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MARGUERITE DURAS Y EL TORMENTO NAZI

Marguerite Duras (1914-1996) fue una de las novelistas francesas más notables de la segunda mitad del siglo XX. Nació en Vietnam, entonces parte de la Indochina francesa -mundo colonial enteramente desaparecido- y allí vivió hasta 1934. La vi una vez, en un restaurante bohemio de París -hace mucho- discutiendo sobre el aborto con Françoise Sagan, escritoras tan distintas. Duras alquilaba a un amigo mío, el cineasta underground Adolfo Arrieta, un pequeño apartamento -que creo que luego heredó Vila Matas- y de ahí el encuentro y la constatación del duro carácter de la dama, que aunque había escrito antes, consideraba su primera novela -en Duras hay más autobiografía de lo que pueda parecer- “Un dique contra el Pacífico” de 1950. La escritura de Duras siempre notable, de cierta apasionada sobriedad y gusto por la elipsis y eso que suele llamarse estilo sincopado. Aunque no empezó en el llamado “nouveau roman”(Sarraute, Robbe-Grillet)  muy pronto, con “Moderato Cantabile”o “Hiroshima, mon amour” -1958, llevada al cine por Alain Resnais- Duras se fue aproximando a esa renovación narrativa, de donde viene su mayor prestigio, pero no su mayor éxito. De hecho ese gran éxito mundial -también con película- fue “El amante” (1984) que narra, en aquella remota Indochina, el amor -parece que autobiográfico- entre una adolescente de 16 años y un caballero joven de 26… Duras se despediría con una novela, que no causó demasiado revuelo, “La lluvia del verano” de 1990. Sin embargo muy poco antes -en 1985- había publicado un libro antiguo y en verdad especial que había mantenido guardado, “El dolor”, que es el que ahora publica Alianza Editorial, en traducción de Clara Janés.

En verdad “El dolor” (se supone que escrito hacia 1945, no mucho después) narra en diferentes episodios, siendo acaso el principal el que da título al conjunto, las vivencias desoladoras de una mujer joven -la autora, que colabora con la Resistencia- en el París ocupado por los nazis, haciéndose entre amiga y confidente de un hombre vinculado con  la Gestapo (“El señor X., aquí llamado Pierre Rabier”) o la espera, en el mismo final de la guerra, de la aparición o noticia de muerte de un antiguo amante, que ha estado en uno de los campos de exterminio del Reich y que se salva a punto de morir de hambre (de hecho, ya salvado, tiene que curarse de esa dolencia del hambre) lo que lleva a las escenas más terribles y desesperantes del libro, la angustia dolorosa de la mujer, al borde de la caída de Berlín, cuando no sabe si su examante vive, no hay noticias, o cuando finalmente llega, pero al borde de la muerte por inanición y terror, debiendo ser cuidado y curado, descripciones que Duras cuenta muy bien, a caballo entre la sobriedad y la más espeluznante desesperación.  “Libro sagrado” para Marguerite (que dice no recordar cuándo lo escribió, tal era la angustia de su estado) nos deja ver a una Duras extrañamente joven y madura, cuando tenía poco más de treinta años. Libro singular que no es novela ni memoria, aunque de alguna manera parezca participar de ambas.

 


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