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Publio Elio Adriano

Hace algunos años la revista “La Aventura de la Historia” me pidió un perfil de uno de mis personajes históricos favorito. Lo he revisado y retocado estos días y lo traigo aquí -contra tanta falsa actualidad- porque sigue siendo uno de mis preferidos.

A este emperador romano nacido en Itálica ( en Hispania) el año 76, lo ha hecho modernamente célebre la novela de Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano (1951), donde la autora franco-belga, con respeto a la historia, da voz a  un hombre, sin duda excepcional, dentro de las condiciones del Mundo Antiguo, quiero decir aquí sobre todo, dentro de un mundo que aceptaba como normal la institución de la esclavitud… Es posible también que Adriano -que fue ahijado de Trajano- naciera en Roma, de padres hispanos, y es seguro que residió algún tiempo de su juventud en Itálica, de donde otros deducen su conocida afición a la caza.

Adriano -lejanamente emparentado con Trajano, su antecesor en el poder y final padre adoptivo, como he dicho -fue un  intelectual enamorado de la belleza, que procuró conservar y acrecentar un  patrimonio artístico y una cultura (la greco-alejandrina) en cuyos valores creía absolutamente. Fue el primer emperador que tuvo nítidamente el sentimiento de una cultura “greco-romana” importante para el Estado. Fue designado emperador de Roma el año 117 y durante su reinado sólo hubo una guerra importante, que fue una revuelta en Judea ( uno de los más inestables y problemáticos territorios del Imperio) entre 132 y 135. Fue uno de los temas más vidriosos de su reinado, y tuvo que someter a los judíos y cambiar -oficialmente- el nombre de Jerusalén por el de Elia Capitolina. Adriano ( en latín Publius Aelius Hadrianus) viajó a lo largo de sus dominios y procuró ser justo, benevolente, sabio y feliz, hedonistamente feliz… Una de las monedas que se acuñaron con su efigie, lleva esta inscripción: Humanitas, felicitas, libertas. Siendo muy joven leí esas palabras -y el sentido que el César quería darles- y quedé deslumbrado. Y creo que sigo deslumbrado, porque pocos gobernantes ( aún hoy) son capaces de asumirlas o declararlas: Humanismo, felicidad, libertad…

Adriano ( que amaba mucho a Grecia y singularmente Atenas, fuente de la cultura en que bebía) residió un par de años en la ciudad, promoviendo las obras públicas, entre ellas, la finalización del gran templo de Zeus Olímpico, que había iniciado Pisístrato, más o menos, 700 años antes. Además de conservar deteriorados monumentos antiguos y levantar otros nuevos como la llamada “Torre de los vientos”. Atenas debe mucho a Adriano.

Construyó su célebre villa en Tibur (Tívoli) cerca de Roma (que rememoraba sus lugares favoritos del Imperio) y entre tantísimas obras, su propio mausoleo, base hoy del Castel Sant’Angelo. Se enamoró de un muchacho bitinio, Antínoo, que murió ahogado en el Nilo cuando tenía unos 20 años. Adriano llenó el Imperio de magníficas estatuas de ese amado -de hermosura rotunda- que encarnaba lo Bello Ideal. Una imagen nueva o renovada del antiguo “eros socrático”. Una forma humana de la deseable perfección del mundo.

Se dice que escribió -Adriano- unas memorias, que se han perdido, así como sus cartas. Pero de este hombre que aspiró a la belleza, a la armonía, a la libertad, a la paz y a la natural pluralidad moral, se conserva un poemita -que según una tradición probablemente apócrifa- recitó en su lecho de muerte: Animula, vagula, blandula… (Almita, errante, dulce…) Todo el primer verso son diminutivos… Han pasado cientos y cientos de años (Adriano murió en 138) y el César hispano sigue siendo, creo, un alto ejemplo de humanismo abierto. De  buen ser  hombre. Nada menos.


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