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DE NUEVO CON JAIME GIL DE BIEDMA

(Este artículo se ha publicado en la revista “Turia”)

Sin duda Jaime Gil de Biedma (Barcelona 1929-1990) se ha convertido en uno de los mitos más claros de nuestra moderna y mejor poesía. Casi alcanzó a serlo en vida, según algunos por las leyendas bastante veraces de su biografía, y según otros por su “pereza” -no sé si es el nombre exacto- para escribir muy poco o casi nada. De hecho, oficialmente, su carrera poética se cierra en 1968 al publicar un libro muy bueno y muy pequeño, “Poemas póstumos”. Al publicar sus poesías reunidas -diríamos que más o menos completas- Jaime siempre añadía algún poema un poco “juguetón” (de fecha nunca explícita) como una epístola en francés -un juego y una demostración de destreza- que las “Obras” , ya de 2010, han retirado o en algún caso colocado en una pequeña sección (fuera de la obra canónica) titulada ahí “Poemas dispersos”.  Pero yo hablaba de la primera reunión oficial de sus versos hecha por el propio poeta, con el título de “Las personas del verbo” y cuya primera edición es de 1975. Creo que Jaime la fue ajustando hasta la última hecha en vida del autor, sino me equivoco en 1982. Atrás quedaba (algo más breve) su “Colección particular” de 1969, pero que entonces no se distribuyó, al parecer por decisión del mismo Jaime, y que reapareció en 1975, prácticamente a la vez que “Las personas del verbo”. Estas aparentes precisiones bibliográficas, no quieren ser tales ahora. Sino recalcar -más allá de alguna puntillosidad erudita- que Jaime Gil de Biedma, prácticamente no escribió poesía desde 1970 (el año, sino recuerdo mal, en que falleció su padre) y que, en general, iría escribiendo cada vez menos de todo, incluso cartas, cuando las cartas aún eran moneda de comunicación. Siempre fue inevitable -a partir de ese temprano silencio- preguntarse porqué Jaime, el poeta y personaje más conocido de su generación, no escribía… ¿Pereza? He dicho que solía decirse, y no creo que fuera del todo verdad, pero el propio Jaime al no contestar nunca, sino muy de soslayo, esa pregunta, dejaba la puerta abierta a las elucubraciones y al mito… Porque para entender cabalmente a Gil de Biedma, creo que son necesarios tres elementos que puedo reseñar o intentar explicar un poco: La vida de un hombre lujurioso, culto y rico, que sin embargo (a partir de 1955) trabajó muy fuerte en la empresa familiar, prácticamente del todo ajena a la cultura y al arte, aunque con un pequeño punto exótico: La Compañía de Tabacos de Filipinas, que venía desde los días antaños de la colonia española. La mezcla de trabajo, ocio (menos del supuesto) cultura y sexo, fundan al hombre Jaime, que ha pasado por Salamanca y por Oxford. El segundo pivote del personaje es su poesía -aunque también hay prosa nada desdeñable- una poesía centrada en tres libros -en los dos últimos, sobre todo- que logra una dicción de muy alta y refinada calidad literaria, con la apariencia de la “difícil facilidad” que dijeron los clásicos; poesía coloquial que dice y medita sobre la vida, que logra parecer de radiante sencillez honda pero que es, lógicamente, muy elaborada; para muestra un botón conocido, el poema titulado “ No volveré a ser joven”  (sólo doce versos)  del libro “Poemas póstumos”, ese poema sencillísimo, difícil y perfecto –“Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde… envejecer, morir,/ es el único argumento de la obra.”- debió ser escrito cuando el poeta con sabiduría de vejez y lucidez de juventud, tenía unos 40 y pocos años…  Ese tipo de poesía, que hace pronto y luego deja de hacer entre el claro prestigio, es otro ingrediente Gil de Biedma. Como decían en México de Juan Rulfo -que sólo escribió dos espléndidos libritos de prosa narrativa- el autor era cada año más famoso, no por lo que escribía, sino al contrario, por lo que no escribía. Y el tercer punto, vuelve a ser la cultura (las muchas cosas que dijo querer hacer, y al fin no hizo), la sexualidad heterodoxa -exhibida y celada al mismo tiempo, de cara a su trabajo y su familia, decía-  la sensación de que el mito crece y él lo sabe, pero como parece hasta cierto punto natural, no lo explica. O sólo con alguna ingeniosidad final (“he sido poeta, pero hubiese preferido ser poema”) y el final absoluto, morir víctima de una pandemia, el sida, apenas cumplidos los 60 años, pero con todo rematado y bien cerrado y esa sensación -en los demás seguro- de que el mito, ya logrado, crecería tras la muerte del autor (ni un solo inédito, salvo los diarios que él mismo dejó preparados) como, en efecto, parece que ha sido. Detengámonos en todos ellos un algo, pues así el retrato de Jaime Gil -como se le decía muy habitualmente- saldrá sin pensarlo, como de naturaleza…

