Decadencias
Ramón Gaya: el pintor y el estilista
Dentro de un mes (el 10 de octubre) se celebrará el centenario de Ramón Gaya, un murciano longevo, pues murió en Madrid en octubre también de 2005. Supongo que ese es el motivo de que Pre-Textos haya editado -en un bonito tomo en papel biblia, con prólogo de Tomás Segovia- la “Obra Completa” de este pintor que escribía. Falta la correspondencia, que se anuncia para un volumen posterior.
Gaya fue en todo un fino estilista y un pintor de largo recorrido, pues empezó muy joven (en los años 20) con ese tipo de refinadas ilustraciones “art-deco” del momento. Pero lo que le terminará distinguiendo son sus óleos y acuarelas en homenaje a grandes cuadros y pintores, imágenes con no sé qué de oriental, en que el lienzo homenajeado se ve al fondo -pintado todo en trazos rápidos, algo zenistas- mientras que delante aparece una copa transparente o un búcaro con unos jazmines o violetas… Para su núcleo duro de admiradores Gaya era un genio, para muchos otros un fino pintor menor, relacionado con el ámbito del 27. Gaya (hombre de fuerte genio, cernudiano en eso y alguna cosa más) no tenía término medio. Era inteligente pero intemperante, a menudo, y así discutió con Juan Gil-Albert -cuyo estilo de prosa no le es ajeno- y se llevó bien con María Zambrano, por ejemplo. Exilado republicano, que ni era marxista ni fascista ( otra vez “la tercera España”) Gaya estuvo en México, pero también en Italia, la sede de la gran pintura, donde escribió, en parte, su “Diario de un pintor” (1952-53), pleno de agudas observaciones. También hay poesía de Gaya, muy digna, y muchas más páginas sobre pintura y pintores, casi hasta la actualidad. Pero para mi uno de sus textos más luminosos y bellos es “Velázquez, pájaro solitario” que escrito básicamente en 1963 no vio la luz (y acaso minoritaria) hasta 1967. Ahí brilla el estilo pensador de Gaya, muy en ritmo de buena prosa, y también unas consideraciones llenas de lucidez sobre el magno artista sevillano. Velázquez pintaba el aire.
Ví pocas veces a Gaya (ya mayor) y siempre con dos o tres amigos, pero mi recuerdo personal es el de un hombre serio y amable. Lo que contaban de él era un carácter pronto a hacer explosión en las desavenencias. La España híspida que le tocó vivir (Gaya es hijo de la guerra fratricida y del exilio) se ve en apuntes regeneracionistas como este: “Milagro y cerrazón: En España lo que no es genialidad milagrosa, es cerrazón irredenta. No hay otras posibilidades.” Es el deseo de una España más europea, que muchos hemos compartido, lejos del cerrado y sacristía o del esplendor extraño de El Escorial. Pero ¿se aplicaría Gaya a sí mismo tales cánones? Como Ramón no era la España de siempre, la vieja, resulta (como Cernuda, como Juan Ramón, como Gil-Albert, como Guillén) el habitante de otra España que todavía no estamos ciertos del todo que esté donde debe, aunque se haya mejorado desde la posguerra. En esa España distinta pero muy española, Gaya sería un ciudadano de honor, un hombre inteligente, cultivado, liberal y un pintor de exquisita técnica y fineza, pero probablemente no sería un “genio”, tan dificil siempre. Gaya forma parte de esos ilustres secundarios que hay que conocer (brillante, a menudo) pero un genio es bastante más que sólo eso.
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