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Decadencias

Pérez Estrada, fuego imaginativo.

Rafael Pérez Estrada (1934-2000) fue el malagueño universal. El malagueño que situaba sus cartas en Alejandría. El gran admirador y cultor de la imaginación fantasiosa y poética no sólo en su obra plural, sino en su vida de abogado matrimonialista que nunca aparentó ser. Recuerdo una llamada suya (entre muchas, vivía en un piso enfrente de la playa): Luis Antonio querido, te llamo de repente, porque con el catalejo que tengo en el balcón acabo de ver en la playa a un ángel. Es de esos que sólo tú y yo vemos. Tiene las alas plateadas y el culito de pitiminí… Y ¡oh santa Ifigenia! Se ha desnudado en medio del vulgo municipal y espeso y ha echado a volar… ¿Sabes qué me ha dicho, revoloteando en cercanía? .Yo: ni idea, Rafael. Pues ha dicho (y elevaba la voz): Villena es del sur. Villena para el Sur. Y nos reímos y al día siguiente me envió un dibujo con ese lema, que conservo. Rafael dibujaba muy bien y por eso es normal que suya sea la portada de la antología poética que en la Fundación José Manuel Lara le ha hecho Jesús Aguado con el título de «Un plural infinito».

Título muy acorde con Rafael porque él y su escritura eran así. Tan plurales que no se podían encasillar. Verso, poemas en prosa, teatro, narraciones breves muy líricas, aforismos al filo de la greguería o de otra cosa que él se inventó, eso era su obra. Por eso muchos decían que era esencialmente minoritaria. ¿Sólo por la incierta clasificación? Es verdad que en sus años últimos, Rafael aspiró a un éxito «popular» que nunca tuvo. Su éxito (más que cierto) estuvo siempre entre las élites de todas las generaciones, desde los «novísimos» que algo lo descubrimos fuera de Málaga, hasta los vecinos a su muerte. Prosa bellas, suntuosas, esplendentes, inesperadas, a menudo mucho más verso que los versos mismos: «El cuerpo adolescente es una cosa, el pensamiento joven un equilibrio inestable. Amar lo inmaduro es suplicar la inmortalidad». ¡Qué moderno es esto! ¡Y qué antiguo! Es la médula misma de lo griego. Dioses inmortales y siempre jóvenes. Sería absurdo decir que se ha olvidado a Rafael Pérez Estrada, conocido siempre sólo por un cenáculo de fervorosos entre los que me conté, por fortuna. No olvidado, Rafael, no, desconocido aún para la mayoría lectora a la que les pasmará este libro lleno de erudición verdadera y falsa y de cascadas, torrentes, chorros de imaginación lumínica, entre la que hay veras, burlas, realismo, metafísica, chafardería dieciochesca y manuales de zoología fantástica que ni Borges conoció. Lean a este autor sorprendente, caritativo y bueno. Asombrénse más de la infinita pluralidad española, y contesten a la pregunta que Rafael les hará desde su cielo bizantino: ¿Por qué cuando estuve apenas me reconocieron? Ah, mi muy querido Rafael, porque eras español andaluz, y esto es Andalucía y España, una tierra fertil y opima en cultura que casi nadie parece necesitar. Producimos mil naranjas de oro, se consumen diez. ¿Qué hacemos, si los políticos, cuya ayuda también buscaste, nos burlan? Cultura exquisita para un pueblo hirsuto.  Ángeles dorados y pegasos argénteos surcaban tus noches y amaneceres, y dabas fe de ello con brillantez y belleza. Pero ¿qué hacer si eso parecía importarnos a muy pocos? Brindo con vino de Paestum por tu triunfo póstumo, querido Rafael, por ese triunfo que vivió siempre en ti, casi invisible. «El verdadero poema vuela, se escapa de los labios y no llega a las manos.» ¿Cierto?


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