte de Adriano) en cambiar el nombre de la provincia, “Judea”, por el de Siria-Palestina. La guerra judía amargó el final del reinado de Adriano y la suerte de triunfo panhelénico  que obtuvo en todo su mandato, cultivando el regazo de todos los dioses tradicionales y haciéndose iniciar él mismo en los sagrados misterios de Eleusis.

Aunque suponemos que sus casi continuos desplazamientos le dejarían poco tiempo para disfrutarla, Adriano se hizo construir una magnífica villa en Tívoli (cerca de Roma) donde reprodujo, entre lujos y comodidades  sus lugares favoritos del Imperio… La villa –que puede visitarse hoy- produce cierta inevitable sensación de grandeza y de melancolía…

Fue un príncipe culto y filoheleno Adriano. Sabía luchar y lo hizo. Pero le gustaba la literatura, el arte y el pensamiento y su modelo era Grecia. La más luminosa Grecia clásica, por lo que su reinado coincide con el renacimiento neoático. Tan griego fue que tuvo un joven amante (un joven bitinio de nombre Antinoo) al que idolatró, especialmente tras su muerte. Antinoo se ahogó en el Nilo –algunos dicen que como ofrenda ritual para la prosperidad de su señor y amante- y Adriano entonces no dudó en divinizarlo, construyendo en Egipto una cuidad que llevara el nombre del favorito –Antinoópolis- muy cerca de donde se había ahogado el hermoso joven. Cualquier superficial conocedor del arte antiguo sabe, además, la multitud de estatuas del bello Antinoo sembradas por todo el Imperio en diferentes actitudes…

Se sabe que Adriano escribió y no sólo las numerosas cartas oficiales. En sus últimos años redactó unas memorias, que se han perdido (salvo escasas líneas citadas por varios historiadores) y que son el origen de la bella novela, ficticia pero no escasamente verosímil, de Marguerite Yourcenar, “Memorias de Adriano” de 1951.  Adriano murió en Puteolus (Pozzuoli) cerca de Nápoles el 10 de julio del año 138. Fue enterrado momentáneamente  –mientras se ultimaba su gran mausoleo, lo que ahora es el romano Castel Sant’Angelo-  junto a la antigua villa de Cicerón en aquella localidad de la Campania. Es fama (y así lo recoge la “Historia Augusta”) que ya en su lecho de muerte dictó un hermoso y corto poema, que aparece –pese a sus problemas e incluso pequeñas variantes textuales- en prácticamente todas las antologías de poesía latina.  Son sólo cinco versos que comienzan: “Animula, vagula, blandula…” Doy la versión que se basa en el texto hoy más fiable (el verso cuarto no diría “nudula” sino “nubila”) y obliterando algunos de sus muchos diminutivos:

“Almita inquieta y melosa,/ huésped y compañera del cuerpo,/ ¿adónde vas ahora? A un lugarcillo/ lívido, gélido, lóbrego,/ donde ya no te solazarás como te gusta.” La “Historia Hadriana” (la fuente más antigua sobre el emperador) dice que era “severo y jovial, afable y duro, impetuoso y dubitativo, mezquino y generoso, hipócrita y franco, cruel y compasivo y siempre mudable en todo siendo una sola persona.” Un mito de un mundo magnífico con el que a uno (¿por qué no?) le hubiese gustado tener una charla…

(Además de las fuentes antiguas y los textos de ficción, contamos con una notable biografía moderna del emperador hispano-heleno, “Hadrian” de Anthony Birley -1997- de la que existe traducción española, “Adriano. La biografía de un emperador que cambió el curso de la Historia”, Península, Barcelona, 2003.)     


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