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Oscuro París (“La ciudad de los pasos lejanos”)

(Este artículo ha aparecido el sábado en el suplemento literario de El Norte de Castilla).

José Muñoz Millanes. “La ciudad de los pasos lejanos”.  Pre-Textos, Valencia, 2013.  313 págs.

José Muñoz Millanes es, hasta hoy, autor de una obra varia y de asuntos diversos, dominada por el ensayismo y la voluntad poética: Desde traducir a “Carta de Lord Chandos” de Hofmannsthal, hasta antologar  y analizar la poesía del argentino Alberto Girri.  Este ensayo ameno, “La ciudad de los pasos lejanos” –título que ya algo suena a novela de Modiano- no se aparta demasiado de lo antedicho. Es un recorrido literario ( y muy para sensibilidades literarias) por un París poco conocido, lejos de cualquier ruta turística habitual, y que –de partida- es el que prefirieron Azorín y Baroja durante los tres o cuatro años que vivieron exilados en París, durante la terrible guerra española, más o menos entre 1936 y 1940.  Para esos recorridos utiliza (a más de su propio análisis y las propias impresiones de sitios que ha vuelto a ver, algo cambiados) las obras que nuestros autores consagraron al tema, desde las memorias más grandes de Baroja a las “Memorias inmemoriales” de Azorín o algunas de las novelas que trazó en la época como “María Fontán”. Recordemos que ambos amigos eran buenos andadores y que no les gustaban los lugares consuetudinarios y que Azorín regresó a Madrid al menos un año antes que Baroja. Los capítulos se alternan con vago orden cronológico, desde “La llegada” a  “Javier Mariño recuerda”, pasando por los hoteles o casas donde vivieron o lugares pintorescos, más o menos cercanos, como “El square Luis XVI”, cerca de donde se encontraron los restos del guillotinado rey de Francia, la famosa y perlina “Luz de París”, el elegante “Barrio de la Estrella”, alrededor del Arco del Triunfo, el famoso distrito XVI, “Los cementerios”, “Los parques”, “El metro” y sobre todo “La cité universitaire” construida en los años 20 con edificios típicos de muchas naciones, entre ellos el “Colegio de España”, de aire un tanto clásico aurisecular, donde Azorín y sobre todo Baroja vivieron parte de aquellos años.  Naturalmente en esos paseos llenos de curiosidades, como en “El parque de Montsouris” nuestros paseantes si no se encuentran coinciden con otros compatriotas como Gutiérrez Solana, González Ruano, o Gonzalo Torrente Ballester cuya novela iniciática “Javier Mariño” retrata muchas de las experiencias de un joven en una ciudadmás libre o menos prejuiciada que su patria. Pero, naturalmente, para darnos noticia de los lugares recorridos y a menudo de sus cambios (antes y ahora) el autor tiene que echar mano de otros autores notables que conocieron o conocen bien París como Walter Benjamin o –inevitablemente- Patrick Modiano, taninfluido (a través de su padre) de ese París al filo y durante la ocupación nazi que conoció tan bien y que ha llegado a obsesionar al hijo escritor.  En algún capítulo como “La capilla expiatoria” visitamos  un pequeño santuario en el cementerio de la Madeleine, mandado construir por Luis XVIII, para acoger los restos –descubiertos no hacía mucho- de Luis XVI y de María Antonieta. Allí se fija en un espacio rectangular que sirve de umbral un tanto enigmático, y sabemos que Azorín podía ver el lugar desde lo alto de su primer hotel parisino  (el Buckingham, ahora ha cambiado de nombre)  o que ese recoleto lugar está al lado de donde vivió Proust, aún en familia –el bulevar Haussmann-  o que Edmund White, el novelista norteamericano, en su librito sobre el autor de “En busca del tiempo perdido”, se pregunta si al asomarse al balcón y mirar ese lugarcito oscuro, Proust no meditaría sobre “la fugacidad de la gloria mundana”. A lo mejor no se dio cuenta… En cualquier caso todos estos varios recorridos (a veces con alguna foto) y siempre mucha cimentación literaria, hacen de “La ciudad de los pasos lejanos” una suerte de sutil guía de un París casi siempre recóndito, y a veces mudado hoy, pero asimismo, una diferente guía literaria que tomando por eje la vida y las caminatas parisinas de Azorín y de Baroja en esos años oscuros  (Azorín llega a   escribir  “París ha sido, para mí, la soledad”) nos hacen un doble juego entramado entre los rincones poco conocidos de una ciudad y la vida y pensamientos de unos escritores en horas y tiempos singulares, desde Torrente a Benjamin. De lo que no cabe duda es de que este libro –para mi muy grato- es archiliterario, aunque todo sea vida, y no deje de evocar –incluso más allá de las veces que lo cita- el aroma fragmentario, nostálgico, oscuro y seductor que ha hecho célebre a la novelística de Modiano. No dejaría de ser curioso: ¿Un casi velado homenaje a Modiano, a través de las caminatas parisinas de dos amigos distintos, como fueron Baroja y Azorín? El lector dirá.


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