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RECORRER TU BIBLIOTECA

(Publicado en la revista “eñe”. Primavera 2018).

En casa  de mis padres no había una gran biblioteca. Había una biblioteca buena, pero nada más. Mis abuelos paternos (que tuvieron una biblioteca mejor) la perdieron en la guerra civil, y como me decía mi abuela Fermina “eso nos desanimó mucho para levantar otra”. Es curioso, porque la misma idea se la oí algo después al gran Vicente Aleixandre, que tenía una biblioteca menos buena de lo esperable: “Cuando perdí más del 90 por ciento de mi biblioteca en la guerra (recuperó “Canciones” dedicado por Lorca) perdí interés en una biblioteca nueva…” Se ve que tales traumas no son inciertos. Está lo que llamo el “estilo Cernuda” que, como exilado permanente, tenía muy pocos libros con él, iba a las grandes bibliotecas de las Universidades donde trabajaba. No tener biblioteca le hacía más libre y no menos culto. Mi madre fue una gran lectora de novelas y sobre todo de libros de Historia. Se compraba los libros y los leía, pero después los dejaba para siempre y por supuesto los prestaba, cosa que dicen no debe hacerse. Después de leído, mi madre se preocupaba poco del destino del libro. Yo desde muy pequeño (digamos 14 años) quise tener una gran biblioteca, porque mi primera vocación -unida a la de escritor, pero inicialmente prevalente- era ser “sabio”. Y no se concibe un sabio sin una notable biblioteca. Compraba y guardaba libros, pero además -en los últimos años de colegio- empecé a recorrer la entonces más célebre, rica y barata Cuesta de Moyano madrileña, y empecé a comprar libros viejos. No lo sabía de una manera cabal pero a mis dieciséis años yo era ya un bibliófilo, sin duda ninguna. Y he perseverado. Aunque ahora mismo por mor de mudanzas y cambios, noto el peso de una biblioteca demasiado grande y que como está algo desordenada (o tiene un desorden nuevo, el antiguo me lo sabía muy bien) no me deja, a veces, encontrar ciertos libros que sé que tengo, pero que tardo mucho en hallar, y eso armado de la mejor paciencia. Este “peso” de una biblioteca muy grande me ha hecho mermar el afán comprador, aunque la biblioteca aún crece, pero no sé si seguiré mucho un camino empezado con ardor cincuenta años atrás. Hoy por hoy lo esencial de esa gran biblioteca, permanece desordenado pero intacto. De ahí voy a tomar algunos libros para mostrároslos. No quiero que sean los mejores ni los más costosos, quiero que sean los que me surjan al azar porque así no sólo se verá algo de mi biblioteca personal sino el modo, heteróclito sin duda, con el que se erige una biblioteca. El fallecido poeta joven Leopoldo Alas, buen amigo, era un admirador de mi biblioteca que le mostré muchas veces (vio ahí los dos tomos de la primera edición de “La regenta”, la novela magna de su lejano y homónimo tío-bisabuelo) y cuando le preguntaban por mi biblioteca, que algunos ya comentaban pese a mi pudor al respecto, él siempre decía con sentenciosa brevedad: “Lo tiene todo”. Bien, pero no tanto…

Recuerdo la primera vez -creo- mediando los pasados años 80, en que decidí, por catálogo, comprar un libro tan singular como caro, que había leído traducido y que me tentaba por el libro y por su especial autor, naturalmente.  El libro en cuestión era (es) la primera edición de la “Vita di Benvenuto di Maestro Giovanni Cellini fiorentino, scritta, per lui medesimo in Firenze”. La Vida -la autobiografía- del gran Benvenuto Cellini escrita por él mismo en Florencia.  Cellini me parecía y me parece un genio de la escultura y la orfebrería, pero además el personaje ideal del Renacimiento, en otro estilo, como César Borgia.  Sabemos que Cellini (1500-1571) escribió su autobiografía entre 1558 y 1562, pero no la editó. Hubiera tenido problemas censores. El manuscrito pasó por diversas manos y avatares, hasta que en 1728 lo dio a la imprenta el erudito Antonio Cocchi. El pie de imprenta dice Colonia, pero era de verdad Roma. Colonia se puso para evitar esa temida censura.  Tal es la edición -rara- que tengo y que compré en Madrid en 1985.  Es un libro del XVIII, claro, pero como aún empezaba el siglo, diríamos, está encuadernado en pulcro pergamino. Un libro no pequeño y bajo muchas miradas, excepcional. Sí retengo que me sentí feliz al tenerlo en mis manos.

En verdad debiera presentar una de las varias ediciones que tengo, latinas o bilingües, de “El Satiricón” de Petronio, uno de los primeros clásicos que leí conmovido siendo adolescente. Aunque no se conserve entera es una novela más que legible y uno de los grandes clásicos paganos (y sexualmente explícitos) de la Antigüedad. Ocurre que entre mis varias ediciones de “El Satiricón” ninguna es -me parece- bibliográficamente excepcional, aunque algunas tienen ya más de cuarenta años… Voy a escoger una al azar: “El Satiricón de Cayo Petronio” con grabados y dos frontispicios del siglo XVI que reproducen una edición parisina del siglo XVI.  La edición que digo de tirada limitada y buena encuadernación se editó en Barcelona en 1979,  en la Editora de los Amigos  del Círculo del Bibliófilo, S. A.  La traducción se debe a Ángeles Cardona de Gibert y no es, sin duda, la mejor. Digamos que es una muestra de un lector agradecido a Petronio que, por épocas, ha coleccionado “Satiricones”.  Mi afición a Petronio me llevó a escribir una rara biografía en buena medida inventada, dentro de una novela cultista y peculiar, que es una de las obras propias que prefiero, “La nave de los muchachos griegos”, (Alfaguara, 2003).Ese mismo interés me llevó a una novela francesa nada conocida acá -creo- de Pierre Combescot, titulada “Ce soir on soupe chez Pétrone” (Esta noche cenamos con Petronio). Grasset, París, 2004.  Una novela asimismo cuando menos curiosa… Singular: Combescot tiene una novela sobre Luis II de Baviera y yo también. Y otra novela sobre Petronio y su mundo, como yo. Advierto que sólo lo he leído -tras mis propios libros- pero de nada conozco al autor.

