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Decadencias

Orson Welles, gigante herido

El pasado día 10 hizo veinticinco años de su muerte en Los Ángeles. Orson Welles (1915-1985) falleció con 70 grandes y poderosos años encima. Sus cenizas yacen por propia voluntad en un pozo en la finca de los Ordóñez en Ronda. Testimonio de su amor no ya a los toros sino a la vida española… Su caso y su leyenda siguen siendo singulares cuando no misteriosos. Radiofonista de éxito, gran actor, su primera película como director de cine, «Ciudadano Kane» (1941) pasa por ser una de las mejores sino la mejor película de la historia del cine, que no es decir poco. Pero Welles nunca volvió a tener un éxito igual, pese a películas tan inolvidables como «La dama de Shanghai» (1947), «Sed de mal» (1957) o esa saga de amor a Shakespeare que es «Campanadas a medianoche» (1965). Inexplicablemente las grandes obras de Welles cada vez tenían menos eco, se lo tachó de «minoritario» -un pecado para el Hollywood vulgar- y Orson no encontraba dinero ni productores, llegando a ser una suerte de ilustre y aureolado «perdedor». Sus últimas cintas son ya películas (estupendas) de bajo presupuesto y distrubución irregular, hablo de «Una historia inmortal» (1968) o la postrera «Fake» (Fraude) de 1974. Nunca pudo terminar su «Don Quijote», iniciada en 1969, y que él quería considerar su obra maestra. ¿No es raro? Ni un céntimo para el genio.

Como Ava Gardner  (y acaso por similares motivos) Orson vivió años en España, donde rodó además algunas de sus películas. Poderoso y grueso «bon vivant» (lo ví en un restaurante de Madrid, siendo yo adolescente, zamparse una mariscada pantagruélica) amaba los toros, la buena mesa, y las mujeres accesibles -estuvo casado con Rita Hayworth- y claro está, surgió su leyenda de genio culto y minoritario, que trabajaba como actor en cualquier película «pane lucrando» y su leyenda sibarítica de vicios confesables e inconfesables, fáciles para en extranjero famoso y con dólares en la barata España de Franco. Welles era un portento de la naturaleza, amante de la buena vida, del buen cine, de los buenos libros  y de la juerga, algo muy flamenco y taurino, por lo menos antes. Al fin de su vida hasta hacía vulgares anuncios de radio (con su excelente voz profunda) para sobrevivir a pleitos y caprichos. Así lo pinta el recién estrenado monólogo dramárico de  Richard France -un experto en Orson- «Su seguro servidor, Orson Welles», magnificamente interpretado por el estupendo José María Pou. Fumador de habanos, catador de vinos y damiselas, Welles es un fracasado que no puede hacer cine, cuando los críticos no cesan de escribir que es uno de los mejores directores de la historia. «Macbeth», «Othello», «El proceso», todo o casi quedó en los años 40 y 50. Para rodar «Una historia inmortal» tuvo que convertir en Macao al madrileño pueblo de Chinchón. No había para más. A menudo tuvo que financiar sus propios proyectos y jamás logró salir de los problemas financieros. Amó todo lo excelente y refinado, amó el lujo y el exceso, pero tuvo un innato sentido de lo que era el gran arte y la mediocridad ambiente no se lo perdonó. Sí, un fracasado en el libro de oro de la fama; una obra espléndida sin concluir y un gran talento como actor (hay horribles películas que salva su sola presencia) al que no otorgó importancia. La radiografía del genio  no está aún completa.


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