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RAFA NADAL, CORAZÓN ESPAÑOL (PERSONAJES AL SOL)

Bien sabida es la inquina que los separatistas o independentistas catalanes profesan al tenista Rafael Nadal, por el hecho único de que siendo mallorquín (de Manacor) se emocione, en sus triunfos deportivos ganados, oyendo el himno de España en honor del vencedor y viendo ondear, en igual signo, la bandera rojigualda. Los nacionalistas catalanes (rancios y palurdos como Quim Torra o Ada Colau, imágenes exactas de los paletos en los dibujos, digamos, de Mingote) no perdonan, en su odio vulgar y obtuso, que alguien que pertenece a esa invención -entre tantas- que denominan “Països catalans” -Valencia, Mallorca- se sienta primordialmente español. Conste que no soy especialmente aficionado a ver jugar tenis (me parece bien practicarlo y aburrido verlo, algo me debe fallar) pero tengo el respeto mayor hacia Rafael Nadal, en este momento el nº 1 del ranking mundial -una pesadilla para el suizo Federer- pese a que con 32 años ya cumplidos y no pocas lesiones a sus espaldas (o más exactamente en sus rodillas) el manacorí, a quien muchos han dado por acabado, deportivamente, múltiples veces, siga estando en el podio mejor, y radiante. Este año las iras de los catalanistas furibundos se desataron cuando en mayo, en París (la sede mayor de sus triunfos) Rafa ganara el “Roland Garros”, nada menos -desde 2005- que por novena vez, no pocas de ellas consecutivas. También ganó el “Roland Garros” de 2017. Algún tontaina  -que ignora la expansión del apellido Nadal por toda España- recuerda que “Nadal” en catalán quiere decir Navidad. Excelente, pues mejor que mejor.

Rafa llora con el himno y la bandera de España en sus triunfos. Cuando eso ocurre con un italiano, verbigracia, nadie tiene nada que decir. Respeto como mínimo. Aquí siempre el más abyecto y ruin cainismo. Conste, por lo demás, que no todo me parecen mieles en Rafa. Como muchos deportistas de élite, hoy en día, gana, a mi ver, brutales cantidades de dinero, desproporcionadas  al trabajo, que no a la omnímoda y poderosa publicidad. Si hacemos caso a las cifras oficiales publicadas, Rafa Nadal lleva ganados, como tenista, 100.564.598 millones de dólares. En la estela de Cristiano Ronaldo o del feo Messi, a mi humilde entender, en todos radicalmente injustos. Médicos, científicos, investigadores especializados, artistas o escritores (estos son los que ganan menos) ni en sueños se aproximan a cifra tal y ello -me parece- es profundamente injusto y vuelve a hablar mal de este mundo usurero e insolidario que hemos creado. Pero seguro que Rafa -que ya no es el jovencito atractivo de sus inicios- con su ya de tiempo compañera Xisca Perelló, es personalmente una persona sencilla y fraterna, de alguna manera superada por la posesión de tantos millones de dólares, tan legales como raros. Es bien posible que la carrera deportiva de Nadal esté al borde de sus últimos fulgores. El tiempo (duro siempre) es especialmente cruel con quienes basan su triunfo en el poder físico o estético de la Juventud. Deportistas, modelos, actores saqueados por la belleza joven, tienen los años de plenitud contados, pero esa exitosa juventud los ha dejado montados en el dólar (nunca mejor dicho) para toda la vida. ¡Ojalá sepan hacer uso bueno de tantos privilegios obtenidos, al amparo de Ganimedes o Hebe!

En cuanto al tema central, el españolismo de Rafa Nadal, bienvenido sea. Hace mucha falta en un país invertebrado (dijo Ortega) y nunca bien construido, al que le falta autoestima, cohesión, solidaridad entre sus regiones -o estados federales- y un sentimiento orgulloso, que a franceses y británicos les sobra, de lo que fue, es y puede ser su grandeza. Entre nosotros -sin detrimento de nadie- el fulgor, esplendor y vastedad de la lengua española. Rafa, ¡felicidades!

 


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