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MIGUEL DELIBES EN SU GLORIA

(De haber vivido, hoy 17 de octubre, Miguel Delibes, hubiese cumplido cien años).

Creo que nunca vi a Miguel Delibes (1920-2010) o sólo una vez en su Valladolid. Pero siempre fue para mí -aunque mi generación no era en general devota del maestro- un escritor, un novelista familiar. Durante mis años universitarios hube de leer y escribir sobre “Cinco horas con Mario”, que era lectura obligatoria. Y uno de aquellos veranos leí “Viejas historias de Castilla la vieja”, casi en honor de mi abuelo materno, que fue castellano viejo y después “Parábola del náufrago” porque era la novela      -se comentó bastante- en que el supuestamente tradicional Delibes (con sabiduría) rendía su tributo a una narrativa nueva, algo experimental, muy buscada hacia 1970.

He dicho estos títulos (aunque fui leyendo más) porque fueron los primeros y me gustaron. Llegué a Delibes por sana obligación y le fui cogiendo el gusto a aquel narrador vallisoletano, que era también periodista. Me gustó “Mi idolatrado hijo Sisi”. Un día, sin embargo, y mucho después, recibí una de sus últimas y mejores novelas, “El hereje”(1998) dedicada. Se lo agradecí en una cartita y aún me llegó con su dedicatoria otro que debió ser su último libro. Me sorprendió gratamente el que Delibes me conociera, sin conocernos. Algún otro libro suyo lo leí por el cine, hablo de “Los santos inocentes” (1981) y otros por el lado biográfico que suponía, “Señora de rojo sobre fondo gris” (1991). Nunca tuve entusiasmo por Delibes, pero percibo que nunca dejé de leerlo. Su solidez, su bienhechura, su castellanismo amplio y abierto, todo me gustó en aquella prosa sencilla y alambicada, al tiempo. Delibes fue siempre literatura viva, y esa -con calidad- es siempre la literatura que importa. En su gloria, de sobra merecida.

 


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