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Decadencias

Onetti, oro y limos

Conocí a Juan Carlos Onetti (1909-1994) en 1979, cuando vivía ya exilado en España y por supuesto era tenido por uno de los grandes de aquel tan aclamado “boom” latinoamericano, que ya se deshacía en secundarios. Onetti acababa de publicar una novela nueva, después de un largo silencio, “Dejemos hablar al viento” e iba al Congreso de Escritores de Lengua Española de Las Palmas, que fue un vivero de grandezas y de anecdotario. Con los ojos saltones y las muchas dioptrías, aquel hombre de mirar de tahúr cansado apenas hablaba, su última mujer Dolly, lo hacía casi todo por él. Semejaba perdido, ausente, tomado también probablemente. Daba la mano y huía. En Las Palmas hasta el muy misántropo Juan Rulfo participó en algún acto, aunque casi mudo. Onetti, no. Onetti se estuvo los ocho días en la habitación del Hotel sin salir, decían que borracho. Desde luego fue un congreso en que se consumieron toneladas de güisqui. Al volver a Madrid recuerdo a Onetti en el avión, mudo, que se levantó como para hacer que disparaba con la mano-revolver a un niño revoltoso que corría por el pasillo. ¿Jugaba con el niño o estaba harto de la molestia? Hay para todos los gustos. En su ameno libro sobre Onetti y su obra “El viaje a la ficción” (Alfaguara) Mario Vargas Llosa dice que Dolly le contó que a Onetti le gustaban los niños. Es raro en un pesimista radical como el inventor del espacio mítico de Santa María. Onetti es el mundo de la crápula y el mundo del desamparo. Como Villon pudo decir que la vida es un burdel, lo que no es una condena, sino un juego de ambivalencias y decadencias. El mundo desastrado, caído, lúgubre y poético de “La vida breve” o de “El astillero” tienen mucho que ver no sólo con Faulkner (es un tópico decirlo) sino con el propio creador y lo que Vargas llama su “estilo crapuloso”. En un mundo aparentemente regido por el mal o el sinsentido, esos personajes que luchan contra el derrumbe (Brausen, Díaz Grey) se convierten, como el clima y el entorno, en una viva metáfora de la vida. Légamo y diamantes, lodazal y oro. Se sobrevive como si siempre fuera de noche, y en tal sentido muchas de las novelas y de los cuentos (no olvidarlos) de Onetti son escritura nocturna, discursos en el páramo, todo eminentemente lírico. Onetti se parece –quiero decir se puede parangonar- con “El bosque de la noche” de Djuna Barnes, una grande y rara de la ficción americana. Juan Carlos Onetti pasó los últimos nueve años de su vida tumbado en una cama de hospital en un piso de la madrileña Avenida de América. ¿Estaba enfermo? No, estaba viejo, desganado, harto. En la cabecera alcohol y novelas policiales, quizá por ello su última novela (de 1993) se titula “Cuando ya no importe”. A él, no le importaba. Había perdido vigor (“Juntacadáveres” es mejor, por supuesto) pero no maestría. No ese raro vigor lírico de una narrativa que se complace en la putrefacción, pero asimismo en la flor peculiar que nace del fango. Así es todo en lo que Onetti llama vida, oscuridad y brillo, traición y vicio como lenitivo, muerte, y deseo. ¿Poner orden? ¿Se podría poner orden en Santa María? La falta de libertad sería peor que ese desorden fúlgido de la vida sucia. Juan Carlos Onetti, un genio. Pese al güisqui o con el güisqui unido.


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