LECTURAS DE VERANO: ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
(Este artículo se publicó en El Norte de Castilla)
En los pasados 90 y durante más de dos temporadas yo almorzaba en Madrid un día a la semana (menos el verano) con un grupo de amigos entre los que estaba el peruano Alfredo Bryce Echenique. Alfredo, de charla amenísima, era por entonces un novelista de mucho predicamento. Tuvo que llegar su medio frustrado retorno al Perú y el famoso tema de unos supuestos plagios de artículos de periódicos –tema que creo ya resuelto- para que su estrella en España decayera y hasta donde alcanzo a ver, no poco. Los autores de la llamada “segunda generación del boom” (Bryce o Severo Sarduy, valgan de ejemplo) nunca tuvieron la nombradía ni la fuerza de sus predecesores, pero son con frecuencia escritores nada desdeñables… Alfredo tenía frecuentes problemas dipsómanos y una clara tendencia ciclotímica, pero también un verbo muy ágil y fluido. Yo creo que tiene dos novelas espléndidas, dentro de su relativa y buena sencillez, que son las que recomiendo: “La vida exagerada de Martín Romaña” (1981) y su continuación, “El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz” (1985). Como casi todos los que hemos leído ambas, yo elegiría también “La vida exagerada de Martín Romaña”, sin duda una de las mejores novelas de Bryce, como tantas cosas suyas de
fondo autobiográfico.
Martín Romaña (la novela está narrada en primera persona) es un escritor peruano que vive en París –como le ocurrió un tiempo al autor- y que a punto de marchar a España va recordando y haciendo recuento de una vida brillante y caótica. Nacido en Lima en 1939 en una rica familia de banqueros, Bryce se vino a Europa en 1964 (Francia primero) donde hizo su vida literaria, amorosa y disconforme. En 1984 vino a instalarse a Madrid (sus visitas habían sido antes cada vez más frecuentes) yendo y viniendo a Lima, que lógicamente ya no era la ciudad que dejó, acá estuvo hasta 2010. Todo lo que le pasa a Martín Romaña desde sus amores –al final encuentra a Octavia de Cádiz- hasta su vida literaria y sus enredos medio alcohólicos medio exultantes o depresivos, son Bryce en estado químicamente puro. La prosa es fluida, brillante, corre como un río natural y rico, de modo que uno halla a la vez calidad expresiva y la naturalidad narrativa de esa agua fluvial. Le he oído contar a Alfredo (en la mesa) multitud de episodios terribles, pero al fin tragicómicos de su vida, como un traspiés aduanero con cocaína en el aeropuerto de Lima. Oyéndole contar ese cuento uno tenía la directa sensación de estar leyendo un episodio nuevo de “La vida exagerada de Martín Romaña”. Es decir –y en el mejor sentido- que Alfredo Bryce escribe como habla. Sin la menor duda e incluso cuando está algo bebido y subraya o reitera la
anécdota. Fue muy amigo de Julio Ramón Ribeyro, cuentista peruano también, minoritario y ya fallecido. Pero siempre decía que sus maestros eran Cortázar y Vallejo: Supongo que el uno le trae el habla literaria y el otro la poesía telúrica. Con 77 años ahora –hace varios que no lo veo- y su estrella algo eclipsada, aseguro que “La vida exagerada de Martín Romaña” es una novela, de oral literaturidad, estupenda.
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