La gran mayoría de cuanto Jaime Gil escribiera (incluidas sus traducciones) se hizo en los años 50 y sobre todo 60 pasados, si se apura mucho los muy primeros 70 , muy primeros. Apenas veinte años en un hombre que vivió 60. Y cada vez escribiendo menos. A veces me pregunté de dónde sacó paciencia para traducir del inglés un libro que sin duda le gustaba mucho, “Adiós a Berlín” de Christopher Isherwood. Esa traducción de un libro de placer, y de los placeres singulares de la vida, en el Berlín alegre y desgarrado de la primera postguerra, se publicó -en la traducción de Gil de Biedma- en 1964. Antes había traducido a su siempre admirado o considerado T. S. Eliot, pero esta vez se trataba de un placer crítico, sobre teorías y modos de juzgar la literatura que le interesaron siempre, “Función de la poesía y función de la crítica” 1955, en verdad el primer libro como tal (no cuadernitos o folletos) con un prólogo notable del traductor. Quizá no muchos se han fijado en la diferencia complementaria de esas dos traducciones. El interés alto por la teoría literaria hecha por un poeta y recibida por otro que había estudiado en Oxford, en la admiración por otro cercano a Eliot, W.H. Auden; y el placer novelístico de un mundo ambiguo y nocturno -a Jaime no le tentó en exceso la novela- que marcaba al Gil de Biedma de hondo apetito intelectual con él señalada y queridamente vitalista novelista Isherwood, amigo de Auden, homosexuales ambos y de la misma generación…  El gran proyecto traductor de la madurez de Jaime -nunca realizado- fue traducir y prologar una selección de las cartas de su admirado Byron (otro disidente) y la traducción del poema narrativo “Don Juan”, para Gil de Biedma, la cima byroniana. Del segundo y acariciado proyecto -le oí a Jaime hablar varias veces de él- no ha quedado nada en absoluto. Pero no es imposible que existieran algunos vagos e inconclusos borradores, pues he dicho ya mi convencimiento firme de que, en sus últimos y finales años, un Jaime que se sabía enfermo pero lúcido, debió tirar, romper, bastantes papeles inconclusos que podían existir en su casa… Esbozos. Borradores.  Del proyecto de la correspondencia sí quedó algo, porque Jaime había punteado las cartas que él escogía para traducir de Byron, a partir de los dos volúmenes de cartas y diarios del poeta romántico, hecha por el profesor Leslie A. Marchand, y terminada en 1982.  Como una suerte de homenaje a Jaime, Eduardo Mendoza tradujo y prologó las cartas elegidas por Jaime, en el tomo que editó Tusquets (1999) “Débil es la carne. Correspondencia veneciana (1816-1819)” del Lord tan famoso. La traducción de “Eduardo II” de Brecht basada en la homónima tragedia de Marlowe (todo ello podía con seguridad interesar a Gil de Biedma) fue un encargó de Lluís Pasqual, para ser estrenado en 1983 en el Centro Dramático Nacional. Figuran como coautores Jaime y su siempre muy amigo Carlos Barral, pero hay quien cree que la labor de Barral fue mínima, y que la adaptación traducida es obra básica de Gil de Biedma, pero el asunto nunca se ha aclarado del todo.

Otro de los escritos tempranos de Jaime en su faceta de estudioso de las letras y de la poesía (artículos dispersos quedarían luego recogidos en el tomo de 1980, “El pie de la letra”) fue “Cántico: el mundo y la poesía de Jorge Guillén” -1960- un libro no muy grande pero jugoso… Ese libro no sólo recoge un trabajo literario de Jaime, sino que resume uno de los proyectos de su juventud estudiosa. “Cántico” -edición, por ejemplo de 1936- no sólo es un gran libro de poesía -tal vez lo mejor de Guillen- sino que nos ayuda a entender cómo se construye la buena y sentida poesía. No creo ver perceptibles influencias de Jorge Guillén en el Gil de Biedma con voz propia ya, pero es seguro que la lectura y el estudio de Guillén (con otros varios autores) recogen la manera en que el Jaime joven se prepara meticulosamente para la poesía, que no hallará su timbre verdaderamente peculiar sino -y en parte- hasta muy finales de los años 50.

