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Decadencias

LUIS BONAFOUX, PERIODISTA FUNDAMENTAL

Siguiendo el tópico, uno está por decir que Luis Bonafoux Quintero (1855-1918) fue un periodista de pura raza, a lo Larra, a lo Umbral si se quiere, periodista culto, atrevido, audaz con palabra y tino literarios, de muy bella y sutil página, porque –al igual que Azorín, y otros no pocos- muchos de sus libros, de amenísima  lectura, nunca faltos de ingenio, suavidad o zurriago, están compuestos de esos artículos, para los que tenía una facilidad pasmosa. Luis Bonafoux, nacido de padre francés y madre criolla venezolana, en el Puerto Rico aun español, es nuestro gran periodista de entresiglos, época en la que trató a todo el mundo, hirvió de amistades y enemistades, nunca se calló y como dijo una vez : “Soy militante del partido contrario”. Era un bondadoso corazón ácrata, lejos del anarquismo organizado y –en el fondo- un espíritu tan libre que tenía que ser solitario. Estudió leyes en Salamanca y luego llegó a Madrid (y un tiempo a La Habana) a fundar periódicos y polémicas. Una de las más famosas                  –reeditada no hace mucho- lo opuso al también afilado Leopoldo Alas “Clarín” al que acusaba de plagiar “Madame Bovary” de Flaubert, en un librito (1888) titulado “Yo y el plagiario de Clarín”.

De Puerto Rico lo habían echado tras un artículo espléndido llamado “El Carnaval de Puerto Rico”  y de Madrid salió, harto de líos y  mediocridades,  en 1898. La España triste e irredenta que dejó, ese país que parecía hundirse –como su vieja flota- también hizo mella en él, que escribió primero en el “El Heraldo de Madrid” y luego en muchas partes sobre lo que pasaba en su patria y ese París lleno de esplendores y gallofa españoles y que se conocía al dedillo. Rubén Darío, Blasco Ibáñez o Lerroux, el político, lo tenían como amigo. La mayoría temía el látigo y las espingardas de su verbo, por lo que se le llamaba “la víbora de Asnières”, el pueblecito cerca de París donde vivía casi solo.  Libros como “Bombos y palos” (1907), “Clericanallas” –fue muy anticlerical, creyendo que el atraso de España era el atraso de su catolicismo- o este “Los españoles en París” (1912) que acaba de reeditar Renacimiento y que se lee raudo y entre lumínicas chispas, los editaba la casa Garnier de París (donde trabajaron los Machado) y que tenía una notable producción en español, en buena parte destinada a América. El libro es un repaso de españoles en París, como estampas biográficas o costumbristas, desde la altiva princesa hasta los que pescan en barca ruin.  Regeneracionista como cuando Blasco Ibáñez le dice de España: “Mal no. El país no significa nada, no existe…”  Era el París de la “belle-époque” y podía hablar de bares y coristas, madamas algunas españolas, pero tenía el aguijón, el viejo dolor que tanto  ha marcado.  Sus hijas se llamaron (de verdad) Lágrima y Clemencia.  Opuso el pacifismo a la agresión germana en la 1ª Guerra, y el gran Bonafoux , estupendo escritor, acabó en Londres, más puritano y más libre en política. Su tinta hacía saltar por los aires tópicos (se dice) convenciones sociales, ignorancia, pereza, adulación y  sinvergonzonerías… Eximio periodista. Punto.


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