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MADAME LAMBERT Y LAS DAMAS DE SALÓN

Fue Cioran, el apasionado filósofo rumano que escribía en francés, uno de los primeros en decir que el siglo XVIII era el siglo francés por excelencia, por el cultivo de la razón y del buen gusto. Él apostó siempre por Madame du Deffand, libertina en su juventud, amiga de Voltaire y que tuvo uno de los últimos salones ilustres de París. La delicada editorial Elba (con traducción y prólogo de Manuel Arranz) nos trae ahora dos obritas de una las primeras damas con salón -aunque lo abriera ya en su sesentena- Madame de Lambert , marquesa de Saint-Bris , (1647-1733). Nuestra Madame de Lambert fue entonces una de las primeras damas con salón dieciochesco. En esos salones, se hablaba se celebraba, se aconsejaba y se ayudaba a bien vivir, pero todo era muy privado, de modo tal que estas damas, que además de su correspondencia, escribían pequeños tratados dirigidos a personas cercanas, nunca esperaron verlos publicados y si alguno salió fue por obra de un buen amigo indiscreto. Así Madame de Lambert vio publicados “Consejos de una madre a su hijo” en 1726 y dos años después “Consejos de una madre a su hija”. No le dio mucha importancia, guardó para la posteridad los dos trataditos que ahora cuidadamente se traducen: “Tratado sobre la amistad” y “Tratado sobre la vejez” nada menos, dos realidades esencialmente humanas, en unos textos llenos de buen sentir y con algún buen toque de la pimienta de la ironía.  Los libros se publicaron en 1736  y 1747, respectivamente. Y por supuesto, sus fuentes son visibles y esperables, lo que Cicerón y Séneca entre otros antiguos dijeron por estas cosas, pasadas por el propio tamiz de la dama y de su tiempo. Por ello dirá con razón: “La originalidad no consiste sólo en decir algo nuevo”.

Anne-Thérèse de Marguenat de Courcelles, nombre original de nuestra Madame de Lambert, abrió su salón en 1710 -de ahí hasta su muerte- y fue en verdad una pionera. Los libritos se leen con un encanto viejo y nuevo y algunas de sus frases, entre razonamientos, nos atraen de inmediato: “El primer impulso de un corazón es unirse a otro corazón . Y sin embargo es una queja unánime: todo el mundo dice que no existe la amistad.” Lambert cree que sí existe, pero sólo si es cuidada y cultivada y sabe sortear las asechanzas: “¿Queréis ser estimados? Vivid entonces con personas estimables.” Y antes, recordando a Pirro: “Protegedme de mis amigos, sólo les temo a ellos”.  Pero no es una desengañada sino una anhelante precavida. Respecto a la vejez (que no es un bien) acierta: “Una edad en la que todo parece abandonarnos”. Y es así.  O con Montaigne: La vejez nos imprime más arrugas en el espíritu que en la cara.  O “Uno es consciente de sus vínculos cuando tiene que romperlos.” Se impone, de nuevo, el juicio sereno y una razón que no sea mero idealismo.  Y la máxima de Simon Leys: “En el fondo sólo hay un arte que cuenta: el arte de vivir” Aquí lo tenemos. Recordar que en 1781 una aristócrata española, María Cayetana de la Cerda y Vera, tradujo ya las “Obras de la Marquesa de Lambert”. Un libro con encanto realista.


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