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«LOS ALUCINADOS» DE AUGUSTO D’HALMAR

Augusto D’Halmar nació en Santiago de Chile en abril de 1882. Se llamaba Augusto Goeminne Thomson y tenía sangre francesa, inglesa y criolla. Pero le molestó siempre ser hijo ilegítimo de un padre francés y una madre chilena. Por eso en su vida ya pública utilizó un apellido, levemente aristocrático, al parecer tomado de un tatarabuelo nórdico. Desde luego el nombre Augusto D’Halmar suena mejor que el que usó sólo para sus primerísimos libros Augusto G. Thomson. Pasó su infancia y adolescencia en Valparaíso y luego volvió a Santiago para los estudios superiores y la vida literaria, en la que se muestra como un joven refinado, con ciertos pujos dandis, muy cerca de todo lo que aún era el Simbolismo-modernista, pero también el naturalismo, que a veces se fusiona curiosamente con la novela esteticista. Con su amigo Fernando Santiván funda en 1903 una colonia siguiendo las pautas del muy admirado Tolstoi, que aún vivía. Pero D’Halmar (que aún no usaba ese apellido) era ya relativamente célebre en Chile al haber publicado en 1902, una de los novelas clave del naturalismo de su país, “Juana Lucero” que narra la vida de Santiago vista por una mujer especial. La boda de Santiván con una de las hermanas de Augusto, Elena, distancia por entero a los amigos, en un episodio muy poco aclarado. En la pobreza de la colonia “San Bernardo”, Augusto conoce  al que iba a ser ministro de Asuntos Exteriores de Chile, quien lo contrata como secretario primero, para después enviarle a muchas misiones entre diplomáticas y periodísticas.  Va a Calcuta y desde allí a Bombay para pasar a Egipto, Londres, París o Marsella.  En Egipto conoce a un muchacho llamado Zahir que le seguirá como ayuda personal y secretario. Augusto es homosexual y de tendencias buenamente paídicas, y eso se hace visible -con pudor- en no pocos de sus libros, pero a nivel personal, D’Halmar (diríamos hoy) nunca salió del armario. Si acaso no era evidente la evidencia. Vuelto a Santiago tiene puestos menos brillantes hasta que pasa a Buenos Aires, donde acepta cubrir para un periódico argentino la 1ª Guerra Mundial, desde Francia.  En 1918, apenas terminada la contienda, D’Halmar llega a España donde vivirá quince años. Entre 1919 y 1934, recorre España (aunque vive en Madrid, según él una ciudad feliz) y aquí escribirá probablemente lo que tenemos como lo mejor de su obra, desde sus experiencias viajeras y exóticas en “La sombra del humo en el espejo” hasta su novela más claramente homoerótica , “Pasión y muerte del cura Deusto”, ambos libros de 1924. El cura Deusto es un sacerdote vasco enviado a Sevilla donde cae presa de la fascinación sensual de la ciudad y de un hermoso jovencito gitano.  En España conoció y tuvo alguna amistad con Lorca y con Antonio Machado. Nunca creyó en el comunismo, pero sí en el PSOE y simpatizó con la República; pero en junio de 1934 volvió a Chile al presagiar los extremismos y violencias que se cernían sobre España, país que nunca dejó de amar y donde -claramente- llevó una vida personal muy libre.  Cansinos Asséns dirá que, cuando estaba en Madrid, D’Halmar “era el pontífice de un cenáculo de estetas a lo Dorian Gray”. Por su parte, malicioso, González-Ruano escribirá en sus memorias: “Lleva con él a todas partes a un muchacho que era su amigo y con el que decía estar tan identificado que cuando le dolía la cabeza mandaba al muchacho que se tomase la aspirina”.

Cuando vuelve a Chile publica (1935) el libro de cuentos -son cuatro- “Los alucinados” que ahora ha sacado por primera vez entre nosotros la pequeña y cuidada editorial Amistades Particulares. El libro, donde casi siempre subyace ese aludido homoerotismo paídico, si evidente también velado, es quizá un libro algo “viejo” para la época en que se publicó (la raíz modernista es más que evidente) aunque el mejor de los relatos, “Ole Dol”, un marino bretón que cree ver en un muchacho la reencarnación de una muchachita hindú, muerta, se fecha en 1918. Es un cuento donde androginia y transmigración -temas decadentes- aparecen más que sugeridos… Un libro anticuado y bello, con temas subyacentes que aún se movían (aunque menos cada vez, pensemos en Cernuda o en el mexicano Novo) en el terreno de lo no decible o delicado… El último de los relatos, curioso pero impreciso, “Amaro Daimiel .Del padre al hijo”, se fecha entre Salamanca y Madrid en 1926.  En Chile se republica en 1938, “El cura Deusto…” y D’Halmar se va convirtiendo en un santón local. Trabaja en un Museo y en la Biblioteca Nacional, y en 1942 recibe el primer Premio Nacional de Literatura que se había creado ese mismo año. Es un prestigioso homosexual (el crítico Alone aludirá a la importancia del tema en su obra) que, eso sí, guarda silencio.  Publica en aquel 1935 un nuevo libro sobre sus viajes exóticos, “Nirvana”, subtitulado “Viajes por Occidente, Oriente y Extremo Oriente”, el libro de poemas en prosa “Palabras para canciones” de 1942 o “Cristián y yo” en 1946, con recuerdos varios de su mundo juvenil.  Convertido en figura de las letras patrias, el muy singular D’Halmar muere de cáncer en Santiago en enero de 1950. Había dejado escrito su epitafio: “No vi nada, sino el mundo;/Nada me pasó, sino la vida.” Bastante olvidado hoy su recuperación -iniciada- pide seguir adelante. Lo merece.


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