Imagen de artículos de LAdeV

Ver todos los artículos


Decadencias

Martín Gaite, diez años después

A punto de cumplirse diez años del fallecimiento de Carmen Martín Gaite (1925-2000) que murió aquel 22 de julio en Madrid con 74 años, es grato recordar a Carmiña o Calila (como la llamaban muchos de sus amigos) en los últimos tiempos, a menudo acompañada por Paco Nieva, siempre con gorritos, boinas, medias y echarpes peculiares, que le daban un aire entre bohemio, estrafalario y tronadamente encantador, con su canosa melena. Un día pasaba yo con ella junto al viaducto (veníamos de un homenaje a Rosa Chacel), antes de las oprobiosas y feas mamparas, y Carmen me dijo de repente: “¿Qué, nos tiramos?” . Miramos desde uno de los balconcillos y decidimos: Por supuesto, pero otro día. Y nos reímos mucho y nos fuimos a beber a “Chicote”. Carmen parecía a veces seria y hasta con un punto duro, pero tratada de cerca tenía mucho encanto. Era una gran narradora (que prefería las novelas con argumento a medias, las que quedan abiertas, sin resolver), una poeta casi en secreto, con mucho gusto por la poesía, y una erudita que conocía bien los meandros de la buena investigación, como mostró en su excelente libro “El proceso de Macanaz. Historia de un empapelamiento.”(1969) corregido treinta años después. Otra vez le dije a Carmen –aún sabiendo lo delicado del asunto- que un lector joven de los primeros 70, prefería con mucho “La ciudad y los perros” de Vargas Llosa a su “Entre visillos”, por más que fuera una novela muy bien escrita. Encajó el golpe y recuerdo que contestó: “La llegada de los autores del boom bloqueó años a muchos novelistas españoles.” Era normal, vieron en su propia lengua cosas mucho más atrevidas y novedosas. Pero gracias a ese “parón”, Carmen pudo investigar el siglo XVIII, y luego hacer otras novelas excelentes y muy suyas, pero con aire más abierto, como “Lo raro es vivir” o “Nubosidad variable” entre otras, que se abrieron quizá con “El cuarto de atrás”. De alguna manera, Carmiña (sus vinculaciones gallegas no eran familiares, como algunos creen, sino que venían de sus veraneos juveniles en un pueblo de la montaña cercana a Orense) fue la narradora de lo maravilloso cotidiano, del existencialismo vital tomado como perplejidad y no como tragedia, aunque bien conocía ella los golpes y sinsabores del vivir –perdió a sus dos hijos, Marta ya mayor- aunque también ese extraño y raro milagro de seguir a flote a pesar de las tormentas y de los remolinos o vórtices que a todos nos arrastran y atierran más de un día… La Martín Gaite novelista no necesita defensa, está muy viva, como Anagrama entendió muy bien. Pero la poeta (Plaza- Janés antologó sus “Poemas” en una cuidada edición póstuma) sorprenderán a más de uno, aunque fueran de musa ocasional: “Tienes frío, estás solo, y hay que esconder el miedo./ Echa hilo a la cometa de la noche, que aún queda algo de viento.” Pero no merece menor atención la veta ensayística de Carmen que jamás la abandonó y que fue, claramente, su vocación estudiantil. Ya he mencionado el gran trabajo sobre Macanaz y no será malo recordar ese libro amenísimo y cierto que es “Los usos amorosos del siglo XVIII en España”, que a la postre fue también su tardía tesis doctoral. En Carmen ( y en su literatura) uno conoce de primera y docta mano el salobre sabor de la vida y se alegra de estar aquí, pese a tanta suciedad, aunque no deje de preguntarse como Lemaza Lima: “¿Para qué habré venido?”.


¿Te gustó el artículo?

¿Te gusta la página?