A veces -en menester de bibliófilo y aun de amigo- tendrás por otro motivo des ejemplares del mismo libro. Me pasa, a menudo, con las obras del muy notable argentino Manuel Mujica Láinez, que fue después un muy querido amigo. De estudiante compré ediciones de bolsillo de dos de sus más atractivas novelas, “Los Ídolos” (1952) y “Bomarzo” (1962), esas novelas que leí y me encantaron –“Bomarzo” es la gruesa edición de bolsillo de Sudamericana, editada en 1968- son las que yo poseía cuando Mujica (para los amigos “Manucho”) vino a Madrid en el otoño de 1974 y nos conocimos personal y gratamente tras casi un año de carteo. Esas ediciones, digamos que “corrientes” son, sin embargo, las que tengo bellamente dedicadas por su autor. Y por eso son mucho más importantes. Quiso la casualidad o el azar que pudiera comprar las primeras ediciones de esas novelas (la de “Bomarzo” además muy bien encuadernada) poco después de la muerte de Manucho en abril de 1984. Es decir, son las primeras ediciones -en teoría valen más, por tanto- pero están sin dedicar. Este avatar no le es raro al bibliófilo.  Otras veces buscas la primera edición de una obra que te gusta. Yo adoré “Voyage au bout de la nuit” (1932) que había leído en una edición de bolsillo, que no guardé. Al fin, en 1994 y en una rara librería de Palma de Mallorca -una librería que estaba en un piso- compré encuadernada y no dedicada (soy bastante forofo de las dedicatorias, personalizan los libros) “Voyage au bout de la nuit.” Pero me quedé con ganas de algo dedicado por su autor, el tremendo y para algunos impresentable, Louis-Ferdinand Céline. En París, algo después, hallé una novela relativamente menor de Céline, “Guignol’s Band” (1944) pero no sólo dedicada a un tal Georges ese mismo año            -¿estaban los alemanes todavía en París?- sino adornada además con un dibujo a dos tintas  del propio Céline y, claro parece, para el mismo Georges. La compré y la guardo, pero me interesa menos que la otra… Las dos, por cierto, muy bien encuadernadas, pero aún mejor la segunda, porque los franceses suelen ser más cuidadosos a este respecto.

A veces -y no pocas- el bibliófilo puede encontrarse sorpresas singulares.  No sé cómo (es una “plaquette” o un librito de los años 30) di con “Naissance de Klina” de Francis de Miomandre.  Es una suerte de ensayito con particulares ilustraciones o muestras, sobre el arte del papel. Miomandre es un autor peculiar de la época, pero junto a la curiosidad del librito, llamó mi atención su dedicatoria: “À Mariano Brull, pour l’amuser  son ami Francis de Miomandre”. Miomandre quiere que Brull se entretenga o divierta con ese librito un poco “d’avantgarde”. Hay que saber, obviamente, que Mariano Brull es el principal poeta cubano de lo que en los primeros 30 era la “poesía pura”. Uno de los poetas notables de Cuba. Me resulta curioso (tengo otros muchos casos) poseer un libro que perteneció a Mariano Brull. Éditions Essef. Paris.  He llegado a tener cuatro ediciones notables del “Romancero gitano” de García Lorca, según los expertos uno de los libros más caros de la poesía española del siglo XX, hablamos de la primera edición. Tuve dos ediciones de esa “prínceps” de 1928. Conservo la dedicada y encuadernada. La otra se la regalé (no sé si hice bien) a un entonces amigo. La primera edición y en muy buen estado, pero sin dedicar. Tengo la bonita y limitada edición del “Romancero…” que Victoria Ocampo hizo en Sur de Buenos Aires, para festejar la llegada de Federico. La edición -rara- está firmada por Lorca y es de 1934. Y aunque tardé en comprarla (no me decidía) tengo la edición supuestamente popular que se hizo en 1937 por la Editorial Nuestro Pueblo, un librito (ahora encuadernado) clásico de la contienda civil. Impreso en Barcelona, el libro debió ser sumamente fácil de hallar y leer entonces, pero a la postre, todo deviene rareza.  Tiene un prologuito combativo de Rafael Alberti y unos dibujos pequeños pero lindos de “Juan Antonio”.  Y por terminar un repaso que podría ser demasiado largo, doy con un libro (encuadernado) de Pilar de Valderrama, la famosa Guiomar de Antonio Machado. Es un libro de poemas, “Huerto cerrado”, editado en Madrid en 1928. En letra picuda y muy particular, lleva una dedicatoria de la autora: “Al culto arqueólogo Antonio (es difícil descifrar el apellido) . Con amistad y simpatía Pilar de Valderrama”.  La Musa, me digo… El mundo de los libros y las bibliotecas -ya se ve- es nido de sorpresas. Yo he mostrado una esquinita de la mía. Saludos.

 


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