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Marcel Proust, cien años de «Por el camino de Swann»

Por estos días se cumplen los cien años (otoño de 1913) de la aparición en París de un libro –el primero de lo que inicialmente iba a ser una trilogía- que no sólo se agrandó con el tiempo sino que se convirtió en una de las grandes novelas de todos las épocas. Ese libro (el primer tomo de “En busca del tiempo perdido”) fue, es, “Du côté de chez Swann”de Marcel Proust, editado entonces por la editorial Grasset, a cuenta del autor, que era un hombre con dinero, poco o nada conocido por el gran público, pero con muchas amistades en el “gran mundo” que había frecuentado desde su juventud, granjeándose una –tal vez- muy merecida fama de esnob, al estilo del famoso retrato de Jacques-Emile Blanche, con una gardenia en la solapa del frac.  Ese jovencito atildado y enfermizo, hijo de la gran burguesía y de unos padres que lo mimaron en exceso, no era sin embargo el lechuguino que algunos creían, sino un gran artista que tardó en alcanzar (o empezar a hacerlo) la cima de su gran arte. En 1913 esos padres archiprotectores ya habían muerto, Proust había publicado un primer libro, de elegante formato y poca sustancia –para quienes no lo leyeran con una clara lente de futuro- que se llamó “Los placeres y los días” (1897) y que llevaba un prólogo amigo de Anatole France. El libro sirvió para que muchos de sus conocidos se reafirmaran en la idea de que el “petit Marcel” era sólo un diletante sin más. Había leído, prologado y traducido a John Ruskin, por cercanía con sus teorías sobre el arte, pero también fascinado por el elaborado estilo del autor inglés. Además había escrito una larga novela, “Jean Santeuil” (inédita en vida del autor, se editó por vez primera en1952, treinta años después de su muerte) que hoy la crítica juzga como un borrador de lo que iba a ser, en mucho más, “En busca del tiempo perdido”. Aparte de escribir miles de cartas, de haber asistido a fiestas y de regodearse con sus ducales o principescas amistades, Proust (homosexual oculto) frecuentaba el burdel masculino, con aire de baño turco, muy cerca de la iglesia de la Madelaine, de un tal Albert Le Cuziat –a quien regaló los viejos y grandes muebles de la  casa paterna- y que en su novela pasaría a ser el Jupien que también tiene una casa de encuentros masculinos, que el narrador y varios protagonistas conocen, sobre todo el gran Barón de Charlus, afecto a los mozos malfamados y al sadomasoquismo…  Pero esto aun no está en el primer tomo que festejamos, que es más bien el recuerdo de los primeros tiempos del narrador (fácilmente asimilable al propio Proust) y de lo que pasaba en ellos, como el amor de Swann. El título –cuya traducción siempre se discute- alude a los dos caminos o direcciones que puede tomar el narrador, saliendo de casa de los suyos. Por una parte va hacia el mundo de Swann, que es un rico y elegante burgués judío, y por el otro va al lado de los Guermantes, la aristocrática y refinadísima familia, con la que terminará por hacer amistad. Le fascina la estampa de la duquesa de Guermantes porque sabe que desciende de Genoveva de Brabante y en él influye esa singular magia que llamará “la poesía de los nombres”. También es verdad que, hablando, Proust diría que no se puede conocer a una duquesa sin dejar de pensar que es encantadora, lo que razonablemente aumentó sus quilates de esnobismo puro. Cuando la novela (este primer tomo) se tradujo al inglés como “Swann’s way”, sabemos que a Proust no le gustó la leve indefinición. Cierto que el título es, a la par, realista y simbólico, pero le gustaría más la traducción española (la primera apareció en 1920, todavía viviendo el autor) como “Por el camino de Swann”. Acaso Charles Swann el rico y elegante dandi judío sea el verdadero gran protagonista de este primer tomo que incluye, casi como una novela corta dentro de lanovela (en francés se ha publicado alguna vez así) en la parte llamada “Un amor de Swann”, el nacimiento, el crecer y los celos del amor de Swann por Odette de Crézy, una mujer que en sus primeros encuentros no le dice nada, pero a la que termina por ver y sentir como insustituible, enfermo de celos. Porque para Proust (como tendrá tiempo de desarrollar a la largo de los siete tomos finales, y sobre todo en su historia con Albertine) el amor es una enfermedad. En este tomo, y refiriéndolo a Swann, la síntesis es perfecta.

