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Decadencias

MARK STRAND, ENSAYAR POESÍA

Pongamos que existen poetas “mayores” y “menores”. Por supuesto que no hablo de edad (sería obvio) ni tampoco de calidad. Poetas “mayores” y “menores” tendría que ver con la pegada del poeta, con su magia interna, con su cualidad comunicativa o sugeridora. Sin duda Borges, Cernuda o Wallace Stevens –poeta muy citado por Strand- son poetas “mayores” como Cavafis. Eliot se autocalificó de “poeta menor”, sin duda en un gesto de modestia. Pero Altolaguirre, Valery Larbaud o Mark Strand (por citar líneas y socialoptimized_strandpodcast_v2estilos distintos) sí son poetas “menores”, insisto, en el sentido mejor de la palabra. Como Góngora o Quevedo son poetas mayores y Bocángel, verbigracia, no.

Mark Strand (1934-2014), norteamericano nacido en Canadá, hasta poco antes de su Kavafis2muerte, acaecida hace algo más de un año, vivió bastante tiempo en Madrid y era conocedor notable de la poesía en lengua española. Tradujo al inglés algunos libros de Alberti. En la primera década de este siglo empezó a ser muy traducido en España (“Hombre y camello”, “Tormenta de uno”, “Casi invisible”)  y era tenido en consideración por los nuevos poetas españoles en su, a veces, un tanto desesperada búsqueda de caminos.  Para mí que lo he leído con gusto, Strand es un caso típico de poeta “menor”. Poemas bien construidos formal y poéticamente, buscan que el lector aprecie matices y vetas, sobre todo. No te va a raptar con el vigor de un águila, te va a ir lentamente seduciendo con trazos de pincel sutiles. Su obra no es óleo, quote-the-future-is-always-beginning-now-mark-strand-59-2-0244habitualmente, sino acuarela.  Ello se me ha hecho aún más evidente al leer el delgado tomo de ensayos sobre poesía, “Sobre nada y otros escritos” (Turner Noema) que se acaba de publicar. Ensayos que cubren un espacio de más de veinte años, pero que siempre matizan y pulen la lectura de la poesía y la entrada a su universo. Así el primer texto “Abecedario de un poeta” nos da en palabras colocadas alfabéticamente el mundo del autor, su sed de matices, de sonidos tenues que el acechador alerta debe captar.  Todo el libro es “la vida  secreta de la sobre_nadapoesía” y sin duda es bueno y está lleno de observaciones pertinentes, pero uno no lo ve nunca como  gran torrente caudal sino como el fino regato que brota de un manantial límpido aunque pequeño. Si se acepta la frase en lo que tiene de bueno y tristemente minoritario, es un libro para poetas o para lectores muy avezados al poema. Por eso prefiero los momentos más arriesgados de ensayismo de Strand como “Visiones del monte misterioso: la aparición del Parnaso en la poesía estadounidense”. Ahí analiza con sagacidad poemas de Arlington Robinson, Emily Dickinson y Wallace Stevens  (de este el titulado “La señora de Alfred Uruguay”)  para señalar como el monte innominado que en los tres aparece es de modo distinto el tumblr_l7egsxoAar1qbry5fParnaso, hogar mitológico de Apolo y las musas y por tanto lugar por excelencia del humus poético. “La elegancia definitiva: la tierra imaginada”, termina Stevens. Y nosotros acabamos el libro gustosos del ejercicio de ideación poética, llenos de hallazgos, pero todo oído no como una sinfonía, sino como un caramillo entre la fronda.  La nada por veces se acerca al todo.Stevensuno-poetas-centrales-siglo-XX_CLAIMA20130413_0034_4


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