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MODERNIDAD Y “MOVIDA”: TIERNO GALVÁN

(Escribí este artículo -se nota en alguna referencia a personas que ya murieron- en julio de 2006. El amigo Nicolás Ferrando, me ha pedido permiso para reproducirlo en un libro que ha coordinado y acaba de salir, “Tierno Galván. El mejor Alcalde de Madrid. Edición Homenaje” -Artelibro Editorial- que reúne artículos varios, fotos y algún bando del “viejo profesor”, considerado por muchos como un óptimo alcalde de Madrid, hombre intelectual y traductor de Wittgestein , que animó y alentó aquella, en general, feliz “Movida”. Yo en persona lo vi solo un día (un año antes de morir él) en la emblemática discoteca “El Sol”, donde vino a inaugurar algo. Charlamos un rato y en medio de todo aquello, clásico y sobriamente vestido, Tierno estuvo cordial e impecable. Suerte para el libro coordinado por Nico Ferrando, como lección de futuros alcaldes.)

Aunque no siempre haya significado exactamente lo mismo, el clásico “dictum” de Baudelaire (“Hay que ser absolutamente moderno”) no ha dejado aún de tener significado y motivo, y eso que se escribió alrededor de 1850. Por ello muchos, sin percatarse plenamente de la ligazón, no han dejado de ver en las modernidades sucesivas –desde el Simbolismo al rock’nd roll – algo romántico. Y el romanticismo (tan trasgresor en su médula) fue Byron y Larra y Edgar Allan Poe. Genios inteligentes y turbios, sin duda.

Lo que se ha terminado por llamar genéricamente “La Movida” de Madrid fueron, ante todo, unos años de plena modernidad, inicialmente con el viejo alcalde Tierno en cabeza. Nadie se pone de acuerdo cuántos fueron esos años (para los más puristas y oficialistas sólo uno o dos, probablemente los de su eclosión pública) pero en realidad una década, en términos redondos, que se puede ubicar –sin precisión milimétrica- entre 1980 y 1990. Años de modernidad lúdica, cosmopolita y muy libre, que hicieron contrastar fuertemente a Madrid con otros lugares de España (Barcelona es el referente inevitable) que la preponderancia nacionalista había encerrado o llevado hacia atrás por un localismo cada vez más rancio.“La Movida” nada tenía de nacionalismo –ni madrileño ni español- y así quienes participamos en ella, desde el punto que fuese, fuimos españoles sin problema ni banderín de enganche, algo (por lo que aún desdichadamente se ve) más que insólito en la a menudo triste historia de España. “La Movida” se quiso internacionalista aquí, y a mi eso me sigue pareciendo estupendo.

Yo he hablado  y recordado la movida (la mía y la de muchos) en mi novela “Madrid ha muerto” -1999- que tiene mucho de ficción verosímil, pero no menos de crónica directa. Por tanto –y para no volver a lo allí mejor narrado- quisiera recordar dos aspectos o realidades de la movida que sus representantes oficiales (Almodóvar o Alaska y sus respectivos círculos, fallecido ya Carlitos Berlanga que fue el padre de algunas de sus mejores letras) suelen pasar por alto. Dos aspectos concatenados que, en realidad, vienen a ser el mismo: La movida no sólo fueron ellos, aunque no hay duda de que representaron la punta del iceberg. La movida fue mucha gente hoy anónima o perdida que –en aquella década, más o menos- saturaba todos los locales o eventos “modernos”, como aquellos miles y miles que, en el antiguo Palacio de los Deportes, aclamaron al alcalde Tierno Galván, que acaso no sabía del todo lo que decía cuando animó a la peña “¡A colocarse y al loro!”. No hace mucho, repasando con Pablo Pérez Mínguez –uno de los fotógrafos claves de “la cosa”- su libro “Mi Movida”, veía (y recordaba en las fotos) a muchos chicos y chicas allí jóvenes, cuyo rostro me era entonces más que familiar, pero  de quienes no podía decir ni su nombre ni a qué se dedicaban. ¿Serían “las petardas” que le gustaba proclamar a Olvido Alaska?  Se lo pregunté a Pablo. Le pasaba lo mismo. Conocía a otros que yo no conocía (“a estos dos, tan monos, les llamábamos cuarto y mitad, por lo bajitos”) pero estaba seguro de lo mismo: Iban a todas partes, eran –si puede decirse así- la multitud moderna, y por ello salieron en las fotos, y más en las de Pablo que no sólo fotografiaba a estrellonas  (que también) sino a muchos y expresivos anónimos insignes. Inevitablemente nos dijimos: ¿Qué será de ellos? Apenas teníamos idea. Uno que iba para actor dibujaba en una casa de modas. De la mayoría nada de nada. Y enseguida, por realidad y propaganda, otra inevitable pregunta: ¿Habrán muerto? Las Kostus murieron y Eduardo Haro Ibars también y su hermano Eugenio, que empezó en la prehistoria de “Los Secretos”, creo…

Eduardo, como Mariano Antolín (el novelista) o como Adolfo Arrieta o Iván Zulueta –el nuevo cine, antes de Almodóvar- o Eusebio Poncela o la propia Marisa Paredes, todos ellos (y otros muchos) fueron los modernos del final del franquismo y de la Transición, de la mano de Tierno, los que llevaron la bandera del “sexo, droga y rock’nd roll” cuando era minoritaria y subterránea, o sea, genuina cultura “underground”. Los amantes de la “Velvet”, de “Roxy Music” o de Lou Reed, cuando sólo unos cuantos a los que se tenía por “frikis” o pirados sabíamos quiénes eran, como Warhol o Borroughs… Era la época en que se diferenciaba entre “progre” y “moderno”. Y los “modernos” creíamos –como decía Eduardito Haro- que los “progres” eran unas antiguas. El resto era facherío, y de eso (abominable) mejor ni se hablaba, porque algún “progre” contumaz podía llegar a “facha”. Habíamos tenido en exceso. Los “modernos” del tardofranquismo y de la Transición    (los mismos) resultan claramente, vistos desde hoy, los verdaderos padres de la movida, más serios y más duros, porque sabían contra quién se batían: contra la eterna paleoderecha española. Ni es verdadero ni justo, que estos “modernos” hayan sido preteridos. Reconocer cuánto aportaron a aquel Madrid “alegre y confiado”, nada ha de quitar a los bien sabidos y justos brillos de Alaska y los Pegamoides, Nacha Pop, Almodóvar y Fanny, Mecano y todos los demás, que son muchos. Existieron y fueron dichosos –entre otras cosas- porque no les faltaron raíces. Y contaron con el paraguas de Tierno, el alcalde hasta 1986.

Por lo demás es evidente (como el libro cromático de Pérez Mínguez) que cada cual, si pasó por allí, tendrá “su” movida, y será tan válida como cualquier otra, aunque sólo fuere por una razón sencilla: Donde hay libertad  hay pluralidad siempre. Y allí hubo libertad a raudales, bien y largamente ganada, y a lo mejor regular aunque quiméricamente vivida. ¿Alguna vez la libertad no ha sido arriesgada?

La Movida –tal como fue- no volverá nunca, porque la Historia se copia pero no se repite.  Aunque acaso esté llegando la hora (ojalá) en que Madrid vuelva a ser otra ciudad divertida. Londres y París (por poner ejemplos cercanos) han repetido glamour más de una vez en sus ya largos días de vida. Quizás falte otro Tierno Galván asimismo.

 


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