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LIBRO DE POEMAS DE JOSÉ INFANTE: “SÓLO QUEDA UNA SOMBRA”

Hace días recibí el último libro de poemas del malagueño (1946) José Infante. Por cierto (y es mera anécdota) mucho me ha costado descifrar la cordial dedicatoria. “Sólo queda una sombra”, editado por Huerga y Fierro Editores. La “sombra” -muy aludida en casi todos los poemas- parece dualmente la sombra del vivir que acompaña al poeta siempre, y a la vez la sombra en la que el Tiempo nos va convirtiendo cruelmente a todos. Decir que la vida es cruel -pese a contados e innegables buenos momentos- es una evidencia, y mucho en la ya nutrida y rica poesía de Infante, que en sus últimos libros sigue esa senda de renovado clasicismo que llamo “realismo meditativo”. Infante es un poeta elegíaco, y aún diríamos que en este libro “muy elegíaco”, porque llega a ser tentado por el suicidio en el mar, como un descanso, a tanto desengaño y tanta pérdida como “Sólo queda una sombra” nos va dejando ver con directa emoción poética: Amores muertos, casas perdidas (muchas), amigos desaparecidos, y mucha deslealtad, nos dice, y mucho abismo. De nuevo, un poema de homenaje a Pablo García Baena  (“Casa de los Congresos”) nos cuenta la bondad y calidad de Pablo, cuya amistad y afecto compartimos, Infante y yo, muchos años. Respecto a la sombra (que pesa) dice Infante terminando un poema aludido: “Deshazte de ella, déjala libre/ disolverse en la nada para que tú seas libre/ también y no regreses.”. Es el mar quien liberará de la sombra. Libro desolado este de José Infante, cuenta y canta la desolación, la destrucción y la ruina que el Tiempo (el vivir) lleva a todo, y cómo uno, adentrándose en la edad, se ve más cada vez rodeado de pérdidas y ausencias. Dice en un poema que habla de Málaga -creo que muy poco después de dejar Madrid- “Sólo queda una sombra de lo que fue la vida/ cuando la inaugurabas y esta ciudad era su paraíso.” Ya he dicho que esta última poesía de Infante (y prosigue libros anteriores) ha de ser entendida como un canto a la pérdida y a la destrucción, desde alguien que         -pese al daño- se aferra todavía a la belleza  de la música sencillamente, al “carpe diem” horaciano, más difícil de practicar de lo que parece, aunque la belleza juvenil obviamente siga, incluso en un mundo que destruimos de mil modos. Me gusta, querido José, la palabra “tristerías” y ese eco “la juventud que un día nos entregaron/ como un regalo tan breve y pasajero.” He leído con muy nítido placer lector este  “Sólo queda una sombra” de José Infante. Lo digo y, obviamente, lo recomiendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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