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Decadencias

Miguel Hernández, centenario.

Parece que lo hemos querido adelantar ( y no poco) como en merecida ansia de homenaje, pero lo cierto es que el centenario del nacimiento de Miguel Hernández -que moríría con 31 años, en la cárcel y tísico- se cumple exactamente este sábado día 30. Miguel Hernández llegó a Madrid desde su natal Orihuela diciendo que fue pastor y con el corazón henchido en turbamulta de versos ardientes y pasiones políticas y «cubierta de montes la memoria». Aquí se encontró con la Generación del 27 en todo su cenital esplendor y esa generación que no era la suya, lo acogió casi entera como a un hermano menor y apasionado. Sus grandes amigos y mentores fueron Pablo Neruda y Vicente Aleixandre, ambos poetas entonces de caudalosos fuegos surreales. A ambos dedicó Miguel sendas odas potentes y a Vicente, además, el mítico «Viento del pueblo» . Sabemos que Lorca no quiso a Hernández y no sabemos bien por qué. Aleixandre, amigo de ambos, me dijo que nada concreto pasó, pero que no conectaban, por utilizar términos hodiernos, que no hubo química entre ellos. O al menos que Federico sólo sintió antipatía por Miguel, sin más, y no al revés.

Si «Perito en lunas», el primer libro de Hernández, no deja de ser un primoroso homenaje a todos aquellos amigos mayores, a partir de «El silbo vulnerado» y de «El rayo que no cesa», Miguel pasa a ser, con veinticinco o veintiseis años, un poeta hecho y pleno, habitado  además por una rica pasión clasicista. Sonetos tan rotundos (Hernández fue un magnífico sonetista) como «Umbrío por la pena, casi bruno,/ porque la pena tizna cuando estalla…» o la «Elegía» dedicada a la muerte de su amigo Ramón Sijé, y que es en su goleta de tercetos encadenados, uno de los grandes plantos de la lírica española, rica en ellos, sólo eso (tanto y tan poco) haría ya de Miguel Hernández un clásico de nuestra lengua. Pero hay más: canciones de amor y pena y esa ráfaga incendiaria de la poesía comprometida o mejor dicho, poesía de guerra («Vientos del pueblo me llevan,/ vientos del pueblo me arrastran…) con «El niño yuntero», «Aceituneros» o «Rosario, dinamitera», poema que todavía escandaliza a algunos que no recuerdan la horrible y triste tragedia que ocurría alrededor, todo ello lleva a Miguel a un cenit de altísima poesía, cuyo apetito de contemporaneidad y modernidad (que los tuvo) no empañó ni obstaculizó su caudal de lengua y ritmo casi auriseculares. Sí, la pregunta es tópica y no tiene respuesta, pero es casi imposible no pensar hasta qué cimas o techos no hubiera escalado el feroz ansia poética de Miguel Hernández, si la tuberculosis, una lóbrega prisión y la guerra fratricida, no hubieran arrasado con él dejándolo destruido y enteco, muy diferente al retrato de bello y fuerte héroe mitológico que le trazara  Buero Vallejo.

«Lluviosos ojos que lluviosamente/ me hacéis penar: lluviosas soledades…» Hernández llevaba en la sangre los ritmos y la sabiduría de la mejor poesía clásica española, a la que sin duda pertenece. Para calibrar su éxito y su fuerza, basta decir que dos antagónicos novelistas posteriores titularon libros suyos con versos hernandianos: «Herrumbrosas lanzas» (Juan Benet). «Un carnívoro cuchillo» (Francisco Umbral). Hemos tenido ganas lógicas y anticipadas de cantar y celebrar a Hernández merecidamente. Pero ahora es el minuto exacto.


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