Decadencias
Lecturas de estío
Aunque no siempre la frase conlleva verdad, y casi siempre reluce una pequeña dosis de autoengaño, son frecuentes las personas que, durante el curso, dicen no tener tiempo para leer o muy poco… Leer es una costumbre y más que tiempo precisa de hábito y ganas. Carmen Romero (la exmujer del presidente González) nos contaba hace ya bastantes años, que Felipe nunca dejaba de leer un buen rato, tarde, unas páginas de los largos novelones que le gustaban, aunque hubiera tenido un día ajetreado y en verdad puede serlo el del presidente de una nación. Traigo el ejemplo por aquello de las ganas y del hábito. Pero lo cierto es que el verano y sobre todo las vacaciones son un momento óptimo para el que, de verdad, quiera leer. La lectura es un hábito que no te hace prescindir de nada.
Entre quienes quieren leer (o leer más) en vacaciones, hay dos especies. La de los lectores en verdad cultos, que se han perdido novedades puntuales. La más atractiva de los que quieren conocer (y buscan) obras notables pero acaso poco o mal publicitadas –lamentablemente hay que decir que este tipo de obra notable y poco publicitada va en aumento, el “best seller” tiende a llenarlo todo, por vulgar que sea- y finalmente está esa gama de lectores que siente que les falta base, que tuvieron una mala o superficial educación, y que quieren aprovechar el ocio para leer clásicos imprescindibles. Es una opción mucho más que respetable. Así (y si nos quedamos en el ámbito del español) uno podría leer “La Regenta” de Leopoldo Alas, “Clarín” que se publicó en dos tomos, en Barcelona, en 1884 y 1885. Para muchos es la obra maestra de nuestra narrativa decimonónica. Buena opción. Pero el que busque lo desusado (se republicó en los pasados 70) podría ir a una novela rara y de altura, obra del aragonés Braulio Foz, “La vida de Pedro Saputo” (1844) que Francisco Yndurain tenía
como obra maestra oculta. A caballo entre las ideas liberales de la Ilustración y el mundo de la picaresca. Otra opción distinta. Es frecuente que el lector más común tienda a la narrativa que se deja leer más fluvialmente (aunque ahí no entraría el “Ulises” de Joyce ni “El bosque de la noche” de Djuna Barnes, mucho más
líricas y empinadas) pero no debemos olvidar ni la poesía ni el ensayo. “La Realidad y el Deseo” de Luis Cernuda es un “corpus” capital en nuestra poesía del XX, de primer orden. Y si se quiere ver y saborear como las artes todas se fecundan e interpenetran, pueden leer “Laocoonte. Fama y estilo” de Salvatore Settis (Vaso Roto) que narra con minucia y plural sabiduría lo que supuso el descubrimiento de esa espléndida escultura helenística conocida como “Laocoonte y sus hijos”, hallada en 1506, en Capocce, cerca de Roma,
por un agricultor. Este hallazgo espléndido, en pleno Renacimiento, convulsionó el arte pero no sólo se notará en la pintura o la escultura, sino en la poesía también… El Greco pintó la estatua con el fondo tormentoso de Toledo. Sígase la opción que cada cual prefiera. Las vacaciones (junto al descanso) deben hacernos más humanos. Falta hace.
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