Como hemos apuntado, a partir de la muerte de su madre , en 1905, y sobre todo a partir del momento –en 1909- en que Proust se pone por fin a escribir “En busca del tiempo perdido”, que le ocuparía el resto de su vida y le faltó el pulido de las partes finales, Marcel fue rompiendo con su vida social ( no así con la homosexual) pues terminará siendo un auténtico prisionero y mártir de su escritura.  En 1913 , cuando se publica a su costa “Por el camino de Swann”, Proust pensaba en una trilogía, pero cuando la guerra del 14 frenala no fácil posibilidad de editar, y Proust siente que cuenta con más tiempo, la trilogía pasará a ser un septeto, siete tomos, que el autor no llegó a ver enteramente publicados en vida. De momento intentó que “Por el camino de Swann” lo editara Gallimard, la editorial novedosa y prestigiosa que venía de “La Nouvelle revue Française”. Pero uno de los grandes capitostes de esa empresa eraAndré Gide, un autor de mucho prestigio nuevo, homosexual como Proust, pero muy diferente en todo lo demás. En efecto, el manuscrito proustiano cayó en manos de Gide, que había conocido al joven Proust más de diez años antes, sin sentir el menor interés por él, lo que (equivocadamente) pasó a la lectura superficial y muy deficiente que hizo Gide del manuscrito de “Por el camino de Swann” antes de rechazarlo. Muchas marquesas, muchas tazas de té, mucho niño mimado… Nada podía interesarle menos a Gide que cometió (como reconoció él mismo más tarde) uno de los peores errores de su vida: rechazar a Proust. Cuando, ya en 1919, se publique el segundo volumen de “En busca del tiempo perdido”, titulado “A la sombra de las muchachas en flor” y que fue premio Goncourt de ese año, Gide escribió a Proust pidiéndole excusas y reconociendo su error, carta que Proust aceptó y contestó con mucha elegancia. Proust y Gide (los dos grandes sodomitas de la época) llegarán a tratarse y a ser amigos, aunque nunca en profundidad. Mucho les unía y le separaba otro tanto, al menos. Por causa del rechazo de Gide y de Gallimard, Proust tuvo que pagar la edición de su primer tomo, en otra editorial notable pero que no era lo mismo. En verdad –se habrá supuesto con lo antedicho- la verdadera fama de Proust y su nuevo proyecto de una novela comparable a una catedral (como en efecto dijo) sólo llegó en 1919, con el tomo segundo. “Por el camino de Swann” pasó esencialmente desapercibido y muy pocos lograron ver lo que ahí había ya y lo mucho más que se anunciaba. El estallido de la 1ª Guerra Mundial, en agosto de 1914, no sólo atenuó el relativo “fracaso” del primer tomo de Proust, sino que –como he dicho- al cambiar o parar el rumbo de muchas editoriales, hacía difícil o muy difícil seguir el ritmo previsto por Marcel, lo que le llevó (por fortuna, dada la mejora) a ampliar el plan de la obra que pasaría de tres a siete tomos, acabando con “El tiempo recobrado”. Proust aprovechó la guerra, sin salir de París, para estudiar más y mejor a sus personajes y para escribir incansable, siempre de noche y madrugada, el único momento del día en que admitía visitas (como las del joven escritor Paul Morand) porque de día dormía, con veronal, en su cuarto forrado con paneles de corcho, para no oír ruidos. Poco antes de todo esto –quizás escribiendo el final de “Por el camino de Swann”- Proust se había enamorado de un joven conductor de taxis, llamado Alfredo Agostinelli, que llegó a estar medio cautivo en casa del celoso escritor (el amor esuna enfermedad) y a quien este concedía todos los caprichos, incluido el gusto por la incipiente aviación que Agostenelli sentía, y que terminó costándole la vida –para enorme desconsuelo de Marcel- en un accidente, con un aparato nuevo, que cayó al mar cerca de Niza. Se supone que el amor de Proust moriría ahogado. Poco después se consolaría con soldados que buscaban unos francos en el burdel de Jupien o con los jóvenes camareros suizos (los franceses estaban movilizados) del Hotel Ritz en el que Proust cenaba, a menudo, de madrugada, durante la guerra. A uno de ellos –de los más guapos- también se lo llevó un tiempo a su casa.

