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NINO (Un poema inédito)

El esteta asciende la Belleza al último, al más sublime peldaño.

El esteta espera lograr (y se sacrifica, a veces) que su vida sea arte

y busca que los demás –los seres que cree amar- sean igual obras de arte…

El esteta les rinde una pleitesía feliz que lucha contra el tiempo.

Nino (Antonio) Cesarini debió pensarlo más de una vez,

en la vida absurda y perdida de Roma, adicto a algunas drogas y

-como su padre antaño- vendedor de periódicos. La vida ya no era nada

pero  lo había sido todo, cuando el loco y sublime barón Fersen

(poeta y esteta y multimillonario) hizo de él la carne hermosa de un sueño.

Como no queda nada, sino el recuerdo de la belleza, que mezcla bellos

de diferentes ríos, dicen que quién fuiste, Nino, más allá de las obvias

pocas fotos del barón Plüschow, del bello retrato de Höcker o de la

estatua perdida (pero fotografiada) de Francesco Jerace que

coronaba el sueño quimérico de la demencial Villa Lysis,

donde el oriente helenístico exacto se mezclaba con la China

del opio y la colección de pipas de jade de los emperadores…

Fersen deseó morir en la Belleza y en ella falleció: sobredosis

de coca, opio en cantidades; Nino con celos extraños del joven

Corrado. Te dieron menos dinero, Nino, de lo que el barón te dejó

pero acaso tampoco importaba si supiste que sin remedio pasarías

de un Helicón de absenta a las calles que ya regía el fascismo…

Tú serías de acero, pero habías sido perfume, mármoles, pebeteros.

¿No lo sabías? Si al inicio no –tan joven- lo aprenderías pronto:

El final sólo podía ser cualquier vulgarizada manera del desastre.

Pero, ¿obliga ello a decir que no? ¿A renegar el esplendor de Adonis

que te adornaba? ¿O se olvidan de que Adonis fue también un mártir?

Nino del que no queda nada, más que en la estela de Fersen, Nino caído

en mediocridad  y dramas de mercado negro… Nadie entendería Capri.

Tú supiste al fin la verdad del frontispicio, tú, los hermosos, los estetas,

los ángeles, los modelos, Apolo, Azrael, Luzbel, Adonis, todos los feraces

quimeristas del sinsentido estabais (estamos) condenados a esa

consagración al amor y al dolor; el amor se rompe con la belleza pero

el dolor va mordiendo y sangra, amigazo del tiempo. Nada puede detener

el deterioro ni el daño: “Amori et dolori sacrum”. Nino, el buen Antonio…

(De Nicea, con velas de seda, salían galeras con chicos y perfumes caros.)

 

 


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