Sin duda la obra en prosa más importante de Gil de Biedma es el “Diario de 1956”, publicado póstumo apenas un año después de su muerte. A Jaime le interesaba mucho lo que se ha llamado “literatura del yo”, aunque pensaba que en España no florecía adecuadamente. La publicación de un anticipo de ese diario en 1974 (sin nada de contenido sexual) “Diario del artista seriamente enfermo”, indica que el libro viene de lejos. Aunque probablemente lo trabajara varias veces, a mí me contó en alguna ocasión   -primeros años 80- que el libro estaba concluido, pero que no lo publicaría, creo recordar el término que utilizó, por demasiado “osado”. Por lo demás siempre me quedó claro -según apuntó- el modo en que trabajaba sus diarios, que me parece muy lógico, y que no hurta la necesaria sensación de presente.  Apuntes hechos en el día a día -más o menos- del tiempo en cuestión, debían ser luego reelaborados como lo  que debían llegar a ser, cabal literatura autobiográfica, pero diarios, que no es lo mismo que memorias.  El mucho más póstumo “Diario de 1978”, resulta comparativamente una pieza menor.  Hay otros diarios o apuntes diarísticos que dejó a su agente literaria, Carmen Balcells, que si no exentos de interés -desde luego- dejan ver de nuevo esa falta de acabamiento, que no sabemos si  venía de esa tan pregonada “pereza” de Jaime…

Por lo demás ya he dicho que Jaime tardó en encontrar su “voz” lírica aunque publicara poemas y “plaquettes” desde temprano. Es el Jaime tentado por la política antifranquista y por el PCE, al que no sería admitido por “homosexual”. Con todo, a partir de 1957, aproximadamente, Jaime asume su desencanto político y aunque se mantenga en una izquierda burguesa (no dejó de tenerse por un “señorito”, con su margen correspondiente de culpa, pero sin abandonos) fue quedando lejos de aquel Partido Comunista de su juventud, del que sólo habría sido un buen “compañero de viaje”. En Jaime -creo- pervivió siempre ese fondo, pero no su práctica. Su podríamos decir, “prehistoria” poética está compuesta por  “Versos a Carlos Barral”, una “plaquette” de 1952 . En 1953 aparece “Según sentencia del tiempo”, otro cuadernito que algunos años el autor consideró su primer libro, pero que concluyó dejando de lado. De forma que el verdadero primer libro de poemas de Gil de Biedma (con restos de su poesía primera, de ese estilo, singularmente en la primera parte) es “Compañeros de viaje” de 1959. Si se cuenta, por supuesto, con algún buen poema de este libro como “Noches del mes de junio”, “Por lo visto” o “Canción para ese día” -no son por supuesto los únicos- el gran Gil de Biedma, el inolvidable, el de pujante y matizada personalidad expresiva, el inconfundible, está plenamente en sus dos libros finales, el más grande “Moralidades” de 1966 y el ya citado, final y breve, “Poemas póstumos” de 1968.  Una obra lírica excelente y breve, llena de complejidades casi invisibles para el lector no apercibido, como es la clara sextina de “Apología y petición”, con poemas tan espléndidos como “París, postal del cielo”, “Elegía y recuerdo de la canción francesa”, “Pandémica y celeste” o tantos otros -por no alargarme- como “Nostalgie de la boue”, “No volveré a ser joven” o “Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma”. Estamos ante un poeta de primera. Parte de su singularidad radica en la calidad técnica revestida de sencillez, en un claro intelectualismo y en un “tono” o “voz” que alguien definió como un soliloquio, en la noche, tranquilo, junto a la lámpara y a un vaso de whisky. Un tono de confesión íntima, impúdica y pudorosa, que es voz coloquial y, al tiempo, un muy refinado decir. Soliloquio que podría ser asimismo, un coloquio o diálogo de muy cerca…Si uno de los grandes logros de toda poesía o arte es tener “voz” (algo que singulariza y vuelve inconfundible al creador) Jaime, plenamente lo tuvo. Plenamente.

