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LAS BELLEZAS DE PABLO GARCÍA BAENA

Hace ahora justamente un año (el pasado 14 de enero) que falleció en su nativa Córdoba Pablo García Baena -tenía 96 años- uno de los fundadores de la afamada “Cántico” y uno de los grandes poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX. Su caso -el de alguien que nunca trepó ni medró en el a menudo soez mundillo literario- le hizo vivir épocas largas de silencio o de olvido y épocas -más hacia el fin- de muy justo reconocimiento alto. Quizá cuando algunos novísimos, como Carnero o yo,  quisimos poner en el lugar debido, a una poesía muy vital pero joyantemente manierista, o como cuando -en 1984, porque lo admiraba, Jesús Aguirre, entonces duque consorte de Alba- se le dio el premio Príncipe de Asturias y por vez primera, con 63 años cumplidos, su nombre rebasó con brillo las fronteras de Andalucía. Es difícil (no lo voy a negar) hablar a la par de un poeta muy amigo íntimo, desde los primeros años 70 y a la par celebrar, en el general consenso, que ese amigo fuera un excepcional poeta.   Pablo (siempre era “Pablo” a secas) estuvo con la cabeza muy lúcida hasta el fin, pero se estaba quedando irremisiblemente ciego, y era frágil, como una hoja querida que cualquier viento puede arrastrar.

Sabíamos muchos -pero Pablo escribía siempre lento- que desde su último libro édito en vida, “Los Campos Elíseos” de 2006, el poeta no había dejado de escribir poemas, pero pensamos (lo reafirma el prologuista José Infante) que pensamos en un libro, ya casi acabado cuando murió. Ahora Pre-Textos saca esos últimos poemas -Infante con razón no se atreve a llamarlo libro, lo es sólo en el telar- con el título de “Claroscuro”. Era el mundo del último  Pablo , y los doce poemas que forman ese “esbozo de libro” (sobre el que García Baena no dejó nada dicho) no podía ser el mejor de los Pablos posibles, no, pero es Pablo en su absoluta exquisitez y belleza: El mundo religioso y pagano, el tiempo que fluye irremediable (es muy hermoso en poema dedicado a la muerte de nuestro querido Julio Aumente, “Clamavit”) y además el recuerdo del amor, del verano  (siempre “el verano será el tiempo de la dicha”) , los árboles, la Historia, y esa palabra de triunfal cultismo –“ñorba”, una flor pasionaria- junto al cuidado dialecto de la vida…  Pablo (siempre, delicado, discreto, íntimamente atrevido) se despide casi involuntariamente de sus lectores con bellos y pocos poemas muy suyos, en claroscuro. Cierto que el mejor, el altísimo poeta sigue estando en “Antiguo muchacho”, “Junio”, “Antes que el tiempo acabe” o el redondísimo “Fieles guirnaldas fugitivas”. Pero este breve e intenso Pablo final, es en su cuidado, el poeta que muchos hemos admirado y admiramos y la persona íntegra que algunos quisimos mucho. “Onorate l’altissimo poeta”.


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