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Pompeya y su fin recreados en arte.

(Artículo publicado en la revista La Aventura de la La Historia).

Resulta casi obvio afirmar que las excavaciones arqueológicas de Pompeya y Herculano, que descubrieron –a partir de mediados del XVIII- un auténtico tesoro de arte y vida antiguos, no podían quedarse sólo (por importantísimas que fueran y son) en el mero catálogo de ruinas y museos… Cuando el 24 de agosto del año 79 el Vesubio entró en erupción y sepultó esas ciudades entre lava y cenizas, nos dejó el mayor tesoro de la historia antigua –casi todo estaba preservado- y un rumor de imaginación para los creadores. Se calcula que Pompeya –ciudad de placer, muy hedonista- tenía unos 20.000 habitantes entonces, de los cuales al menos 5000 perecieron en las primeras veinticuatro horas tras la explosión. Sabemos que hay cuerpos cuyo vacío guardó la lava, y que por curiosidad científica, murió Plinio el Viejo, que fue desde Nápoles a ver qué estaba ocurriendo en esa erupción tremenda. Para los historiadores (o quienes amen la Historia) lo que vale son los libros que nos hablan de la Pompeya real y de sus habitantes, de los que hasta los grafiti de las paredes se han conservado. Para los menos expertos sin embargo, un título se impone a todos los demás: “Los últimos días de Pompeya”. ¿Hablamos de un libro, de una película?. De ambos y más.  Aunque existen cuadros de principios del XIX que –por tremendismo romántico- dejan ver una violenta erupción del Vesubio y a veces trazas de una ciudad debajo, aún no se habla de Pompeya. Pero los cuadros impresionan: “Erupción del  Vesubio” (1817) de Joseph W. Turner  u otro de igual título de Sebastian Pether de 1824… Más se acerca a nuestro tema ( y no a la mera catástrofe natural) el del ruso Karl Pavlovich Bryullov, de 1833, llamado asimismo “Erupción del Vesubio”, donde –como dije- se adivinan trazas de una cuidad en llamas… Como sea, en esa época, con las excavaciones en pleno rendimiento, cualquier persona culta que viera esos lienzos con el desastre vesubiano, pensaría ya, sin duda, en Pompeya. Pero el “boom” llegó con la novela histórica (pero novela) de un elegante aristócrata inglés que había tenido una juventud de poeta y dandy –como refleja su novela “Pelham o la historia de un gentilhombre” (1828)- y que tendría una madurez de novelista y de político, llegando a ser en 1858, Secretario de Estado para las colonias; hablo, claro es, de Edward George Bulwer-Lytton (1803-1873) conocido habitualmente como “Lord Lytton”. Nuestro refinado y rico caballero publicó en 1834 (siguiendo a su modo la moda de la “novela histórica”) “The last days of Pompeii”, es decir, esos “Últimos días de Pompeya” que a todos nos suenan y que ha devenido naturalmente su obra más duradera y famosa. Enseguida fue traducida e imitada –tal fue el éxito- y a veces eso puede llevar a confusión. Un francés no muy conocido, Adrien Lemercier publicó ya en 1840, otros “Les derniers jours de Pompéi”, que son una imitación más que una traducción, pero que se tradujeron pronto al español, por ejemplo, que en la época traducía mucho más del francés que del inglés. Pero nosotros hablamos de “Los últimos días de Pompeya” de Bulwer-Lytton, que aunque tiene cristianos, no es una novela de cristianos perseguidos, como serían (en buena medida) las otras dos más célebres novelas sobre la Antigüedad romana del siglo XIX, “Fabiola” de Cardenal Nicholas Wiseman, inglés también pero católico, o “Quo Vadis?” del polaco Henryk Sienkiewicz, ya muy en el fin del siglo.  No, la novela de Lord Lytton (con ciertas aficiones ocultistas) relata la historia contrapuesta y mezclada de personajes diversos, los días anterioes a la súbita erupción del volcán.  La historia de amores y diferencias entre el griego Glauco, Dione –sacerdotisa de Isis-, el egipcio Arbaces y el cristiano Olinto, que no es, a la postre, el mejor parado.  En cierto modo, “Los últimos días de Pompeya” tiene un fuerte componente pagano que no encontraremos, sino entrelíneas, en “Quo Vadis?”. Dicen que Lord Lytton se inspiró para situar a Glauco en la llamada , en la Pompeya real, “Casa del poeta trágico”.

