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Borges (Poema inédito)

Conocí a Borges ya viejo. Y quizá como otros tiendo a considerar

que el anciano de sonrisa perpetua, aferrado a su oscuro bastón

no debió  conocer la juventud. Es este Borges al que retratamos una

tarde de 1982. El Borges que (con su peculiar acento, su continuo

tentar la ironía) hablaba continuamente de libros y de palabras…

Recordaba un verso de Lucano, traducido por Juan de Jáuregui,

y lo repitió varias veces, una mientras yo lo conducía al lavabo:

“Muere el mar y es cristal su monumento” ¡Caramba qué verso!

volvió a reiterar el mítico ciego, acaso para ocultar lo demasiado

humano inevitable. Como algunos grandes conservadores tenía

muchas proclamaciones anarquistas. Había vivido para los libros

y en los libros. Pero ¿no hubo más? ¿Quién era María, quién su

casi infinita madre, quién aquella Estela Canto a quien dedicó

y regaló el manuscrito minucioso de “El Aleph”? Como le hubiera

gustado decir, Borges era muchos y todos misteriosos, como tú,

casi como cualquiera. Pidió, otra tarde, que le leyéramos un fragmento

de un viejo cuento suyo, que no recordaba. Lo hicimos. Y cuando

surgía la frase  carismáticamente borgeana, decía: “No está mal eso.

¿Verdad? ¡Caramba! ¿A quién se lo habré copiado yo?”. Cuando alguien

le preguntó qué pensaba de quienes decían cosas contra él, acentuó

la peculiar sonrisa indefinida: “¿Qué voy a pensar, ché? Bueno, que

tienen razón, ¿no?” Recuerdo cuando, adolescente, leí el primer poema

suyo que me fascinó, “España”. Recuerdo miles de posteriores lecturas

 

deslumbradas:  “¿Es posible que yo, súbdito de Yakub Almansur/

muera como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles?” Hizo,

con daño oculto, de la ceguera un don y se esforzó en la humildad

de quien sabe con sir Thomas Browne que “el olvido es insobornable.”

Su presencia tranquilizaba, pues era igual a lo que imaginaste

y te gustaba saberlo próximo a Quevedo o a Lugones, cuando

leía con voz exacta: “Detrás de los mitos y las máscaras,/ el alma,

que está sola.”  También ante el espejo en que no podía verse,

resignándose al retrato: “La justa y vasta y necesaria muerte”

Adiós, Borges. Sin usted todos seríamos, en verdad, mucho menos…

 

 


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