Los conductores de taxi le servían a Proust en sus salidas nocturnas y en sus escasos desplazamientos; compañero de Agostinelli era un tal Odilon Albaret, al que Proust tenía confianza. Cuando Odilon (en 1913) se casó con una chica de pueblo, honesta, hacendosa y espabilada, Proust hizo a la pareja un buen regalo de boda y luego le dijo a Odilon –apenas conocía aún a Céleste, su mujer- si esta podía servirle de recadera con buena propina. Así entró, y en esa fecha, Céleste Albaret en la vida de Proust. La misma Céleste que, a partir de 1914, se convertiría en la última y más fiel gobernanta y sirvienta de “Monsieur Proust”, el prisionero de la rue Hamelin. Pero en el otoño de 1913 (sin apenas ver a Proust aún) lo que Céleste hace es llevar un paquete cuidadosamente envuelto a cada una de las direcciones que día a día se le indica. Dentro del cuidado envoltorio va un ejemplar dedicado de “Por el camino de Swann” y Céleste debe dejarlo en la portería de grandes casas de duques, marqueses o príncipes, aunque de muy pocos escritores. Así, sin querer, Céleste entra en el mundo de Proust no sólo como sirvienta, sino sabiendo quiénes son las gentes con las que trata su señorito, muy pronto venerado. Con los años, por supuesto, Céleste (la inicial recadera) no sólo leería este, sino todos los tomos de “En busca del tiempo perdido” donde, hacia el final, se la nombra. Es decir que no sólo conocía el episodio de la madalena y de la “memoria involuntaria” que están en el primer tomo, sino los suspiros ante los duques y los “muchachos en flor” (en realidad eran muchachos) sino que hasta llegó a preguntar a su señor cómo recibía a personajes que intuía tan siniestros, de alguna manera, como Le Cuziat-Jupien. Y Proust le dice no la verdad exacta, sino la literaria: que él tiene que ir a esa casa y ver lo que ocurre dentro, por terrible que sea, porque en su novela ha de narrar la verdad. Esta buena excusa es bastante para el fervor de Céleste, que aunque conoció fugazmente a Agostinelli (cuando era novia de Odilon) nunca pensará mal de su señor, de su “Monsieur Proust”, como el título de las memorias que dictó y que se editaron en 1972 , cincuenta años tras la muerte del novelista. Pero volvamos, finalmente, a 1913, a ese otoño en que ve la luz (con poco revuelo) “Por el camino de Swann”. Pocos, muy pocos creían aún en Proust –el genio no se distingue a la primera- pero ahí nacía uno de los grandes libros del siglo XX y de todos los tiempos, la novela-catedral que su autor quería, y que nos sigue solazando y fascinando porque es lenguaje vuelto arte y porque rescata, como sólo un grande sabe hacerlo, la vida misma. La vida que sentimos y que se nos va, pero que permanece en el recuerdo, en la memoria, gracias a la gran literatura.


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