A medida que se hacía mayor -siendo aún joven- y que iba teniendo cargos de mayor responsabilidad en la Compañía de Tabacos de Filipinas, Jaime iba escribiendo menos, mucho menos… Como adelanté, ello le volvía, a la par más famoso, pero con la pertinaz pregunta del por qué de su silencio. Entre las muchas respuestas posibles, algunas no se han dicho o han pasado con excesiva discreción. Gil de Biedma en su mejor momento de realismo meditativo (lo que, para sí mismo, denominó “poesía de la experiencia”, tomándolo del título -de muy otro tema de lo que parece- del inglés Robert Langbaum, que dijo haber leído en 1957) la poesía de Jaime Gil era tan intensa y buena como limitada en mundo y en registros, digamos que se movía en una circunferencia muy ardiente, pero de radio no muy largo. En alguien que era muy crítico con todo y también consigo mismo, no debe de extrañar -como un elemento más- el temor a escribir poemas muy cercanos a lo ya publicado y sancionado. Después de 1968 escribió varios buenos poemas (“De senectute” entre ellos, creo que un día me dijo que el último válido que había escrito entre sus 50 o 51 años) pero ninguno de esos buenos poemas posteriores es mejor a lo que había escrito antes. El temor, pues, a “repetirse” o a “no mejorar claramente”, bien puede ser una de las claves de su silencio. La otra es menos literaria pero más elementalmente obvia: Gil de Biedma trabajaba mucho en su papel, relativamente estelar, de alto ejecutivo de empresa. Podía llegar a casa tarde en la tarde, y es bien sabido que le gustaba cenar fuera y salir de noche. Es escena que él me sugirió algunas veces, en nuestras charlas nocturnas: volvía a su casa muy cansado después de una jornada laboral árida (aunque supongo que algo le llegaron a interesar los tabacos de Filipinas) y entonces se tumbaba en un sofá a oír música o leía un rato, luego se duchaba y -muchas veces- se preparaba para los ritos de la noche, que si no siempre, a menudo podía ser larga… Después de esa  prolongada jornada de trabajo, con reuniones o comidas empresariales, ¿podía tener ánimo -acaso ganas sí- de ponerse a traducir a Lord Byron, sabiendo además lo minucioso y lento que era Jaime en sus cosas? Miedo a la reiteración (aunque sólo fuese relativa), casi diario cansancio laboral, afán nocturno y sexual, que guió y urgió la mayor parte de la vida de Gil de Biedma, todo ello pudo llevarle a ir dejando, más cada vez, junto                 -finalmente-  a un desánimo o desengaño generales. De la política, de la posibilidad de un mundo mejor, y sobre todo de la pérdida de la juventud, que Jaime consideró mucho -aunque apenas se le notara en lo cotidiano más lúdico- desde muy temprano. Madurez, en sentido vital, era para él vejez ya o casi. E hizo verdad lo que sus poemas dicen: después de la juventud (digamos después de los 40 años) uno no vive ya, sino que se sobrevive, porque las ilusiones han pasado. Era radical Jaime en ese tema, no hay duda alguna, pero también enormemente coherente consigo mismo. Ya recordé que su poema “De senectute” (Sobre la vejez) fue escrito al filo o poco más de sus 50 años. Este desengaño de una vida que siempre traiciona y descumple, le dejó a Jaime Gil -ya hacia el final de lo que sería su vida- una abrumadora ansia de sexo, sólo sexo. Algo que para él nunca careció de importancia. Por eso desde finales de los 70 viajó muy a menudo a Nueva York -no siempre por motivos estrictamente laborales, lo acompañaron allá a menudo José Olivio Jiménez y Dionisio Cañas-  simplemente para gozar de la clara orgía sexual y homoerótica que fue la ciudad en aquellos años, abolidos ya. Evidentemente de allá se trajo Gil de Biedma el sida que lo mataría -pese a sus muchos cuidados-  y que se le manifestó, principio del fin, en el verano de 1985.

El intelectual, el poeta, el nocherniego contumaz -que tanto conocí- son evidentes. Pero Gil de Biedma, nuestro Jaime ya, estaba llegando a un punto más lejos, un punto que parte del corazón mismo de la literatura       -de la poesía- y que casi se sale de ellas. Algo deja atisbar (no poco) en una de sus respuestas, muy oficial pues figura al inicio de la edición definitiva de “Las personas del verbo” (1982), cuando quiere o parece que quiere responder a ese: ¿Y usted por qué ya no escribe?. “Quizá hubiera que decir algo más sobre eso, sobre el no escribir. Mucha gente me lo pregunta, yo me lo pregunto. Y preguntarme por qué no escribo inevitablemente desemboca en otra inquisición mucho más azorante: ¿por qué escribí? Al fin y al cabo, lo normal es leer.” A Borges le gustaba también (por modo otro) esa importancia del lector sobre el escribidor. Si seguimos leyendo, hasta el fin la “Nota autobiográfica” que acabo de mencionar, vemos las dos soluciones que da -en realidad complementarias- a su no escribir: quería forjarse un personaje que ya forjó, escribir poemas ahora, así, no puede emocionarle ya como antes. Y otra, que se equivocó (no era verdad): “yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema”. Esa es la certeza final, unida al desengaño aludido que cierra esas líneas: “Qué hace un muchacho de 1950 como tú en un año indiferente como este?”.  Es el mismo final de “De senectute”: “De la vida me acuerdo, pero dónde está.”

Es inevitable decirlo, por su fuerte apego al vitalismo juvenil, Jaime terminó antes de tiempo, pero había terminado. O él así lo sentía. Y sabía que el poema y la vida hacen mito al poeta, y ese sea -acaso- el final más codiciable. Triunfó Jaime Gil de Biedma, con una poesía abrumadoramente culta, coloquial, de suave retórica perfecta, invasiva. Y ha resultado -es obvio ya- el mito que quería. Jaime es poeta y poema, a la vez misma. Muy pocos consiguen eso. Muy pocos.

 

 

 

 

 

 

 


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