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Decadencias

RECORDANDO A BUSCARINI, PARIA Y MODERNO

Si, como se dice, Valle-Inclán escribió su drama esperpéntico “Luces de bohemia” en 1919, aunque sólo se publicara en 1924, no pudo meter en ese cuadro terrible y magnífico de “un Madrid absurdo, brillante y hambriento”, al príncipe más desgarrado y misérrimo del fin de nuestra bohemia de traza finisecular, el riojano Armando Buscarini, que en 1919 tenía solamente quince años… Nacido en Ezcaray, pueblo de La Rioja, en julio de 1904, Buscarini se llamó (son los apellidos maternos) Armando García Barrios. ¿Buscarini era, pues, un lazo italianizante? No, los hay más bonitos. Su madre volvió a su pueblo –Ezcaray- embarazada desde Buenos Aires, adonde acudió como tantos de aquella misérrima y católica España en busca de fortuna, y cuando el hijo creció ella le contó que su ausente padre era un marinero italiano (que jamás apareció) apellidado Buscarini. Eso dijo. Apenas adolescente, esa madre que casi no tenía familia en el pueblo, que acaso entonces no la trató demasiado bien, se lo llevó a Madrid. Aquí sería pronto conocido, en los ámbitos literarios y bohemios, como “el niño poeta”, pues aparte de flaquito y acaso esmirriado, Buscarini publicó su primer libro con 14 años, un más que raro ejemplar con cuentos y poemas titulado casi en plan vanguardia: “Emocionantísimas aventuras de Calck-Zettin”. Estamos en 1918. La mísera vida literaria de Buscarini (pidiendo, sableando, intentando triunfar sin salir del lumpen, publicando más que libros folletitos, que a menudo vendía manualmente, de mesa en mesa) llega hasta 1928, cuando edita su autoantología  “El umbral del recuerdo”. Es decir que la obra toda de Buscarini –poesía esencialmente- es juvenil pues se escribió y editó entre sus 14 y sus 24 años. Extrema precocidad, sin ser Rimbaud. La poesía de Armando Buscarini es un tardomodernismo de brillos apagados y mucha tristeza y golfemia, como dice uno de sus títulos: “Cancionero del arroyo”. Sin suerte, desesperado a menudo, buscando la gloria y hallando el cieno, Buscarini amenazó varias veces con arrojarse desde el Viaducto. Sus problemas mentales     –curiosamente- le evitaron el gesto. Desde 1930 hasta 1940 (cuando murió en Logroño) vivió en manicomios, mejor o peor cuidado. ¿Nos imaginamos lo que sería un manicomio durante la guerra civil, qué cuadro de hambre, horror, enfermedad y desesperanza? Ese fue el final de Armando Buscarini, una de las más desdichadas vidas de nuestra literatura menor. Sawa fue un rey exilado y pobre. Pedro Luis de Gálvez un tahúr con alma de condottiero. Buscarini –sólo- un chico desesperado con sueños de éxito. Uno de sus mejores títulos: “El arte de pasar hambre” (¡Pobre!). Sus poemas mejores, los autobiográficos: “Alma de príncipe errante/ marcado perfil dantesco,/tipo absurdo y pintoresco/ y voluntad de gigante.” El poemita se titula “Yo”.

Con el título de uno de esos poemas íntimos, “Orgullo. Poesía (in)completa” los hermanos Rubén y Diego Marín (paisanos de Buscarini) publicaron en Ediciones 4 de Agosto de Logroño, la que podemos considerar poesía completa –aunque algo falte, por inhallable- de este bohemio final y trágico. Un rescate que es algo más que curiosidad y morbo.

 


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