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MICHELE BAUTISTA DE CARAVAGGIO

Usted sabe, seguro lo sabe, que no es fácil, que a menudo no es fácil

eso que se dice “buscarse la vida”, ni tampoco si eres joven y en una

ciudad llena de barros y oro, como sigue siendo Roma… Me llamo Michele

da lo mismo. Yo conocía a Lena, que era una furcia muy hermosa y que

había tenido un niño, no sabía de quién. Estábamos buscando, riendo,

aprovechando, aullando, qué sé yo, según hasta donde se estirase el día,

si luego había o no vino, algún gran caballero con copas de cristal

veneciano, algún gentilhombre español altanero y que disimulaba sus

gustos, estábamos esperando esas cosas, o cargar con unos bultos

(los chicos) o poner unos ladrillos en una pared derruida, eso era la vida.

Fue ella la que trajo al pintor, aunque sé que ya lo había visto. Me dijo,

Michele, claro. Y me revolvió el pelo. Con el manto rojo, serás perfecto.

Eres perfecto. Ven, vamos a aquella casa, dentro debes desnudarte, no, no

es eso ahora, no aunque lo desearía. Debo verte las piernas, mirarte bien

las piernas. El gran tesoro de los jóvenes, que ellos no conocen…

Y entramos y me desnudé. Me excusé por la ropa sucia. Me acarició las

piernas –agachado- y me besó los pies. Luego, mirándome a los ojos,

con las manos en mi pecho y mi pelo, como el que va a beber de una

fuente, susurró: Eres un perfecto Bautista. Anuncias y eres anunciado,

clamas por él, y eres tú el hallazgo. Hermoso cabronazo, y me echó mano

al sexo y me besó en la boca. A pesar de la saliva, pantanosa, supe que era

de los míos, gente perdida, aunque Lena sabía que paseaba palacios

con los putillos que le acompañaban a menudo… Ella me dijo: Cuentan

que es un genio. ¿Lo crees, tú? No lo pensé. Sí (respondí) creo que sí,

besa como besan los delincuentes y los príncipes. Y luego posé para

ese San Juan Bautista, a mis veinte años, con las piernas ardiendo en

la luz y un manto rojo caído y el pelo revuelto. Me pagó con una cadena

de oro. Me la dio un cardenal (contó) pero yo no quiero estas mierdas,

ché, véndela Michele y no dejes que te timen, es oro puro. Y luego

me tiró sobre una cama vieja, sin el manto, medio manchados de óleos,

pero no quiero, no puedo decir lo que me susurró aquel gran hijo de puta,

soberbio y maravilloso como un banquero y una daifa de lujo, generoso

y bastardo, malhablado, soez, amenazador, rufián, muy fácilmente fuera

de sí mismo, broncas y golpes anhelados, suavidad, caricias…Siendo tal,

¿cómo iba a extrañarme saber que lo perseguían y lo querían matar y que

al fin lo hicieron aquellos sicarios de Malta, fuera o no con fiebres bajo un

sol león en plena playa, o en Nápoles (el virrey no quería saber) cubierto

de sangre, brutalmente desfigurado, y aún con aquellos dedos tan largos,

tan sutiles… Nada me podía extrañar. Murió como un verraco y lo era

pero asimismo era un príncipe, un desesperado, un águila que huye de

la vida. ¡Puta vida! ¿Qué coño voy a hacer contigo, carajo, como yo digo

ahora? ¿Me entendés? Buscarse la vida… A mi edad la vida te encuentra a

ti, al revés, como se topó con el pintor de las sombras y las alas de

golondrina. Lo llamaban así, las chicas aquellas y sus amigos, que le

querían. ¿Bestial? No lo sé. Era rudo, hirsuto, amaba la lucha que a veces

es un sucedáneo del amor, los puñales filosos… Pero, créame, señor,

créame: Nunca he visto a nadie quedarse mirando quince, veinte minutos

unas piernas o un perfil hermosos, quieto, sin moverse, devorando la

belleza como con sed –inhumana sed- hasta que las lágrimas le colmaban

los ojos. La Belleza es verdad y mata, Michele. La belleza que se va

y muda y ríe de nosotros y de vosotros, la Belleza inmensa, la Belleza

agotadora, exhaustiva, la que no deja de pedir hasta verte hecho lodo…

¿Comprende? No es fácil. Lo quise. De vivir ahora, lloraríamos juntos.

 

(De “Imágenes en fuga de esplendor y tristeza”)

 

 

 

 


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