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Decadencias

LECTURAS DE VERANO: HEMINGWAY

Al gran vitalista que fue Ernest Hemingway (1899-1961) le perjudicó su propia desbordante vitalidad y un cierto –quizá muy moderno- afán exhibicionista.  Miembro fundacional de la llamada “generación perdida” fue un magnífico narrador y un afilado periodista. Pero todo el mundo recuerda que puso de moda los Sanfermines pamplonicas (con su primera novela, “Fiesta”, 1926)  y que al parecer estuvo y sin parar de beber en casi todos los bares del mundo. Dicen que empezó a escribir “Por quién doblan las campanas” –su novela sobre la Guerra civil española, prorepublicana y editada en 1940- en el bar “Chicote” de Madrid. En el mítico (y hoy muy turistizado) “Floridita” de La Habana, tiene una estatua de pie acodado a la barra, donde daba cuenta de varios daiquirís. Incluso el elegante bar del Ritz parisino (por lo menos hasta su último y reciente arreglo) estaba cuajado de fotos de Ernest.  Fotos con toreros, actores y actrices, mucha ostentación de virilidad y una posible homosexualidad subterránea, todo ello sostiene la leyenda de Hemingway: cazador en África, luchador en tres guerras, pescador en alta mar, aficionado a las armas (se suicidó con un rifle) pero sobre todo finísimo escritor. Le dieron el Nobel de Literatura en 1954 y cuando lo recogió se acordó de una refinada autora Karen Blixen (“Memorias de África”) quien –dijo- merecía el premio más que él.

En el París de los 20 vivió una bohemia dorada que cuenta –es un libro precioso- en esas cortas memorias, al fin póstumas, que son “París era una fiesta” (1964). Aunque sus novelas largas (por supuesto casi todo llevado al cine) no son desdeñables, es verdad, que Hemingway alcanza la perfección en las distancias cortas, como en los cuentos que tienen de protagonista a Nick Adams (su alter ego juvenil) como el temprano “Campamento indio” donde el muchacho tiene su primera experiencia de la muerte. En el verano del 59 hizo para la revista “Life” una bella serie de reportajes sobre la rivalidad taurina entre Dominguín y Ordóñez, luego republicada como “El verano peligroso”. En 1952 publica una novela corta, que sucede en el mar de Cuba, y que fue tenida unánimemente como una obra maestra: “El viejo y el mar”.  Se puede pensar en otras novelas cortas de los años 30 como “La vida feliz de Francis Macomber” o la más conocida -1933- “Las nieves del Kilimanjaro”. Hemingway no fue un exhibicionista que a ratos escribía. Era un escritor nato, pero se mató (tuvo accidentes de avión y una tenaz dipsomanía) cuando ya no podía vivir a su gusto. A mí no me parece un gesto cobarde, sino noble, sereno, pese al espectáculo.  Escribía con el corazón y le brotaba el estilo con elegante propensión sencilla: eso es escribir. Que además fuera un personaje muy popular incluso en la Revolución cubana, que a su muerte, concluyó expropiando su finca, tampoco puede dudarse. Entró en un tanque en París en 1944 y lo paró a las puertas del Ritz para beber un “dry-martini”. ¡Qué pena que ahora todo sea chato y gris! Hemingway temía y quería la muerte, por ello hay que leer la cita de Donne completa: “Por quién doblan las campanas? Las campanas siempre doblan por ti”.


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