A partir del éxito de la novela (que llevó a Lord Lytton a decir: “Mientras haya libros no existe el pasado”) las novelas, la pintura y a su turno el cine, no han dejado de ocuparse de esos “últimos días de Pompeya”.  Por ir a los filmes, acaso lo más conocido del público medio, diremos que “Los últimos días de Pompeya” aparecen dos veces en el mudo, en 1908, con la muy mediocre recreación de Luigi Maggi y sobre todo en 1913 con la notable y trágica cinta de Eleuterio Rodolfi y Mario Caserini. Fue un film de impacto. Luego vendrán adaptaciones más populares de la novela, siempre conservando su título: “Los últimos días de Pompeya” (1935) de Ernest B. Schoedsack y la más famosa hasta hoy –con actores como Steve Reeves, Christine Kaufmann o el español Fernando Rey- la obra en color, de 1960, firmada por Mario Bonnard y secundariamente por el entonces aún casi desconocido Sergio Leone. Esta es “Los últimos días de Pompeya” que muchos vimos de niños. Luego (en 1984) hubo una serie inglesa para televisión –igual título- de Peter H. Hunt, con actores como Lawrence Olivier o Anthony Quayle, pero creo que en España no se ha visto. Lo que sí parece extraño es que, en esta época hodierna, fascinada por los “efectos especiales”, no se le haya ocurrido a nadie hacer un nuevo “peplum” con “Los últimos días de Pompeya”.

Por supuesto que, casi todos los escritores de fines del XIX y principios del XX, habían leído la novela de Lord Lytton y habían pasado, como casi todos los pintores, por las auténticas ruinas pompeyanas. El caso español está recogido en un largo estudio de Félix Fernández Murga, titulado “Pompeya en la literatura española” donde habla de los viajes y los artículos que escribieron sobre la ciudad antigua, literatos que van desde Leandro Fernández de Moratín  hasta Pío Baroja, Rubén Darío, Juan Valera o Unamuno entre otros más… (El estudio fue publicado por la revista “Annali dell’Istituto Universitario Orientale” de Nápoles, en 1965). Allí cuenta como Unamuno lee “Los últimos días de Pompeya” precisamente por haber visitado sus ruinas en 1890 y escribe en un artículo: “Su error (de Flaubert) estuvo en querer hacer una novela arqueológica, género dificilísimo e insufrible.  En tal género lo mejor es The last days of Pompeii de Lord Lytton (Bulwer) que compré en Pompeya mismo”. El artículo, titulado “Pompeya” se publicó en 1901. Parecido empeño, pero referido a la pintura (como variante del tema “antiguo”) lo hallamos en el estudio de Enrique Arias Anglés “Los últimos días de Pompeya de Lord Lytton y la pintura pompeyista española” publicado en 2003 en la revista de arte “Goya”. Entre muchos cuadros de buena factura académica, pero no más, destacan los del madrileño (fallecido en Francia) Ulpiano Checa (1860-1916) , autor entre otros lienzos “de romanos” del muy espectacular “La destrucción de Pompeya”.  Checa es un pintor que merecería un rescate. Por supuesto el tema llenó muchos cuadros academicistas de la época, pero se coló más sutilmente en varias obras de Lawrence Alma-Tadema que reproduce, dentro de sus fingidas escenas romanas, frescos y estatuas halladas realmente en las ruinas de Pompeya. Supongo que así daba mayor vesosimilitud al mundo antiguo pintado. El tema –con tratamiento muy distinto- ha seguido en pintores modernos como el boliviano Ricardo Migliorisi o la mexicana Nydia Lozano…

Naturalmente también han proliferado las novelas, queriendo corregir o variar a Lord Lytton.  Entre muchas, podemos citar        – traducidas al español- “Pompeya” (1993) de la sueca Maja Lundgren, que en tono desinhibido, relata la vida de una compañía de cómicos en los días anteriores a la erupción; “Pompeya” también (2011), de Robert Harris, que cuenta los cuatro últimos días en la ciudad condenada de Marco Atilio, un joven hedonista; “Pompeya”, una vez más (2011) de la italiana Lucia Cantarella o con la novedad de su sesgo juvenil, “Los piratas de Pompeya” (2011) de Caroline Lawrence, donde, por las cuevas de Sorrento, los piratas buscan esclavos. La catástrofe no será aquí sino mero telón de fondo.Naturalmente en alguna otra ocasión la palabra “Pompeya” se usa sólo por su connotación y nada tiene que ver con el mundo antiguo, como en la novela policíaca de Andreu Martín “Cabaret Pompeya” (2012).  Sigue habiendo estupendas recreaciones del final de la ciudad, entre la realidad  y la ficción, como el documental de la BBC, “Pompeya, el último día”, muy digno de verse. Y naturalmente algún libro que resume lo real y lo ficticio –siempre apoyado en lo real- como el de la helenista británica Mary Beard, “Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana” (2009). La novela de Susan Sontag (1933-2004) “El amante del volcán” de 1996, tenida por la mejor de sus obras de ficción, habla más del Vesubio que de Pompeya –que aparece- pues trata de la relación sutil, a fines del XVIII y principios del XIX, en el reino de Nápoles, de William Hamilton y su delicada mujer, con el almirante Nelson…  Podemos, sí, llegar a creer en el carácter ficcional de Pompeya y su terrible fin, pero es una de las verdades mejor constatadas de la historia, que acaso deba algo –por mero albur- al distinguido Lord Lytton, cuyo hijo fue el primer virrey de la India británica. Cosas.


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