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NOVIOS O AMORES DE FEDERICO GARCÍA LORCA

La breve y bonita edición de  «Sonetos del amor oscuro» que publica la minoritaria editorial Amistades Particulares de Madrid, da pie (por su prólogo) a volver a repasar la no feliz pero abundante vida amorosa de Lorca. Tuve la suerte de tener mucha y buena amistad con dos personas que fueron amigos íntimos de García Lorca: Vicente Aleixandre y Rafael Martínez Nadal. Salvo altos especialistas, es harto difícil hoy sobrepasar el testimonio de esas dos personas, desaparecidas ya. Puedo decir que tanto yo como otros muy contados amigos, sabemos hasta intimidades de la sexualidad lorquiana, de la sexualidad gay de Federico, porque ellos nunca le llamaron de otro modo. Ambos (que no se llevaban bien entre sí) coincidían en esto: el gran amor imposible de Federico fue Emilio Aladrén. Un chico guapo, de vagos rasgos orientales, que fue escultor de alguna notoriedad antes de morir en el año 44. Aladrén era bisexual y tuvo relaciones físicas con Federico, pero el “amor” (ese amor que a Lorca se le resistió tanto) no llegó o no llegaba, y Aladrén lo dejó por una mujer representante de la casa de cosméticos Elizabeth Arden. Para huir de ese duro desamor, Lorca se fue a Nueva York –lo de aprender inglés era secundario, se lo aconsejaron algunos amigos al padre de Lorca, que le llamaba «Federiquito»- y allí tuvo muchos amoríos, con negros entre otros. Aleixandre desaprobaba amistosamente esa veta de Federico, pero la hubo: los amores venales, no escasos. El “amor de los marineros” en La Habana o en Buenos Aires (una vez lo acompañó al puerto Manuel Mujica Láinez) o con maletillas y similares en España, que no fueron pocos.  Federico fue más bien promiscuo en esa venalidad, pero él –siempre con temor a la familia- buscaba otra cosa…El correspondido amor entre similares, que no llegó.

El gran escritor gallego Eduardo Blanco-Amor me contó que hubo un muchacho gallego en La Barraca, para el que Federico (ayudado por Blanco-Amor) escribió los curiosos “Seis poemas galegos”. Parece que también hubo allí mucha pasión y una idea de futuro que se truncó. Según Martínez Nadal el drama básico de Federico en lo amoroso, es que le gustaban chicos bisexuales-varoniles-  que accedían a la cama (ocasionalmente, a veces) pero no iban más lejos. De ahí el drama erótico que se percibe en tantas obras de Lorca, empezando por la “Oda a Walt Whitman”, que se publicó en una plaquette en 1935, antes que el libro al que pertenecía.  Rafael Rodríguez Rapún (“las tres Erres”), otro chico de aire muy masculino vinculado a La Barraca, fue según todos el último amor de Federico y para quien empezó a escribir      –según Aleixandre era una obra sin terminar- los “Sonetos del amor oscuro”.  Oscuro no por homosexual, sino por doliente, por difícil. Pues según todos Federico lo pasó mal a menudo con Rodríguez Rapún que decía un sí y tres noes… A Aleixandre le leyó esos sonetos y Vicente no echó de menos ninguno, cuando al fin salieron. Pero es que  tampoco en esta relación (que rompió la guerra, y Rapún murió en 1937) dejó de haber problemas. “La  piedra oscura” –aparte de la obra de Conejero- es un drama que Federico pensó escribir para su amigo. Según Aleixandre de nuevo, era costumbre de Federico hablar como de conclusos de libros que estaba  apenas iniciando. Rasgo de optimismo. Puede haberse perdido o pudo   –más fácil- no haber llegado a existir nunca. Hubo mucho silencio sobre la privacidad de Lorca. Lo fomentaron sus hermanos primero (opuestos esencialmente, su hermana pequeña Isabel, sobre todo, a cualquier decir gay) y luego esos amigos íntimos que hablaron en intimidad pero jamás en público. El gran drama de Ian Gibson es que Martínez Nadal no quiso citarse con él nunca. Yo he tenido en la mano una carta de Federico a Martínez Nadal, desde Nueva York, donde hablaba de una orgía con negros, la noche antes. Al final decía: “Cuando la leas, rómpela”. Pero –en 1982- Rafael no la había roto. ¿Y ahora, ya muerto él? Su mujer Jacinta Castillejos y sus hijos, ¿qué habrán hecho? Lo ignoro. Queda mucho por hacer fuera de la ficción, bienvenida cuando no falsea lo esencial. Federico (coincidían sus amigos) no tuvo problemas con su propia homosexualidad, muy vivida, sino con el amor único, el verdadero amor, diríamos, que se resistía entre cordiales amigos bisexuales. Eso es lo que me contaron (con muchos detalles) y yo lo repito. Porque no hay de qué ocultarse. Hay otros nombres en la biografía homoerótica de Lorca.  Uno Eduardo Rodríguez Valdivielso, granadino de 18 años, a quien todos tienen por un amor bonito y fugaz. Y otro, el albaceteño Juan Ramírez de Lucas, que guardó silencio casi toda su vida y que murió en 2010. Esa historia la defiende muy bien el amigo Manuel Francisco Reina, entre otras partes en su novela «Los amores oscuros» (2012). Vale mucho la labor de Reina, pero los lorquistas ( yo no soy uno de ellos) siguen hablando de otro amor tan real como efímero. Además Ramírez de Lucas habló con Anson en los años 80 y entonces le dijo que su relación con Federico había sido muy dulce, y que el drama y el desgarro de los sonetos  («si soy el perro de tu señorío») se referían a la tormentosa relación con Rapún. Pese a ese duro final, todos seguían viendo en Aladrén, al gran amor perdido, con un poema dedicado en «Romancero gitano». Además está el Phillip Cummings de Nueva York, que descubrió el poeta Dionisio Cañas, cuando aún vivía allá- ¿Habría más?  ¿Es tarde ya para saberlo? Se habrá perdido mucho, pero conviene comentarlo, pese a pudores de tantos y tan varios, entre otros de Martínez Nadal consigo mismo. Quede el recuerdo de quien, alto poeta, vivió plenamente su condición homosexual, aunque nunca fuese feliz del todo: Federico García Lorca.

 


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