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RECUERDO DE CONSUELO BERGES (Poema)

Natural de un pueblo de Cantabria, Ucieda (donde le quisieron hacer justicia post mortem, tan habitual en este país) Consuelo Berges -1899/1988- fue una de las grandes modernas, una de nuestras intelectuales nuevas, que estuvo en Argentina antes de la República y se integró a una España con ansias de modernidad, vivió en el París ocupado como exilada, pero hubo de volver a España, para no caer muy al final en manos de los nazis. Pobre y honesta, vivió aquí humildemente su duro exilio interior traduciendo bien y denodadamente y escribiendo. Tradujo a buena parte de Proust, a Stendhal, a Flaubert y a Saint Simon entre otros. Traducciones colosales para vivir precariamente. La conocí brevemente por Rosa Chacel, una amiga común. Le hice este poema, memoria de tantos desdichados de las letras, en mi libro de poemas “Imágenes en fuga de esplendor y tristeza” (Visor, 2016) En su caro recuerdo, Consuelo Berges.

 

La miras ahí y no lo entiendes. No sé si yo lo entendí bien

aquella tarde lejana de 1978, en que pasé por su humilde

pisito (cerca de San Bernardo) a recoger unos finos versillos

de ocasión que hizo para su amiga Rosa Chacel, amiga mía…

El piso tenía el suelo de baldosas, había muchos libros,

muebles más que corrientes y una mesa camilla con brasero.

Consuelo estaba encorvada y tenía el pelo blanco, artríticas

las manos, un vestido desgarbado con toquilla y unos lentes

con veinte mil dioptrías, dirías. Quería hablar. Sin duda estaba

muy sola. Vivía de ciclópeas traducciones. Me regaló su libro

sobre “Stendhal”. Aquella viejecita sola y pobre, se había ido

con 20 años a Argentina para ser libre. Había conocido el amor,

la literatura y la desesperación. Creía en el eros y el aire. Insultaba

a los curas y a los generales. Volvió a España con la República

y luchó con los republicanos. Escribía, traducía, daba clases

y luego se iba a bailar hasta muy tarde y a beber cócteles…

Yo sabía (ante la viejecita de la bocacalle de San Bernardo)

que no se arrepentía de nada y que si volviese a vivir escogería

un destino parejo. La pura y dura libertad. Pese al  exilio áspero

en Toulouse y en México, pese al retorno como apestada

a la clerical y fea España del franquismo, pese a la soledad,

pese a las muchas traiciones, pese a los sueños fallidos,

pese a los miles de días traduciendo para malvivir con frío,

no se arrepentía de nada… Allí estaba, diciéndome adiós,

sonriente, con las manos de huesos retorcidos y la más limpia

sonrisa. Un ser humano excepcional, espléndido, del que

poco sabrá la turbia memoria colectiva… Al bajar aquellas

escaleras (no había ascensor) amé a Consuelo y oí para

mis adentros aquellas estrofas incendiadas e impececederas:

El bien más preciado es la Libertad. Hay que defenderla con

fe y con honor. Alta la bandera revolucionaria por el triunfo

de la Confederación…  Alta la bandera revolucionaria

por el triunfo de la vida que no conoce fronteras, por

el triunfo de las valientes como tú, Consuelo, que nunca lo sabrán.

No me arrepiento de nada. Ellos no entendieron la Libertad.

 

 

 


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