Decadencias
LECTURAS DE VERANO, JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
El onubense Juan Ramón Jiménez (1881-1958) es sin duda uno de nuestros grandes poetas, también se puede decir uno de los grandes poetas del idioma en el siglo XX, y que le concedieran el premio Nobel en 1956 –estaba exilado en Puerto Rico- fue sólo un casual y natural accidente. Desde su primer libro de 1900, “Ninfeas” con prólogo de Rubén Darío, hasta “Animal de fondo” en 1949, la carrera poética de Juan Ramón es refulgente y varia, porque nunca dejó de indagar y avanzar en su fuerte sentimiento de lo poético. Sabemos que, al final, quería volver prosa toda su obra –prosa lírica, Juan Ramón fue además un prosista muy notable- pero algunos creemos que es bueno que no llegara a cumplir ese proyecto. Muy conocido y admirado desde temprano, “Jardines lejanos” de 1904, es ya un hito del modernismo simbolista, aunque él buscaba lentamente honduras metafísicas, que alcanzó; la personalidad humana de Juan Ramón –un tanto maledicente, y que apartaba a quienes habían empezado como devotos admiradores suyos- llevó a esa leyenda que Cernuda plasmó como “Juan Ramón-Jeckyll, Juan Ramón-Hyde”. El gran poeta y el hombre problemático. Ni Cernuda ni Aleixandre –por ejemplo- tuvieron la menor simpatía por el hombre Juan Ramón, al que consideraban mala persona, pero tenían en muy alta estima al poeta variado y hondo, un verdadero “poeta total”. Y no hablamos de la natural hipersensibilidad de JRJ que le llevó, en Madrid, a cambiarse de piso –y siempre vivió bien- porque la vecina tocaba el piano, y eso en verdad es terrible en un piso; no, hablamos del hombre que, respetando de lejos a Antonio Machado, le llamaba “poetón aportuguesado”, no sabemos si por el origen lejano del apellido, o porque el buen Antonio resultaba triste como el fado. Todo eso era muy
Juan Ramón.
Pero sería absurdo que esas, a la postre menudencias, hicieran olvidar al poeta que llegó desde la sensibilidad refinada y musical de “Arias tristes” hasta la profunda metafísica de “Animal de fondo” o “Dios, deseado y deseante”, pasando por el cimero esplendor de “Estío”, “Belleza” o el gran giro que supuso en 1916, “Diario de un poeta reciencasado”. Casado con Zenobia Camprubí, que había vivido en EEUU, por ella conoció en hondura a Emily Dickinson, cuando esta no era aún suficientemente valorada. Por cierto que no podamos olvidar, respecto a esa mujer que fue tanto para Juan Ramón (desde amada a enfermera) la reciente publicación de su correspondencia (1913-1956) con el título de “Monumento de amor. Epistolario y lira.” Un tomo sólido y rico de 1333 páginas, que ha sacado la Residencia de Estudiantes, a la que JRJ estuvo muy ligado. Alto, altísimo poeta –aunque Barral dijera que a veces estaba al borde genial de la cursilería- la obra de Jiménez es una caudalosa materia poética viva y sensitiva (algún parentesco en los cambios guarda con Yeats, pero Juan Ramón fue más lejos) sin la cual es imposible entender la poesía española y occidental del siglo XX. Un dechado de sensibilidad extrema que abre de continuo caminos que se cuestiona. Como Picasso, JRJ pudo decir “yo no busco, encuentro”. Leer a Juan Ramón –alguna de sus etapas, al menos- es encontrarse con una forma de grandeza y con un afán poético, con una tensión del arco, que rompe límites. Grande JRJ: “Morir es sólo/ morir adentro; abrir la vida solamente/adentro…”
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