Decadencias
María Mercedes Carranza, lúcida y trágica
Cuando llegué a Bogotá en septiembre de 2003, el mundo literario colombiano estaba conmocionado. No hacía ni dos meses que se había suicidado la poeta María Mercedes Carranza (1945-2003) que fue la directora desde su fundación de la “Casa Silva”, la vieja mansión del gran poeta modernista José Asunción Silva (otro suicida) donde, además, yo iba a leer con Luis García Montero. Nunca conocí, pues, a María Mercedes (cuya breve e intensa “Poesía completa” acaba de editar en Madrid la Fundación BBVA con prólogo de Darío Jaramillo Agudelo) pero casi creí haberla conocido, porque tuvimos varios amigos cómunes, el principal Juan Luis Panero, que vivió años en Colombia, del que hay trazos biográficos en la poesía de María Mercedes, y quien siempre me aseguró que cuando nos conociéramos nos caeríamos muy bien.
Apasionada y desencantada de su país, severa con el mundo, idealista, fracasada en el amor y enamorada del amor, gran y culta lectora, la poesía de María Mercedes Carranza, coloquial y honda, fruto del mejor realismo meditativo, puede ser un gran descubrimiento para muchos lectores españoles, porque aquí apenas estaba editada. María Mercedes llevó con dignidad e independencia ser la hija de Eduardo Carranza (1913-1985) uno de los grandes poetas colombianos de la mitad del siglo XX, pero que junto a la calidad de su mejor poesía, fue también el prototipo del “poeta oficial”, con cargos diplomáticos -entre ellos en España-, modos y maneras muy lejanos a esa chica y luego mujer que creció más libre, mucho más independiente y que acaso en el mejor de sus libros, de 1982, ya dejó dicho desde el título, “Tengo miedo”. En ese libro y en el que le siguió, “Hola, soledad” (1987) María Mercedes Carranza dejó toda la fuerza y el temblor de una poesía desolada y armónica en su desesperada lucidez: “de una vida que se perdió/ porque no supo, no comprendió, no quiso.” En un poema espléndido titulado “Sobran palabras”, María Mercedes pasa revista a las palabras que son traidoras porque nosotros las descumplimos o manchamos, y así habría que sacarlas del diccionario: “Amistad queda condenada/ a la hoguera, por hereje…” Y siguen: amor, solidaridad, fraternidad, libertad, esperanza, fe, civilización, felicidad… ¿Qué habría de hacer quien se sentía tan hondamente engañada? Y sin embargo, no dejó de trazar poemas de amor casi hasta el final (“Si quiere amor que siga sus antojos”), incluido uno temprano, “Solo ante el peligro” -como la película- en el que creo reconocer a Juan Luis Panero y no sólo por el verso final: “Una canción que hable de ti, Juan.”. Estamos ante una poeta de veras, una poeta de calidad que se dejó fluir y manar en el verso y a la que muy bien (como hace el prologuista) se le deben aplicar sendos “dicta” de Juan Ramón y de Antonio Machado: “El poeta que habla íntimamente de si mismo habla profundamente de los demás”. Y: “Cada día, señores, la literatura es más escrita y menos hablada. La consecuencia es que cada día se escribe peor.” Se diría que ambos tenían delante los versos encendidos -sobre todo los de la década del 80- de María Mercedes Carranza, breve y muy valiosa, muy real, muy audaz, enormemente vital y saturada de óptimas lecturas. Pero desengañada, sí, muy desengañada, por lo que diría: “Después de todo,/malvivo mi vida como usted” ¿Mentira?
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