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Decadencias

Lope de Aguirre y el poeta «lakista».

Robert Southey fue (con Wordsworth y Coleridge) una de los iniciadores del romanticismo inglés, lo que vale por decir del romanticismo europeo.Pero pocos saben que este apuesto Southey (1774-1843) poco amigo de Byron y que terminó con el ambiguo papel de «poeta laureado» de Inglaterra, fue un no desdeñable hispanista, que recorrió España y Portugal, que escribió una historia de la guerra napoleónica en la península  (que los ingleses llaman «Guerra Penínsular») y que tradujo al inglés dos de nuestros clásicos medievales , «El cantar de Mio Cid» y la novela de caballerías «Amadís de Gaula». Naturalmente a Southey     -como historiador y quizá como romántico- le sedujo la figura del conquistador vascongado Lope de Aguirre (1510-1561), desaforado y cruel, libertador para unos y loco y salvaje para otros, que en la búsqueda de El Dorado llegó a rebelarse contra Felipe II que, al fin, lo hizo matar. Es curioso, con todo, que para Bolívar, Lope de Aguirre fuese el primero en haber proclamado la independencia de una porción de la América española.

La editorial Reino de Redonda (que dirige Javier Marías) acaba de editar -creo que por primera vez en nuestra lengua- con prólogo de Pere Gimferrer, «La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre», uno de los libros históricos -breve- más redondos y logrados del poeta Southey, que se publicó en inglés en 1821, curiosamente el mismo año que muchas repúblicas americanas lograban su independencia efectiva de España, pues 1810 no fue sino el inicio de la revuelta.  Escrito en una prosa fluída y amena, Southey no quiere hacer novela sino pura historia (y eso hace) pero no olvida que para los escritores clásicos, desde Tácito al menos, escribir historia era también literatura y por tanto  arte. Lope de Aguirre «el loco», es visto como un personaje cruel y petulante, pero a la par con algo de iluminado y quimérico, lo que le volvió contra su rey natural cuando este era el más poderoso del planeta…

Es natural que esa contradictoria mezcla de disparate lleno de sevicia y halo progenitor haya tentado modernamente (ya fuera de la estricta historia y de los textos del propio Aguirre, sápidos y rudos) a bastantes escritores contemporáneos. Yo creo también, con Gimferrer, que sin duda el mejor acercamiento a Aguirre se da en la novela de Ramón J. Sender, de 1968, «La aventura equinoccial de Lope de Aguirre» y quizás en el filme excedido como su protagonista -Klaus Kinski- de Werner Herzog, «Aguirre, la cólera de Dios», realizado en 1972.Pero me permito recordar una novela que me gustó en su momento, sobre el mismo tema, la del hoy casi olvidado novelista y diplomático argentino Abel Posse, «Daimón» de 1978. Como sea, el encanto del libro breve de Robert Southey es su fidelidad y su buen análisis histórico, además de la mezcla de la objetividad del historiador con el gusto literario del poeta, que se llamó con los otros «lakista» por haber vivido y cantado en sus comienzos en la región inglesa de los Lagos (lago en inglés «lake»), por lo que «lakista» es como decir romántico de la primera hora. Southey no fue el mejor de esos grandes poetas, pero su obra, poco recordada, no es nada desdeñable, y menos al saber -muchos lo ignorarían- que fue un gran apasionado de las cosas de España. Y Lope de Aguirre tuvo las virtudes y excesos de un español cabreado.


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