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Decadencias

Querido y desolado Ángel Vázquez

La editorial Pre-Textos ha tenido el acierto (en cuidada edición de Virginia Trueba Mira) de publicar los cuentos dispersos en publicaciones periódicas perdidas, más uno inédito, del singular, raro y fraterno Ángel Vázquez (1929-1980), aquel hombre tímido, tierno y bebedor, que es uno de nuestros más felices escritores secretos de la segunda mitad del XX. El libro se titula “El cuarto de los niños y otros cuentos” y contiene (además de los once cuentos y un apéndice documental) unas palabras liminares de Emilio Sanz de Soto, no sólo íntimo de Ángel, sino nuestro gran “tangerólogo”, además de una delicia para quienes fuimos sus amigos. Emilio debió escribir este prólogo muy poco antes de morir en noviembre pasado…
Naturalmente yo conocí a Ángel Vázquez (que en realidad se llamaba Antonio, Ángel era su seudónimo para evitar un nombre que le sonaba a torero, no digan que no es peculiar) decía que conocí y traté mucho y poco a Ángel, de la mano de Emilio, en las largas y felices noches del “Oliver” madrileño de los 70. Con grandes gafas de muchas dioptrías, terno humilde y corbatita estrecha, silencioso y con muchos güisquis, Ángel Vázquez fumaba y apenas hablaba mientras Emilio soltaba sus picardías y todos mezclábamos literatura y vida. Yo sabía por Eduardo Haro Ibars (otro gran amigo) que Ángel era tangerino y homosexual y que había sido premio Planeta –cuando eso sonaba a menos comercialismo y menos glamour- en 1962 con “Se enciende y se apaga una luz”, como casi toda su obra ambientada en su Tánger nativo. Allí hizo gran amistad con Jane Bowles, porque los dos eran raros, refinados, tímidos, alados e invertidos, como solía decir el propio Vázquez con vaga chufla. Estuve muchas noches con él y cruzamos unas cuantas frases, pero lo traté poco porque apenas hablaba. Emilio era quien me contaba su vida perra en pensiones sórdidas, donde leía vorazmente libros en tres idiomas. Un día Emilio me regaló (de parte de Ángel) su última novela “La vida perra de Juanita Narboni”. Llevaba una breve dedicatoria cordial y el dibujito grácil de una palmera… Emilio me explicó que esos dibujitos Ángel sólo se los ponía a los muy pocos que apreciaba. Siento decirlo, aunque otra noche se lo agradecí al taciturno Ángel, no tuve curiosidad de leer el libro, cuya parla plural con “jaquetía” –el habla de los judíos españoles de un Tánger popular- Emilio alababa, como la entera novela. Sólo cuando tiempo después (le vi menos al final, quizás ya no salía) Emilio me dijo por teléfono que habían hallado al pobre Ángel muerto en el cuartucho de su pensión, lleno de botellas y papeles –no tenía más- tuve necesidad de leer “La vida perra de Juanita Narboni”, que me entusiasmó. Una gran novela. Un “chef d’oeuvre”, como le gustaba decir a Emilio. Pero yo estaba desolado: Ya nunca se lo podría decir a aquel hombre oscuro y alcohólico, que tantas noches estuvo a mi lado. Era el hijo de Mariquita la sombrerera, una señora muy conocida en el Tánger de la anteguerra, que al hundirse su profesión, se hundió también en el alcohol y la desesperanza. El padre nunca les hizo caso, y Ángel la retrató en su mejor novela (con mezclas) y en un cuento titulado “Las viejas películas traen mala pata” de 1971. ¡Cuánta nostalgia! Hermosos cuentos delicados y líricos y tres amigos que ya no están: Emilio, Eduardito –como decían ellos- y Ángel Vázquez, que me obsequió la novela que tardé en leer. Más que tres personajes.


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