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Decadencias

Los Panero: recapitulación del desastre

Un libro de Federico Utrera, publicado por el Festival Internacional de Cine de Las Palmas, “Después de tantos desencantos. Vida y obra poéticas de los Panero”, con fotos y algunos documentos inéditos que proceden del malagueño Centro de la Generación del 27 (Juan Luis me cuenta que fue Michi el que los vendió) llama mi atención sobre un tema que he conocido de cerca y que creí ya terminado. Lo que Jaime Chávarri hizo en 1976 con “El desencanto” (que tanto escandalizó) y lo que el fallecido Ricardo Franco continuó en 1996 con “Después de tantos años” los sabíamos todos los amigos o cercanos, porque ni los hermanos ni su madre, Felicidad Blanc, lo ocultaron nunca, antes al contrario…

La familia del poeta Leopoldo Panero (un buen poeta tradicional) era sólo por fuera la imagen ideal de la familia franquista: Un padre leal al Régimen, una madre abnegada y tres hijos que estudian en buenos colegios. Cuando Panero padre muere prematuramente en 1962, todo empezará a cambiar y esa otra cara de la moneda (bien anterior a la película) salió a la luz en el filme de Chávarri. Panero era un padre duro y bebedor, dejó a su mujer siempre en casa –es lo que ella no le perdonó aunque daba la sensación de que le quería- y los hijos, cada cual a su modo, fueron (son) la antítesis del padre. La familia había sido un tremendo fracaso. Todo está en este libro resumidor.

Michi murió en 2004 casi en la indigencia (buenas amigas pagaban el apartamento donde vivía en Astorga) y sin duda él ha sido el más desencantado además de el más perdedor. Hablaba mal de todo, como quien siente que el mundo le ha engañado. Yo le vi mucho, pero le traté menos que a sus hermanos mayores. Leopoldo María –que fue uno de lo poetas de más nombre de mi generación, cuando “Teoría”- vive desde hace años en manicomios y es un ser tierno y roto del que se aprovecha la industria editorial. Es el “maldito” oficial de la literatura española, y su vida no es desde luego un lecho de rosas. Es un poeta de brillantísimas ráfagas, y un ser humano desvalido y que quiere dar miedo, como defensa, pues ante todo (en especial a quienes le conocimos) provoca una solidaridad singular. Azúa dice que es el gran poeta, porque la Poesía lo ha destruido. Un concepto acaso demasiado romántico. Juan Luis, en fin (tras mil peripecias americanas y españolas) vive en un pueblo de Girona, cabe el mar, una madurez muy sensata y tranquila. Siempre me entendí muy bien con Juan Luis –salvo cuando bebía en exceso- y siempre he apreciado su poesía culta y meditativa. Por lo demás hemos vivido algunas aventuras juntos, como el conato de trío con Gil-Albert (al que yo me negué) y que a lo mejor como cuenta Juan Luis fue sólo un juego de admiración hacia el maestro en las felices noches de los 70… Juan Luis Panero –pese a su aire de desprecio por el mundo y la vida- ha sido el más cabal y el más roto a su modo de la familia. Estuve muchas veces en la vieja (y vendida) casa familiar de la calle Ibiza en Madrid. Y siendo yo muy joven, Leopoldo me concedió acostarme con mi pareja en el sillón chester del antiguo despacho de su padre. Él y su amigo (aunque siempre ha sido bisexual) se fueron a su cuarto, lógicamente. ¿La España secreta del franquismo o la vida tal como es, ancha y rara? De cerca o de lejos, he querido y quiero a los Panero. También a la sublime y desesperada Felicidad. Y que una familia dé cuatro buenos poetas –otro es Juan, el hermano de Leopoldo padre- no es frecuente, desde luego.


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