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Decadencias

Miquel Bauçà: radicalidad extrema

Estos días, en el Palau Moja de Barcelona, se han celebrado actos casi multitudinarios en su memoria. Y el pasado 14  sus   restos        ( supongo que tras las pertinentes pesquisas judiciales) se incineraron en el tanatorio de Collserola. ¡Qué bien venden los muertos!, habría dicho el propio Miquel Bauçà, no sin ironía y sombra.

Es el caso que este poeta balear, nacido en Felanitx en 1940 y que hace años vivía en Barcelona, apartado de todo, huidor radical del mundo, incluida su propia familia, había sido hallado muerto en su pequeño piso del barrio de Corts el pasado tres de enero. Como no tenía teléfono ni ninguna suerte de dispositivo electrónico para dar con él, y la única forma de buscarlo era escribiendo a un apartado de correos, nadie se percató de la muerte de Bauçà -solitario absoluto- hasta que los vecinos del inmueble dieron la voz de alarma. Según la policía es muy posible  que Miquel Bauçà llevara muerto desde mediados de diciembre de 2004. No había signos de violencia, pero no se han dado a conocer las causas del deceso. Su primer libro, «Cants jubilosos» se publicó en 1959. Coqueteó con el realismo comprometido pero nunca obvio (al modo de Pavese) y fue evolucionando después hacia poéticas más hermetistas, vinculadas con su propia opción vital – tomada hacia 1990- de no querer saber nada del mundo contemporáneo cuya deshumanización y fracaso le producían asco. «El crepuscle encén estels» (1992) marca ese punto hermético, que vuelve luego a la comunicación más directa y dura con «Els somnis» – Los sueños – por ejemplo, de 2003, el último libro que publicara en vida.

A medida que su propuesta vital y su rechazo al mundo ( y quizá a la vida) se volvió más radical aumentó el número de lectores de Bauçà, que poco amigo de traducciones, nunca sobrepasó el ámbito del catalán. N o hay duda de  que  la  coherencia  humana del individuo ( aunque en teoría nada tenga que ver con el arte en sí) llama al lector, porque en toda letra cuenta, por íntima transmisión, el pálpito humano. Miguel Bauçà ( entre su admiradores más notorios el pintor Miquel Barceló) ha dejado un libro inédito, «Certituds inmediates», que se editará al final de este año. ¿Cuáles serían esas inmediatas certezas o certidumbres?. No parece difícil adivinarlo por los poemas – muy pocos – que han trascendido, directos como un puño contundente: El mundo está mal y los hombres estamos peor. La soledad no es, probablemente, ninguna solución, pero es como menos daño se causa. Según algunos, Bauçá vivía como un bohemio sintecho, según otros más cercano a una crápula desesperada y  benigna. ¡Qué más da!. Pensó – como Hobbes – que el hombre es un lobo para el hombre, y que lo mejor es que no haya lugar a la segura dentellada. En su último poema publicado – tras su muerte – se dice que él esperó, como todos, pero que ya se ha cansado de esperar, que eso son «futesas cojoneras». Y agrega que sólo espera ya la muerte, que es más sabia, más alegre y más inteligente y llena de paz el ánima. Alguien replica: «Pero hombre, tienes que luchar» (como quien dice sobreponte, tira hacia arriba) pero Bauçá contesta,  y es el fin del final: «Es que no em dóna la gana». No me da la gana. ¿Qué agregar?. En la antología «Veinte poetas de las Baleares» ( Calambur, 2002 ) el lector podrá leer algo de este autor tan ¿me atreveré a decirlo? ejemplar.


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